Escuela virtual de Sabiduría de Pamplona.

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Deformaciones 1

……..En el nivel de Evolución en que, como sociedad, nos encontramos, una mayoría de hogares podrían recibir la calificación de “hogares deformantes”. Cuando hablamos de “una mayoría” queremos decir, ni más ni menos, algo más del sesenta por ciento. Eso ya es mayoría. No abrumadora, pero sí amplia. Deformaciones 1

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Definamos ahora a qué llamamos hogar deformante. Pero hagámoslo por exclusión. Digamos antes qué es un hogar no deformante. Un hogar no deformante es aquél en que los dos progenitores están suficientemente maduros, o son lo bastante adultos, o evolucionados, como para dejar a sus hijos que sean ellos mismos, sin tener necesidad de proyectar en ellos sus debilidades, sus deformaciones, sus iras, ni sus frustraciones. En un hogar así, los hijos desarrollan sus características personales sin tener que luchar, además de con sus carencias propias, con las deformaciones que el menos avanzado, adelantado, o evolucionado, de sus progenitores cargue sobre ellos.

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Porque esos dos progenitores, los que forman un “hogar no deformante”, no tienen “losas” pesadas que les hacen bastante insufribles y poco aptos para una convivencia amable y pacífica. Dejan a sus hijos crecer con normalidad, les ayudan, más o menos, a avanzar en evolución y, sobre todo, no son un obstáculo permanente, no son un muro complementario, a superar por parte de los hijos.

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Un hogar deformante es aquél en el que uno de los progenitores, que  podríamos llamar el “gallo del corral”, impone su forma de verlo todo, de opinar, de enjuiciar las cosas y las personas, obligando al otro progenitor y a la prole a cumplir las expectativas que el “gallo del corral” tiene sobre cada uno de lo componentes de ese hogar. Hablamos de “uno de los progenitores” porque tanto puede ser la madre como el padre.

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Llamamos “gallo del corral” al progenitor que lleva la voz cantante en los temas de importancia de la casa. Esta persona tiene ciertas características: Es mental. Es posesivo. Es autoritario. Es intolerante. Es dominante. Tiene genio vivo. Es el que más grita. No sabe jugar con los hijos. No les dedica tiempo. Proviene de un hogar deformante. Repite los modos del hogar de origen. No ve que esté haciendo las cosas mal en temas de educación. Al revés, está convencido de que la forma ideal de educar es la que él emplea.

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Puede no coleccionar todas las características antes descritas y seguir siendo “progenitor deformante”. La anterior lista se da a modo de perfil tipo, que permita reconocerlo.

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La característica obligada en un progenitor deformante es que sea posesivo, es decir, que necesite que todo el mundo de su hogar se comporte de un modo determinado, fijado  por él, para sentirse satisfecho. Mientras el hijo o el cónyuge no acepten esas pautas y/o no las cumplan, caerá sobre ellos la ira y las reprimendas del “progenitor deformante”. Hasta que entren en vereda. Pero eso no les librará de los malos modos del “gallo del corral”. Éste no cesará nunca de minusvalorar y desprestigiar a los miembros del hogar que estén a su alcance, ni siquiera a los ya emancipados.

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La otra característica es que sea poco evolucionado. Una “persona deformante” no pertenece al grupo de las buenas personas. No pertenece al conjunto de personas que procuran ser éticas. No tiene en cuenta la Ética. Carece de sensibilidad, no capta la desfavorable impresión que su manera de ser causa en las buenas personas. Desde el momento que las buenas personas no son como él y no aceptan sus valores, son personas que no cuentan, y eso mismo le obliga a apartarse emocionalmente de ellas y a no tener en cuenta su opinión para nada. Aquí se conjugan la Posesión y el bajo nivel de Evolución.

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Hemos dicho que el deformante provine de otro hogar deformante y ha crecido sometido a un “progenitor deformante”. Esto significa que la característica de ser una persona deformante se hereda, o se transmite, de padres a hijos.

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Un progenitor deformante hace difícil la convivencia de su pareja, dificulta la evolución de la prole, deforma, más o menos, a parte de sus hijos y puede llegar, en los casos extremos, a deformar totalmente la forma de ser del hijo menos fuerte y del sexo opuesto. Todo esto sucede a lo largo de los años de la infancia y juventud de la prole y ante la pasividad de su pareja, que no puede, no sabe, o no intenta remediar esa situación perjudicial para todos, incluido para el propio deformante.

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Veamos a qué hijos hará más daño un “progenitor deformante” y a cuáles causará menos daño. Hará más daño y deformará más a los menos fuertes, a los más dóciles, a los sentimentales, a los menos evolucionados, a los más inseguros, a los primogénitos, a los del sexo opuesto. Y logrará deformar menos, porque encontrará más resistencia, en los que tengan las características opuestas.

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El grado de deformación puede adoptar diversas formas: Una menor capacidad para relacionarse con los demás, sobre todo con desconocidos. Una autoestima por los suelos, consecuencia de haber oído mil veces “no vales para nada”, o “todo lo haces mal”. Una fuerte timidez, por la baja autoestima. Una indecisión absoluta, causada por el “progenitor deformante”, que siempre le ha dicho lo que tenía que hacer y el hijo no ha desarrollado la iniciativa.  Una absoluta falta de responsabilidad, porque le han guiado siempre y el hijo se ha limitado a obedecer, no aprendiendo a ser  responsable de sus propias decisiones, que nunca tomó. Y, en casos extremos, inversión de la sexualidad, como forma de reacción del hijo a un progenitor del sexo opuesto que le ha llevado a odiar a todos los seres de ese sexo. No entramos en los casos que caen en el campo del delito, pero también son casos, ya límites, de hogares deformantes.

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Estamos hablando y detallando la deformación que causa el “progenitor deformante” y para nada ha aparecido el cónyuge. Parece como si no existiera tal cónyuge, como si en ese hogar hubiera sólo un progenitor, el deformante. Es que realmente, todo sucede como si no lo hubiera. Porque el cónyuge sometido no cuenta, ni se siente, ni opera, consiente y calla. Y ése es su fallo. Fallo que un día algún hijo podrá echarle en cara o no. Pero que va sintiendo que cada vez cuenta menos, cada vez puede menos, cada vez su papel queda más y más reducido a cenizas. Y eso es penoso.

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Es imposible que el lector no conozca casos de “personas deformantes”. Si es cierto que suponen más de la mitad de los hogares de nuestro país, ha de conocer personas así. Esto no es una novela de ficción, con buenos y malos. Es observación fría de la realidad circundante.

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Veamos la manera de reducir los efectos del trato con personas así. En esto hay varias posibilidades:

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A. Que la “persona deformante” sea nuestro propio progenitor.

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B. Que lo sea nuestra pareja, o cónyuge.

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C. Que pueda serlo tal vez la persona con la que nos hemos unido.

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D. Que pueda serlo tal vez la persona con la que pensamos unirnos.

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Como la actuación en cada uno de los cuatro casos alargaría este artículo más de lo debido, dejémoslo aquí por hoy. Conformémonos con saber qué es, cómo se genera, y cómo opera una “persona deformante”. Y veremos en breve las modos de defensa ante los “gallos de corral”.

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Foto: Cortesía de MJC.          Siguiente artículo: Deformaciones 2


Fernando Conde Torrens es autor de «Simón, opera magna», «El Grupo de Jerusalén», «Año 303. Inventan el Cristianismo»,  «La Salud» y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En http://sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.

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