Escuela virtual de Sabiduría de Pamplona.

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El autobombo real Mundo helenístico 58

El autobombo real Mundo helenístico 58

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© Copyrigth Fernando Conde Torrens, el viernes 6-1-2.012

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        Hemos visto la costumbre de deificar a sus soberanos, tanto en el Imperio Seleúcida como en el Ptolemaico, en Egipto. Tal vez por eso, porque eran dioses en vida, omnipresentes, los monarcas helenísticos retribuían incluso a ciudades sobre las que no dominaban, como Atenas, mandándoles donativos, estatuas, dinero para construir un Templo … Los monarcas sabían perfectamente que no eran dioses, no se lo creían, pero se servían de esa creencia extendida entre el pueblo para aumentar su memoria una vez que hubieran muerto, tema que a los antiguos les era muy querido: Que los recordaran después de muertos.

        Hay que tener en cuenta, para comprender la mentalidad antigua, que dos dioses, como Apolo y Dionisos, habían nacido de madre humana, como se decía de los reyes. Y los reyes tenía poder para solucionar problemas concretos. Como ejemplo, la canción con la que los atenienses invocaban a Demetrio I para que les auxiliara y les librara de Casandro:

 

«Unos dioses están lejos,

otros dioses nunca están,

otros dioses no nos oyen,

los que quieren escuchar

oyen, pero no responden.

A ti te vemos, tú estás,

no de piedra o de madera,

sino en carne y de verdad.»

 

        En efecto, la mayoría de las veces los dioses no respondían a las peticiones de los humanos. Los reyes a veces respondían. Luego tenían más poder que los dioses, luego eran dioses de superior categoría, concluían muchos antiguos. Y se entregaban al culto a su Emperador, o al rey distante, con total convencimiento. Los habitantes de Rodas dieron culto a Ptolomeo I porque los salvó de Demetrio Poliorcetes, cuando estaba sitiando su ciudad. Toda la Jonia dio culto a Antíoco I, rey macedonio, porque los salvó de los celtas, que asolaban la región. Y así una larga lista de reyes que libraron a una ciudad de un gobernante no querido, etc. Eso constituía la filantropía, a la que los reyes eran muy dados, y que aumentaba su prestigio, y que vamos a ver de cerca, como el apoyo a las Artes y las Letras, las obras monumentales, Templos, circos, fuentes, teatros, etc.

        Nos podemos hacer una idea de qué zona estamos hablando viendo el mapa que sigue, que representa la herencia que Alejandro Magno dejaba a sus generales, los Diadocos. Nótese la Macedonia original, minúscula en relación a las tierras incorporadas. Eso hizo que los Diadocos, teóricamente dependientes de Macedonia, actuaran por su cuenta.

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Mundo helenístico. El imperio de Alejandro repartido entre los Diadocos

El autobombo real Mundo helenístico 58

      El Imperio de Alejandro

(Fuente: Historia de la Humanidad. Grecia Helenística. Tomo 9. Rebeca rubio et alia. Arlanza Ediciones, S.A. 2.000.)

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        Incluso personajes singulares, no monarcas, podían tener opción, si bien en contadas ocasiones, a ejercer la filantropía y a recibir el reconocimiento de la ciudad en que vivían, donde se les llegaban a rendir culto a su muerte, en agradecimiento. Otra forma de culto era ser nombrados héroes, a su muerte, como fue el caso, entre otros, de Aratus y Filopoemen, generales de la Liga Aquea, en guerra contra Esparta, primero, y contra la Liga Etolia, después. Y si era a escala menor, se les recordaba gracias a los mármoles en que quedaban grabados sus nombres, sus donaciones y favores a la ciudad.

        Como se ve, el pueblo retribuía con el honor máximo y el culto a quien le favorecía. Cuando Roma apareció en el horizonte y les libró de algunos reyes molestos, diversas ciudades empezaron a rendir culto a la «diosa Roma«. El que ganaba en el campo de batalla era porque tenía más poder que el vencido. De la idea de poder a considerar al tal dios sólo había un paso. También se dio culto a los benefactores de Roma, a los generales que Roma enviaba para hacerse con una región. Esto sucedió en el siglo I AEC, cuando Roma pisaba por vez primera la zona. Cuando comenzaron los impuestos y las tensiones, el concepto de deidad hubiera bajado muchos puntos, pero Augusto y sus descendientes se encargaron de sustituir a los monarcas Seleúcidas y Ptolemaicos en el fervor de las gentes, y tanto Roma como ellos serán elevados a la dignidad de dioses; ellos, una vez muertos.

