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Egipto antiguo 24 y Ptolomeo II Filadelfo 8

“Egipto antiguo 24 y Ptolomeo II Filadelfo 8″ narra las últimas cavilaciones del monarca ptolemaico, preludios de su muerte.

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Copyright  Fernando Conde Torrens, el Viernes 30-11-2.012

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        Y más satisfecho se mostraba aún Ptolomeo II Filadelfo, para sus adentros, de la decisión que había tomado de establecer un pacto con el Senado Romano. La joven República de Roma era una potencia emergente. Estaba lejos, aún no había conquistado la península en el centro de la cual naciera; la gobernaban cónsules que mudaban cada año, y estaba midiendo sus fuerzas con Cartago. Se estaba formando un bloque de estados que mantenían buenas relaciones entre sí: El Imperio Seleúcida, Cartago, el Épiro

        Ya que el primero era su enemigo habitual, bueno sería ligarse al enemigo de Cartago, por  aquello de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Y así lo hizo. Esta alianza iba a librar a Egipto de caer en las manos de su enemigo habitual. Pero eso tampoco lo podía saber Ptolomeo II.

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Estatua de Afrodita, hallada en Cirene

Egipto antiguo 24 y Ptolomeo II Filadelfo 8

(Fuente: AKAL. Historia del Mundo Antiguo, fascículo 31. 1.989)

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        Otro motivo de satisfacción lo constituía la solución hallada a la cuestión de Cirene, donde su medio hermano Magas, nombrado gobernador de la región por su padre, mantenía una posición independiente, no mandaba tributo alguno y establecía alianzas con quien le parecía oportuno, sin atender a los intereses de Egipto. Sus espías en Cirene le informaron de que la salud de Magas iba en rápido deterioro. No se privaba de llevar la buena vida que mantenía desde joven, y ya no lo era; superaba los sesenta años. Era el momento de actuar. Reflexionando en la soledad de sus aposentos, a las noches, se le ocurrió la manera de contentar al ambición de Magas y de hacer volver la Cirenaica al redil.

        El remedio, propuesto por Ptolomeo II Filadelfo, fue que la hija de Magas, Berenice de Cirene, se casara con su sucesor, Ptolomeo, que contaba a la sazón 34 años. Magas mantendría su posición durante toda su vida – que ya se acercaba al final – y a su muerte, el heredero de Berenice y Ptolomeo III sería el Farón de ambos reinos. Propuesta que Magas aceptó, pensando así conquistar a su muerte el Egipto que no pudo tomar en vida.

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Berenice II de Cirene, hija de Magas y esposa de Ptolomeo III

Egipto antiguo 24 y Ptolomeo II Filadelfo 8

(Fuente: AKAL. Historia del Mundo Antiguo, fascículo 31. 1.989)

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        También se sentía satisfecho y orgulloso de lo bien que iban sus finanzas. Cada año subían hacia los Almacenes Centrales de Alejandría docenas y aun cientos de carretas cargadas de grano. Y las sucursales de los Bancos estatales establecidos en la capital de cada nomo mandaban un río continuo de dinero en efectivo, monedas de todos los tipos, valores y países. En algunos casos se admitían joyas y orfebrería en general. Ptolomeo seguía la política de su padre, de mirar hacia el futuro y de asegurar la buena marcha de las finanzas de su nieto y de su bisnieto, al que nunca conocería.

        Su padre le había enseñado la máxima de que “no hay Imperio sin mercenarios, no hay mercenarios sin paga. Y no hay paga sin impuestos.” Y también recordaba su consejo, repetido varias veces: “Nunca dejes que el pueblo egipcio te defienda en el campo de batalla. Sé tú el que les defiendas a ellos. Así serán tus deudores y te deberán la vida. De lo contrario, tú serás su deudor. Ellos, a producir y a pagar sus tributos. A ti te corresponde administrarlos bien.”

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La personificación del Nilo. Escultura alejandrina. Museo Vaticano

Egipto antiguo 24 y Ptolomeo II Filadelfo 8

(Fuente: AKAL. Historia del Mundo Antiguo, fascículo 31. 1.989)

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        A pesar de toda su satisfacción, Ptolomeo estaba cansado. Sus facultades menguaban. Las digestiones le costaban. Se cansaba mucho más que antaño. Trabajaba menos horas, pero los asuntos de Estado se acumulaban sobre su mesa. Requería a sus concubinas cada vez más de tarde en tarde. Ya no contaba con el apoyo de su hermana y esposa, Arsínoe. Todo tenía que hacerlo él. Había llegado al extremo de dedicar su atención a lo que se había convertido en urgente, política que sabía no era buena. Pero no quería hacer intervenir a su hijo mayor en los asuntos de Estado.

        La experiencia de la vida le había advertido del peligro de conceder responsabilidades a jóvenes poco preparados, inmaduros. Los jóvenes siempre lo son, no calibran las consecuencias de sus acciones y se creen invulnerables. Es – pensaba Ptolomeo – por la mucha fuerza interior que almacenan. Ella les hace no percatarse del peligro y de la vulnerabilidad de cualquier ser humano, por alto que sea su rango.

        Notaba que, conforme cumplía años, se volvía más escéptico sobre el mundo, las gentes y las costumbres. Su continuo pulso con los descendientes de Seleúco I, el amigo de su padre, ahora le parecían triviales, banales, fútiles, inútiles; simples anécdotas de una ambición compartida e indebida. Realmente eran guerras de prestigio, pequeñas escaramuzas locales en las que ninguno de los contendientes ponía todo su empeño. Ambos buscaban colgar unas pequeñas victorias a su carro de guerra para ganar prestigio ante su pueblo.

        Pero, al mismo tiempo, comprendía que había hecho lo que se suponía  que debía hacer, lo que todos cuantos le rodeaban esperaban que hiciera, defender lo suyo, y procurar aumentarlo, si era posible. Pero eso no llevaba a ninguna parte, pensó, más sensatamente, con unos lustros más. Un acuerdo sólidamente establecido entre un Antíoco y un Ptolomeo habría evitado muchas pérdidas y hubiera mantenido las fronteras lo suficientemente seguras como para no precisar estar pagando continuamente a batallones de mercenarios para que se mataran en el campo de batalla, o sobre las engañosas aguas del Egeo.

        Desistió de explicar a su hijo todas sus cavilaciones, no le iba a entender. O, lo que sería peor, las consideraría un síntoma de vejez, de debilidad. Estaba satisfecho con el carácter de sus dos hijos, aunque, felizmente para ellos, el primogénito se le parecía y el segundo se parecía mucho a su madre, era sumiso. Eso hizo que nunca hubiera problemas entre ellos, porque él dejó bien claro, cuando ambos fueron mayores, quién gozaba de su favor. Y rememorando escenas de su vida familiar pasada, Ptolomeo II se dirigió a sus aposentos, iluminados los pasillos por antorchas distribuidas regularmente en las paredes y guardados por soldados fornidos, lanza en mano. Esa noche dormiría solo, con sus recuerdos.

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        Tres años más tarde, el año 246 AEC., Ptolomeo II Filadelfo fue a reunirse con los suyos. Había vivido 61 años y había reinado 36. La posteridad lo tuvo por un buen monarca, hábil diplomático, que elevó al Egipto heredado de su padre a la cima de su poder.

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Enlace con el próximo día: Egipto antiguo 25 y Ptolomeo III Evergetes 1.

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………. Fernando Conde Torrens es autor de “Simón, opera magna”, “El Grupo de Jerusalén”, “La Salud” y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En http://www.sofiaoriginals.com/ expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.

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