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Egipto Antiguo 174 El problema de Roma

Egipto Antiguo 174 El problema de Roma, un imperio regido por una casta.

© Copyright  Fernando Conde Torrens, el miércoles 19-2-2.014

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          En el anterior artículo hemos visto a Julio César y Cleopatra haciendo descansadamente planes para el futuro.

        Cleopatra respondió a la muda pregunta de César.

        «A la misma conclusión había llegado yo, César. Egipto debe conservar su autonomía de gobierno, sus tradiciones, su monarquía y sus leyes y costumbres. De otro modo estaríamos ante una invasión de Egipto por parte de Roma. Ahora que todos los obstáculos han desaparecido, puedo garantizarte, a ti y al Senado de Roma, que tanto yo como mis descendientes mantendremos la alianza con Roma a la que ambos demos forma. Espero repetir las lecciones que mi padre me dio a tu hijo. Si él va a ser el siguiente Faraón de Egipto, ya comprendes que mantendrá la alianza con Roma. Y si tienes previsto para él otro futuro, habrá que pensar en el que vaya ser el futuro Faraón de Egipto.»

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Instrucciones de Ani. Papiro egipcio con Horus

Egipto Antiguo 174 El problema de Roma

(Fuente: Historia de la Humanidad, Tomo 4. Antiguo Egipto. Ana María Vázquez. Arlanza Ediciones, S.A. 2.000)

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        César sonrió. Él no había llegado tan lejos. Había echado muchas veces cuentas de los tiempos. Él tenía 52 años. Su hijo Cesarión, uno. Para cuando Cesarión tuviera veinte años, edad en que podía iniciar su cursum honorum, él ya tendría 71. César pensaba retirarse a la vida privada mucho antes. No le importaría hacerlo en Egipto. De ese modo su retirada sería efectiva y absoluta.

        Aun no lo había anunciado, porque aún no tenía decidido quién sería su heredero. Y porque quería dejarle los temas de Estado resueltos, y aún no lo estaban. Dudaba entre su sobrino, Octaviano, y su mejor general, Marco Antonio. El primero tenía la ventaja de su mayor capacidad de trato con las personas; era más sagaz, más hábil, más diplomático. Marco Antonio era mejor militar, más veterano, más noble; sabía ganarse a las personas, tenía más corazón.

        Octaviano era tal vez demasiado frío, demasiado distante. Pero para manejar al Senado César veía más capaz a su sobrino. Marco Antonio no sabía ser sutil, no sabía nadar entre dos aguas. Y él había comprobado que con las diferentes facciones del Senado, con los caballeros y con la plebe había que emplear tres idiomas distintos. Sin comprometerse de manera total con ninguna de los tres estamentos en que se dividía Roma. César sabía que tenía que decidir qué era más prioritario, si ser hábil para resolver los problemas exteriores, en cuyo caso Marco Antonio era la persona idónea, o dar prioridad a manejar los asuntos internos, para lo que veía más capaz a su sobrino.

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Caza de patos en el Nilo. Tumba del escriba Nakht. Museo Británico. Londres

Egipto Antiguo 174 El problema de Roma

(Fuente: Historia de la Humanidad, Tomo 4. Antiguo Egipto. Ana María Vázquez. Arlanza Ediciones, S.A. 2.000)

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        Pero había una tarea que César debía acometer y completar, tenía que retirar al Senado la mayor parte de sus prerrogativas. Roma no podía ser gobernada por el Senado. Eso era una locura. El Senado era una banda de bandidos, de salteadores, con toga blanca. Ellos no precisaban apostarse al borde de un camino con una lanza, un tridente afilado, un arco tensado o una espada empuñada con mano firme, a la espera de un pequeño grupo de viajeros a los que desvalijar.

        Para despojar a una provincia, o a toda la República, de una parte importante de sus posesiones les bastaba con crear un nuevo impuesto, una nueva ley, o modificar el porcentaje de otro ya existente. Y, además, estaba su ceguera y su falta de interés en compensar a cuantos dedicaban sus vidas a luchar por la grandeza de Roma, a sus soldados veteranos.

        César había comprobado que todo ser humano se toma interés por las personas con las que trata, y se desinteresa por los problemas que tienen personas a las que ni conoce, ni va a conocer en su vida. En el fondo era el deseo de todos de quedar bien ante las personas con las que uno trata a diario, o con frecuencia. De demostrar su poder, su capacidad de mando, de mostrar lo importante que uno es.

        Por eso los senadores hacían oídos sordos a todas las peticiones que él les hacía para asentar colonias de veteranos en lugares de Italia, de Hispania, las Galias o Siria. Porque nunca se iban a encontrar en sus convites con ninguno de esos soldados veteranos, con veinte años de pertenencia a las Legiones

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Sesostris III, Farón del Imperio Medio

Egipto Antiguo 174 El problema de Roma

(Fuente: Historia de la Humanidad, Tomo 4. Antiguo Egipto. Ana María Vázquez. Arlanza Ediciones, S.A. 2.000)

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        Para los senadores las Legiones eran algo impersonal, una máquina que funciona y hace una labor que hay que hacer. Una máquina que no se desgasta, porque cuando unos soldados mueren, o se jubilan, otros nuevos vienen a sustituirles. En cambio, para César sólo habían centenares y aun miles de legionarios y auxiliares que habían servido lealmente a Roma y que esperaban su gratificación de retiro y la posibilidad de adquirir a bajo precio una pequeña finca que les diera lo suficiente para poder alimentar a la familia que se proponían crear en plena edad madura.

        Tomarían como esposa a una mujer joven de la tierra y procurarían recuperar los muchos años en que sólo pudieron acostarse en un camastro con una ramera, y apenas el tiempo necesario para satisfacer su hambre de mujer. Además, debían tener muchos hijos y sin demora, para que los mayores pudieran sustituir al padre cuando la edad impidiera a éste cuidar adecuadamente de la tierra.

        Pero todo esto no lo veían los senadores, ni hacían caso cuando César pedía una concesión de tierras para una nueva colonia. El Senado siempre accedía a regañadientes y con tardanza. Para cuando accedía a una petición había ya otras dos sobre la mesa. Y entonces todo eran quejas de lo mucho que costaban las Legiones. Esa división de responsabilidades entre defender las fronteras, o reprimir sublevaciones, y decretar las leyes que Roma necesitaba tenía que terminar. Eras imprescindible unificar el mando, la capacidad de decisión.

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Plano esquemático de la Alejandría romana

Egipto Antiguo 174 El problema de Roma

(Fuente: Historia de la Humanidad, Tomo 4. Antiguo Egipto. Ana María Vázquez. Arlanza Ediciones, S.A. 2.000)

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        César salió de su ensimismamiento cuando notó el cuerpo cálido de su amante que se apretaba contra él. Cleopatra llevaba un gran rato esperando la respuesta de César y éste no abría la boca. Ya sabía que él tenía muchos problemas que resolver y estaba acostumbrada a esos lapsos de atención.

        – «Sí, desde luego, tienes razón …», respondió César no muy seguro de a qué se refería.

         Porque, si bien la larga separación había generado en ambos unas ansias compulsivas de llegar al reencuentro, el sueño también hizo acto de presencia y de común acuerdo, y tras un nuevo abrazo, dado con todo el cuerpo, ambos cayeron dormidos casi al mismo tiempo.

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Enlace con el próximo día: Egipto antiguo 175. César y los piratas.

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        Fernando Conde Torrens es autor de «Simón, opera magna», «El Grupo de Jerusalén», «La Salud» y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En http://sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.

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