        Las reinas también tuvieron un papel importante en la política y en el corazón de los súbditos. En Egipto se repitió el hecho del casamiento del Faraón con su hermana, el aparecer los rostros de ambos monarcas en las monedas del reinado, o al tener que intervenir la reina viuda para hacer frente a una invasión enemiga. Hemos visto a Cleopatra Zea como esposa, co-regente, regente y soberana que pone y quita reyes, sus hijos. La famosa Cleopatra VII también dio muestras de una gran habilidad diplomática y llegó a tener gran poder, aunque al final la suerte no le favoreció.

        Hay que decir que desde los hijos de los Diadocos, los Epígonos, se estableció la costumbre de que el rey sólo tenía una esposa. Si quería cambiar, repudiaba a la primera y entronizaba a la segunda, acto seguido. Amantes era otra cosa, y casos, se dieron.

        Las reinas fueron en su inmensa mayoría de noble cuna, princesas de alguna dinastía vecina, que ya sabemos que había unas cuantas, Pérgamo, Ponto, Bitinia, Capadocia. Armenia, la Cólcide, etc. Hubo también una par de excepciones, monarcas que se casaron por amor, diríamos hoy. con plebeyas, o muchachas de cuna no alta. En todos los casos, las reinas mostraron una absoluta fidelidad, gran seriedad y abnegación en el cumplimiento de los deberes que les cayeron encima.

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Camafeo con Ptolomeo III Filadelfo y Arsinoe II, su hermana y segunda esposa

El autobombo real Mundo helenístico 58

(Fuente: Historia Universal Larouse, Tomo 3. El mundo de la Grecia clásica. Spes Editorial, S.L. 2.005.)

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        Además de la reina, el rey se servía de sus hombres para reinar. Hombres de confianza, sus ministros y oficiales, a los que podía cesar siempre que quisiera. El Estado era el rey. El Consejo de sus fieles, cuando lo había, era sólo para dar consejos. La última palabra la tenía el monarca. El monarca gobernaba por medio de edictos, que se elaboraban en su secretaría y se anotaban en un Diario, que el monarca supervisaba diariamente. Las provincias se gobernaban mediante estrategoi, o generales, con mando militar. Ambas monarquías tenían un Primer Almirante que mandaba la flota imperial. Pero el trabajo del monarca era muy grande, pues todo dependía de él: Las decisiones militares, administrativas, legales y comerciales. Eran monarquías absolutas y centralizadas. Se estableció una costumbre de que el monarca de edad avanzada asociara al trono a su primogénito, que le ayudaba en el trabajo y compartía la responsabilidad, en especial de cara al relevo.

        Cuando un monarca fallecía, todos los acuerdos que había hecho en vida quedaban en suspenso. En Macedonia ya hemos visto que el poder volvía al Consejo, pero sólo entonces. Los tratados debían ser validados por el nuevo monarca. Normalmente, éste lo hacía, pero también debían ratificarlo las otras partes firmantes, que no siempre estaban por la labor. Para ello, los vasallos debían pagar la tasa de la corona, cada vez que un monarca se coronaba. Todos los que renovaban un convenio lo hacían previo pago de la tasa. De modo que, por ser el poder personal, al morir el autor de la ley durante un largo período, todo quedaba en suspenso, hasta que las cosas volvían a su cauce, esta vez con el nuevo monarca. Y vuelta a empezar.

        El hecho de ser ya dioses, los que lo eran en vida, hacía más difícil al sucesor denegar decisiones de un dios, pero no obstante, el pago de la tasa por parte de todos los firmantes era un aliciente suficiente como para que el monarca no renunciara a su derecho a ratificar los tratados y a percibir la sabrosa tasa.

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Enlace con el próximo día La guerra. Mundo helenístico 59.

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………. Fernando Conde Torrens es autor de «Simón, opera magna», «El Grupo de Jerusalén», «La Salud» y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En http://www.sofiaoriginals.com/ expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.

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