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Egipto antiguo 31 y Ptolomeo IV Filopator 2

Egipto antiguo 31 y Ptolomeo IV Filopator 2. La batalla de Rafia, o cuando le vino Amón a ver.

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© Copyright  Fernando Conde Torrens, el Lunes 12-1-2.1013

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        * Ptolomeo IV Filopator  (222-204 a.C)   Egipto antiguo 31 y Ptolomeo IV Filopator 2. El milagro de Rafia.

        En el anterior artículo hemos visto que Ptolomeo III Evergetes no era precisamente un dechado de perfecciones. Era despiadado, irresponsable,  vividor y perezoso, pero no era tonto. Esto lo demostró en la batalla que le tocó en suerte. Sus ministros, sobre todo Sosibius, favorecían esta forma de vida del Faraón, como era de esperar. De hecho, cuanto más inútil para gobernar fuera Ptolomeo IV, más seguridad tenían ellos, Sosibius y Agatocles, en su futuro.

        La información del caletre del Faraón pronto se extendió allende las fronteras. ¿Qué más podía esperar el joven monarca Seleúcida Antíoco III para ponerse en acción y rebañar territorio a su licencioso vecino del Oeste? Vio llegada la ocasión de vengar las afrentas que sus antepasados habían sufrido desde siempre por el odiado egipcio y formó un poderoso ejército.

        La noticia llegó a Egipto y Ptolomeo, vía Sosibius, tomó una doble acción: De una parte, Sosibius iniciaría negociaciones con Antíoco III para llegar a una acuerdo que pusiera fin al enfrentamiento inminente. De la otra, Agatocles saldría para Grecia, Tracia y Macedonia, reinos aliados y los lugares más idóneos para contratar mercenarios, con el fin de formar un ejército para oponerse al asirio. 

        Pero la fama de Ptolomeo, la noticia de sus juergas hasta la media mañana siguiente, sus desvaríos y su fama de calavera, habían generado un prestigio nulo de la monarquía egipcia y el fruto de la campaña de leva promovida por Agatocles en tierras helenas y macedonias fue a todas luces insuficiente para oponerse al monarca seleúcida. Muchos mercenarios pensaron que alistarse bajo tal pendón era correr hacia una muerte segura. De modo que Sosibius sólo pudo contratar la mitad del ejército que se había estimado necesario. Ello obligó a Ptolomeo IV a desobedecer la consigna que la dinastía tenía de no emplear soldados egipcios para defender la tierra egipcia. Ptolomeo tuvo que reclutar soldados en su propio territorio si quería oponer algo equiparable a las huestes de su enemigo. En total, reclutó apresuradamente, pertrechó y adiestró a unos 20.000 campesinos egipcios.

        Llegó un momento en que Antíoco III se dio cuenta de que las conversaciones ni habían llegado, ni iban a llegar a ningún acuerdo, ya que todo era una añagaza del egipcio para ganar tiempo. Las rompió y dispuso todo lo necesario para la invasión de las regiones costeras vasallas de Egipto. Algunas de ellas cayeron en su poder antes de que Ptolomeo pudiera completar el entrenamiento de sus soldados egipcios, que eran todo menos guerreros. Los entrenaron oficiales griegos asentados en Egipto. Es el momento de decir que la forma de ser pacifista de Ptolomeo III, su padre, en la segunda parte de su reinado había descuidado la estricta política militarista que observaron sus dos predecesores. Sea como fuere, al final, Ptolomeo IV consiguió un ejército de similares proporciones que su enemigo seleúcida.

        Ptolomeo IV podía haber hecho que un general griego mandara las fuerzas egipcias, pero su carácter caprichoso le indujo a ser él quien mandara a sus soldados. Y aquí la diosa Fortuna jugó en favor de Egipto y de los egipcios. Otro día veremos la razón de esto último.

        El encuentro se produjo en las cercanías de Rafia, en la carretera da acceso a Egipto, adonde Antíoco III se dirigía. Más cerca de Gaza que de Pelusio, como se aprecia en el mapa que sigue. El terreno, contiguo al mar, se compone de dunas y llanuras de arena, sobre las que crecen ocasionales palmeras. El terreno era más favorable a los egipcios, acostumbrados a tierra similares en Egipto, que a los asirios, que venían de tierras más fértiles y frondosas. Los ejércitos estaban bastante equilibrados en fuerzas. Nadie quería tomar la iniciativa, conscientes de que se lo jugaban todo a una carta. Una derrota podía ser fatal para los invasores, dado que se encontraban muy lejos de sus bases.

