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Egipto Antiguo 185 Relaciones no diplomáticas en Mauritania

Egipto Antiguo 185 Relaciones no diplomáticas en Mauritania, ya que a un rey no se le puede decir que no.

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© Copyright  Fernando Conde Torrens, el Lunes 17-3-2.014

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          En el anterior artículo hemos visto a Julio César rememorando su Guerra de África. En especial, el banquete en el que el rey de Mauritania, Bogud, le ofreció a su esposa, la hermosa reina Eunoe. Las esclavas de Eunoe preparan a César, dándole un baño.

        También la reina Eunoe se había preparada para recibirle. En lugar de los gruesos y pesados vestidos que llevara en la cena, se cubría con varias capas de vestidos, pero éstos eran finos y ligeros, casi transparentes. Tras ellos se adivinaba un cuerpo atractivo, estilizado, elegante. Pero, sobre todo, el cuerpo de Eunoe emitía un perfume fuerte, pegadizo, que sustituía a todos los demás que pudiera haber en el ambiente.

        La habitación estaba iluminada por media docena de antorchas, colocadas detrás de unos biombos de seda, de color rojizo, que creaban un ambiente íntimo y sensual. Había sobre una mesa varios recipientes de plata con frutos secos, dátiles, miel y diversas frutas que César no conocía. «Tal vez para después«, pensó César. La reina se acercó a César y colocó sus delgadas manos sobre los desnudos hombros de su invitado, sonriéndole con una expresión entre misteriosa e insinuante. Parecía retarle. César fue a abrazarla por la cintura, pero ella, con una agilidad felina, se zafó de su abrazo. César decidió dejarla hacer. Tal vez él no conocía la manera de intimar en el África.

        Ella le volvió a coger las manos y se las llevó hasta la espalda. Una vez allí, la una al lado de la otra, se las dejó libres, tras hacer además de atárselas, aunque no lo hizo. Estaba indicándole que no debía moverlas, ni usarlas. César obedeció. Ella se colocó ante él, volvió a sonreírle y, lentamente y sin dejar de mirarle fijamente, se arrodilló. Levantó el paño que le cubría desde la cintura y empezó a acariciarle. Primero con sus manos, que eran suaves, delicadas y que parecían estar en todos los lados. Luego con su lengua. Finalmente, con su boca. César ya conocía aquello. Se lo habían hecho varias mujeres a lo largo de su vida, casi todas profesionales. Se esforzó para no dejarse llevar. Y cuando, a duras penas, lo estaba logrando, la reina retiró su cara de él y le propinó un golpe seco, golpe que cortó de pronto el ambiente. César no supo qué hacer. Se limitó a esperar.

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Vaso de terracota. Museo Arqueológico. Arezzo, Toscana

Egipto Antiguo 185 Relaciones no diplomáticas en Mauritania

(Fuente: Historia de la Humanidad, Tomo 10. Roma Republicana. J. M. Roldán et alia. Arlanza Ediciones, S.A. 2.000)

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        Entonces, ella se colocó detrás de él, se arrodilló de nuevo, tomó sus manos y le guió para que le acariciara los pechos. Eran suaves, duros; pequeños y duros. Se notaba que no habían amamantado pequeños principitos negros. Así era mejor. Poco a poco se puso de pié, siempre detrás de César. Y llevó sus manos hacia su entrepierna. César acarició la zona femenina, cubierta aún por varias sedas y gasas finas, que, no obstante, dejaban percibir lo que había detrás. Todo ello volvió a excitar al romano. Pero antes de llegar al momento al que César estaba deseando llegar, ella volvió a repetir la acción del golpe en las partes más sensibles del romano. Un golpe suficientemente fuerte como para cortar el clímax. Y no tan fuerte como para no poder soportarlo.

        César comprendió. Jugaba con él. Jugaba a excitarle y a cortar luego la excitación. Eso, en el momento adecuado, antes del abrazo que debía conducir a la unión. A César no le pareció mal la idea. Soportó varios golpes más. Porque ya había experimentado, en múltiples ocasiones similares anteriores, que el mayor placer que se puede obtener de una mujer consiste en esperar el placer. Tanto o más que en experimentarlo. La espera era, generalmente, más larga que el placer en sí. Y aquella mujer sabía multiplicar las esperas. Conocía a los hombres. Y tenía preparadas diversas posturas, diversas ceremonias, diversos cortejos, con los que excitar a su rey y a los invitados elegidos por su rey. Y los practicó con César, para satisfacción de éste.

        Finalmente, procedió a irse retirando, una a una, las sedas, gasas y telas que cubrían su cuerpo, a la vez que bailaba una danza lenta, suave y desafiante. Ella misma tarareaba una canción monótona y provocadora, que daba ritmo a su baile. Había cambios bruscos de ritmo y, entonces, los movimientos de la reina eran veloces, imprevisibles, como alocados. César estaba ya sentado, desnudo, en el que sería el lecho del placer, y la veía hacer.

        Sus brazos y piernas eran tan delgados que perecía se fueran a quebrar en cualquiera de los movimientos de la danza. Pero no fue así. Cuando la última prenda, un cuadrado de gasa negra, anudado a su cintura, cayó de su cuerpo, la reina se dirigió a la cama y se abrazó a César, sentada a su lado. No hicieron falta las palabras. Ni él hablaba el idioma de los mauritanos, ni ella sabría latín. Pero aquella noche las palabras no eran necesarias … Para nada.

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Enlace con el próximo día: Egipto antiguo 186. Amar en Roma y en África.

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        Fernando Conde Torrens es autor de «Simón, opera magna», «El Grupo de Jerusalén», «La Salud» y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En http://sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.

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