Escuela virtual de Sabiduría de Pamplona.

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Egipto Antiguo 85 Armas de mujer

Egipto Antiguo 85 Armas de mujer

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© Copyright  Fernando Conde Torrens, el miércoles 29-5-2.013

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           En el artículo anterior  hemos visto la citación que Julio César hace a los dos hijos del difunto Ptolomeo XII. La misiva llega a Cleopatra, a la sazón en Ascalón.

        Cleopatra comprendió que para reforzar su causa debía hacerse con la buena voluntad de Julio César hacia ella. Debía borrar el recuerdo que César pudiera tener sobre su ayuda a Pompeyo en el enfrentamiento que habían tenido. Y debía conseguir que César le restituyera el trono de Egipto, de donde Potino y sus secuaces la habían expulsado. Debía hacer hincapié en que habían sido los malos consejeros palaciegos la causa de la desavenencia entre los hermanos. Debía salvar la cara a su hermano, aunque ella no hubiera sido pagada con esa moneda. Una buena relación entre los dos hermanos era lo que César y Roma deseaban y debían ver.

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Roma el año 64 AEC., antes de las conquistas de César

Egipto Antiguo 85 Armas de mujer

(Fuente: The Historical Geography of Europe. Edward A. Freeman, DCL, LLD. Vol II. Longmans, Green, and Co. London, 1.881)

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        Su vista se fue a sus siervas, que tocaban el arpa, la lira, la flauta, el laúd y dos pequeños tamboriles, éstos últimos suavemente, apenas acariciándolos con las manos. Eran un conjunto de jóvenes bellas, alegres y despreocupadas, cuya vida era plácida en Palacio, aun en el del exilio. Su vida estaba asegurada, al menos mientras sirvieran a la Reina de Egipto. Días atrás le había venido a la memoria una frase que les había oído decir, seguida de las carcajadas de todas ellas.

La única manera de conquistar a los hombres es por abajo.”

        Ella también rió, porque enseguida se imaginó lo que la críptica frase quería decir.

        Había pensado en Julio César como tratadista, había preparado argumentos persuasivos, de igual a igual. Pero no eran iguales. Él era un hombre, un hombre que durante muchos meses había estado lejos de su hogar. Podía haberse consolado con algunas mujeres de los vencidos, pero eso era un consuelo de poco valor para todo un patricio romano. Y ella era una mujer. Joven, virgen, inteligente. Podía ser seductora.

        Sabía que Julio César era un noble romano culto, refinado en sus gustos. Ella podía darle la conversación adecuada, sobre Música, sobre Literatura – había leído a Homero, a Sófocles y a Eurípides, en griego; había leído las “Vidas Ilustres“, de Cornelio Nepote, los versos de Catulo, algunos un tanto desabridos, y las Elegías de Propercio – podía hablar de los sistemas políticos de todos los pueblos conocidos, de Matemáticas, y también de Astronomía – conocía de memoria todas las constelaciones que se veían en el cielo egipcio, aunque sabía que algunas de ellas no se veían en Roma. Podía pasar noches enteras hablando de mil temas refinados. O podía … Roma era dueña de sus días, pero César era dueño de sus noches. Podía serlo también de las de ella. Estaba en Alejandría y ella sabía el encanto de un atardecer desde al terraza de su Palacio, en la isla de Antirodos.

        Un plan se fue formando en su mente. Podía y debía ganarse a César, como sus siervas indicaban, “por abajo“. Una vez con la voluntad del hombre en sus manos, gracias a sus armas de mujer, podía hasta pensar en una unión estable entre Roma y Egipto, entre la fuerza de Roma y los conocimientos milenarios que Egipto podía aportar a Roma.. ¿Podía darse una simbiosis mejor? Sólo era necesario que la tolerancia religiosa, que era una notable virtud romana, se trasladara a la política.

        César había añadido porciones inmensas de ricas tierras a Roma. Y el Senado le estaba agradecido. Contaba con la fuerza de las Legiones. Nada que César dictaminara para Roma, sería objeto de discusión. Sabía que el Senado no estaría de acuerdo con esa unión, pero César había sido nombrado dictador por diez años y tenía al Senado en la palma de la mano. Sus soldados le respetaban y le seguirían a cualquier lugar. Además, ya no tenía enemigos, no después de derrotar a Pompeyo, al gran Pompeyo. César dominando al Senado … y ella cautivando a César.

        Por un momento pasó por su mente la idea de que podía controlar a Roma. Pero esa idea le dio miedo y la rechazó. Su padre le había enseñado a no ambicionar demasiado. Lo que fuera para bien de Egipto, el reino fundado por sus ancestros, con los que se reuniría un día. Que no pudieran hacerle reproches. Eso era suficiente. Lo demás, sobraba.

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Roma a la muerte de César, con las victorias de éste

Egipto Antiguo 85 Armas de mujer

(Fuente: ROMA. Legado de un Imperio. Tim Cornell y John Matthews. Ediciones Folio, 1.993)

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        Siguió rumiando sus ideas durante un rato más. Luego ordenó a sus siervas que se retiraran. Su padre le había dicho que ella jamás debía dar las gracias. A nadie. A ella todo le era debido. Hasta la vida, si fuera necesario. Por eso reprimió unas muestra de agradecimiento, por la compañía y la música en momentos tan difíciles, que iba a salirle de manera espontánea. No debía. Su padre le había insistido muchas veces: Ellos nos creen sus dioses. Y los dioses no agradecen a los humanos. Sé humana, pero que ello no entorpezca tu rol divino para con ellos.”

        Mandó llamar a Presbus, su Comandante, Ahora ya estaba preparada para tratar con él los temas para los que le había contratado, los temas de logística, los medios necesarios para su seguridad. Presbus se presentó al instante, parecía hacer estado esperando en el patio del Palacio, a pesar de estar el sol en lo alto de su órbita.

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Enlace con el próximo día: Egipto antiguo 86. Correspondencia epistolar.

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………. Fernando Conde Torrens es autor de “Simón, opera magna”, “El Grupo de Jerusalén”, “La Salud” y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En http://sofiaoriginals.com/ expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.

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