Escuela virtual de Sabiduría de Pamplona.

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Egipto Antiguo 91 Duelo verbal intermedio

Egipto Antiguo 91 Duelo verbal intermedio

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© Copyright  Fernando Conde Torrens, el  miércoles 12-6-13

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        En el artículo anterior hemos visto cómo Julio César inicia su entrevista con Cleopatra VII. Ésta se niega a aceptar el planteamiento de César, que sustituye por otro que le parece más real.

       Me habéis convencido. Habéis hecho una descripción exacta del problema y veo que tenéis, sin duda, la solución más rápida a implantar. Sólo os queda exponérmela.

        Iba implícita la necesidad de que tal solución mereciera su aprobación y que él decidiera implantarla. Eso le dejaba dos pasos a dar. Era lo que Cleopatra estaba esperando: Ser ella la primera que definiera la solución que ella llevaba preparada. Todo su esfuerzo había estado dirigido a que César no expusiera la solución que él traía de Roma sin oír antes la que Egipto necesitaba. El primer escollo había sido superado. Faltaba el principal.

       Sabéis que sólo hay una forma de devolver Egipto a su situación ancestral: Hacer que reine en este país un sucesor de Ptolomeo XII, vuestro aliado, mi padre. Un sucesor que haya demostrado que es aliado de Roma. Sólo podéis elegir entre dos pretendientes. Mi hermano, que ha demostrado ser presa fácil de advenedizos sin escrúpulos, y su hermana, que ha regido los destinos de este país durante dos años, antes de ser despojada de su trono por la ambición de unos y la inexperiencia de mi hermano y esposo. El problema no puede ser más sencillo, César.

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MAAT. Diosa de la Verdad, la Justicia y la Perfección. Tumba de Seti I. Valle de los Reyes

Egipto Antiguo 91 Duelo verbal intermedio

(Fuente: Antiguo Egipto Arte, Historia y Civilización. Mª Cristina Guidotti y Valeria Cortese. Ediciones SUSAETA, 2.002)

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        César quedó pensativo. Pero no pensaba en el problema, ni en la solución que le acababa de ser expuesta. Pensaba en las dotes naturales de la jovencita que tenía delante. No era una belleza. Era de estatura media, delgada, como su hija Julia recién cumplidos los 20 años, cuando la entregó a Pompeyo. Pero no debía recordar épocas dolorosas.

        Sus ojos, de color verde oscuro, tenían un mirar profundo, como si te calaran en el alma. La nariz un tanto aguileña, como él mismo. Su boca era grande, con un labio superior muy estrecho. Al sonreír todo su rostro resplandecía. El pelo castaño, recogido en un moño sobre el que se cernía un casquete muy ligero de escamas de plata y perlas, dejaba dos mechones largos a ambos lados de la cabeza, recogidos por una estrecha franja de tela. Las orejas, pequeñas y pegadas. Los hombros descubiertos dejaban adivinar un cuerpo grácil, esbelto. Sus manos eran finas, de largos dedos y uñas no demasiado largas.

        Dos finos tirantes sostenían un vestido de lino, de color lila, cuajado de adornos bordados en oscuro. Lucía dos brazaletes en los brazos y el grabado de los mismos se correspondía con el dibujo de una cenefa que delimitaba sus pechos. Éstos no eran exuberantes, sino que apenas se señalaban. Su contorno era agradable. Sus pies estaban calzados con unas zapatillas muy abiertas, de color plateado. César nunca lo supo, pero Cleopatra se había vestido como Maat, diosa de la Perfección. Era un mensaje que no confiaba en que el romano captara. Pero aún así lo hizo. Tal vez algún día lo recordara.

        Había decidido que pondría todo su empeño en ganarse a César. Porque era la única manera de impedir que Roma se apoderara de Egipto, aprovechando la favorable coyuntura de que Egipto no tenía gobierno, con un imberbe Faraón en manos de un consejo de cortesanos astutos y ambiciosos. Cleopatra confiaba en su inteligencia, en sus dotes de persuasión, en lo acertado de su postura, en su conocimiento del ser humano, en todo lo que le había enseñado Apolodoro, su mentor, su consejero de toda la vida, el único al que ella permitía que la llamara “Niña“. No habían permitido que le acompañara en su destierro a Sidón. Ahora, si César aceptaba su plan, lo recuperaría.

        Finalmente, César pasó su segundo Rubicón, esta vez con sólo una mujer como testigo.

        He de reconocer que una vez más describís la situación con gran precisión. El Senado de Roma no ve con buenos ojos la toma de posesión de vuestro hermano. Y ello por los consejeros que tiene, que realmente lo dominan. Y está decidido que tales asesores pierdan su influencia en Palacio. En Roma no se os conoce bien, y sólo se tiene en cuenta vuestro apoyo a Pompeyo. Sí, ya sé que me diréis que Pompeyo era Roma en esta parte del mundo. Eso es lo que yo deberé abogar en vuestra defensa llegado el momento.

        Cleopatra permaneció con el rostro serio, pero su interior saltó de júbilo al oír la aprobación tácita que César acababa de hacer de su plan, sin siquiera mencionarlo. Era orgulloso este romano. Decía que sí sin decir que sí.

        “Vos lo habéis dicho, César. Pompeyo era la cabeza visible de Roma de la Hélade hacia Oriente. Vos no me pedisteis ayuda. Pompeyo sí lo hizo. Y él fue el valedor de mi padre cuando éste, como yo, fue expulsado de su reino. No podía hacer otra cosa que responder afirmativamente y pedir a los dioses que le dieran la victoria, para no tener que responder ante el vencedor.

        Ahora fue César quien lució una maliciosa sonrisa.

       ¿Queréis hacerme creer que creéis en los dioses, siendo, como sois, uno de ellos?

       No, César. Era una manera de expresar mi deseo de que la facción a la que me vi obligada a ayudar fuera la vencedora. Pero el sino, o si lo preferís, la Fortuna, ha querido que no sea así. Y ello me ha dado la ocasión de conoceros.

        Estaba roto el hielo. Cleopatra había logrado su propósito. Pero sólo en lo que a Egipto se refería. Ahora faltaba ganar el objetivo más difícil, ganarse a Roma. Roma en la persona de Cayo Julio César, un hueso duro de roer. Los historiadores achacarán a los encantos más visibles de una mujer joven el éxito que Cleopatra tuvo con el maduro Julio César. Pero la egipcia estaba, ya lo hemos visto, escasamente dotada para ejercer tal seducción. No sería por el sexo, sino por el seso como una atrajera al otro. Pero tal tema conviene dejarlo para la próxima entrega.

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Enlace con el próximo día: Egipto antiguo 92. Encuentro entre Julio César y Cleopatra VII.

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………. Fernando Conde Torrens es autor de “Simón, opera magna”, “El Grupo de Jerusalén”, “La Salud” y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En http://sofiaoriginals.com/ expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.

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