        Ya hemos comentado aquí que una invasión a territorio enemigo estaba obligada  a vencer o podía acabar en masacre, pereciendo la inmensa mayoría de sus guerreros. Por otra parte, los egipcios estaban a un paso de casa, pero una derrota dejaba a su país en manos del triunfante enemigo. No había fuerzas de reserva y eso lo sabían todos. Los egipcios se jugaban su vida y las de sus familias.

        Ptolomeo contaba con una ventaja adicional. Si en el exterior se sabía de su vida disipada, en su país el campesinado era ignorante de tales detalles. El Faraón seguí siendo su dios y les era dado pelear por su Faraón y, lo que era más importante, a su lado. Eso dio fuerza y moral al ejército egipcio.

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Batalla de Rafia, en la calzada de acceso a Egipto. 22 de Junio del 217 AEC.

Egipto antiguo 31 y Ptolomeo IV Filopator 2

(Fuente: ATLAS ANTIQUUS. Dr. Henry Kiepert. 3ª edición, Berlín, 1.890. Dietrich Reimer)

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        Ambas huestes estuvieron varios días observándose, unos frente a otros. El desarrollo de la batalla fue dado en este artículo cuando se analizó el Imperio Seleúcida. Cada comandante en jefe observaba la disposición de fuerzas de su contrincante, los movimientos que hacía, tratando de sacar ventaja de sus observaciones. Al cabo de una semana de tensa calma, Antíoco observó que Ptolomeo colocaba la mayor parte de su caballería en el ala izquierda, situándose él mismo al mando de la misma. En su mente se había forjado el propósito de anexionarse Egipto y un medio que le ayudaría poderosamente en su objetivo era derrotar y matar a Ptolomeo sobre el terreno. Eso se había convertido en obsesión. Dio orden de reforzar dicha ala, se situó él en esa posición y dio orden de avanzar y arrollar el ala izquierda de los egipcios.

        Sus jinetes, mayores en número y mejor preparados, no tardaron en desorganizar y hacer huir a la caballería egipcia. Antíoco, con sus jinetes, inició la persecución de la caballería egipcia que huía camino de casa. Pensaba que Ptolomeo estaría entre ellos y ya lo hacía en sus manos y decapitado. Pero Ptolomeo, al ver que sus jinetes eran incapaces de detener el ímpetu de los asirios, rodeado de una pequeña escolta, se zafó del ala izquierda y se refugió tras las filas de sus falanges, en el centro de la formación.

        Prosiguió la batalla como está relatado en el enlace suministrado y cuando, tras alcanzar a casi todos los jinetes y pasarlos por la lanza, Antíoco comprobó que Ptolomeo se le había escapado, volvió grupas y recuperó el campo de batalla, sólo fue testigo de su humillante derrota. Sus huestes, sin jefe, huían en desbandada. Como tenía problemas en las satrapías del Este y había confiado en una campaña relámpago, tuvo que hacer la paz con su enemigo y su botín no fue todo lo lucido que había soñado. Egipto perdió algunas de sus ciudades costeras vasallas, como Tiro, pero mantuvo la mayor parte de la Celesiria.

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Octodracma de Ptolomeo IV

Egipto antiguo 31 y Ptolomeo IV Filopator 2

(Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Ptolomeo_IV )

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        La vuelta a Egipto de Ptolomeo y su hueste tras la victoria fue apoteósica. Todo Alejandría se volcó vitoreando con entusiasmo a su Faraón – la imagen viviente de Amón y el amado de Isis – a su entrada por la vía de regreso, que cruzaba Tanis y Sais. Ptolomeo entendió la victoria como un espaldarazo divino: Los dioses aprobaban su género de vida y su clarividencia, así que siguió, dale que te pego, haciendo más de lo mismo.

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Enlace con el próximo día: Egipto antiguo 32 y Ptolomeo IV Filopator 3.

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………. Fernando Conde Torrens es autor de «Simón, opera magna», «El Grupo de Jerusalén», «La Salud» y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En http://www.sofiaoriginals.com/ expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.

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