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El botín en el mundo helenístico 33

En este artículo, «El botín en el mundo helenístico 33», y en los dos siguientes enfocaremos las vicisitudes de la guerra para los que en ella intervenían.

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© Copyright  Fernando Conde Torrens, el lunes 24-1-2.011

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        Hoy apuntaremos unas ideas sobre la obtención de botines de guerra en la Antigüedad. Se iba a la guerra y se sacaba toda la tajada posible de la misma. El invasor, tenía dos ocasiones en que el botín estaba asegurado: Las batallas, para el vencedor, y la toma de ciudades, para el invasor.

        Había que distinguir si la ciudad se resistía o si, por el contrario, abría sus puertas al ejército extraño y se brindaba a pagar al nuevo dueño el impuesto que pagaba al antiguo.

        Si la ciudad se resistía, el tratamiento que recibiría sería el mismo que el de un ejército, que en breve veremos. Si no se resistía y permitía voluntariamente el acceso del ejército invasor, quedaba a merced del invasor, pero si éste no habían sufrido bajas en la ciudad, era esperable que su comportamiento fuera «civilizado». Por otra parte, el invasor estaba obligado a respetar la ciudad que se le entregaba, porque la noticia se corría por las ciudades siguientes y así podía esperar que ellas hicieran lo propio. Era como una especie de código ético tácito, algo que favorecía también al invasor «misericordioso».

        Veamos qué les ocurría a las ciudades que se resistían al invasor. Todos lo hemos visto en la película «Troya«. El invasor no tenía ningún miramiento con el vencido. A fin de cuentas, él mismo podía haber resultado muerto por el sitiado. Y si no lo había sido, algunos compañeros o conocidos lo habían sido, de modo que en todo el tiempo del sitio se había ido formando un odio imparable al sitiado. Cuando éste estaba a nuestra merced, lo esperable era no tener compasión de él, ni de sus mujeres, ni de sus hijos.

        Según la resistencia que el sitiado había ofrecido, así debía ser el comportamiento del jefe del ejército atacante. Sus propios soldados no consentirían un tratamiento tibio a una ciudad que había resistido durante meses y provocado una cifra alta de bajas. A más meses, más cruentoº el comportamiento permitido a los soldados una vez dentro de la ciudad. Tomemos el ejemplo de Tiro, que resistió siete meses al ejército de Alejandro Magno, causando no pocas bajas en él. Alejandro dio orden de pasar a cuchillo a todos los varones, cosa que se hizo, y mandó también reservar unos 2.000. A éstos los mandó crucificar y colocarlos en el camino de entrada a la ciudad. A las mujeres y niños, tras el paso por los soldados, los vendió como esclavos.

        Este destino, conocido por los habitantes de una ciudad, hacía que las ciudades fueran más propicias a rendirse que a resistirse. Y explica que, siglos más tarde, cuando los bárbaros se acercaron a las ciudades romanas, los sitiados, que sabían que nadie vendría a ayudarles, se rindieron, ciudad tras ciudad. Las murallas que apresuradamente construyeron no sirvieron para defenderles de los bárbaros, sino para permitirles pactar con ellos unas condiciones decentes, dignas, porque las murallas eran muy difíciles de tomar. Pero no se les ocurrió usarlas como defensa, o todos perecerían. Así era la vida en el Antigüedad

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El botín en el mundo helenístico 33

      El destino del vencido

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        Si éste era el azar de pertenecer a una ciudad, veamos ahora cuál era la suerte o destino del invasor. Un ejército invasor estaba obligado a vencer porque, la mayoría de las veces no tenía la opción de la retirada. La retirada sólo era posible si dicho ejército no había sido vencido. Y retirarse sin ser vencido sólo podía deberse a unas circunstancias muy concretas y raras.

        Habrá más, pero conocemos aquí dos casos en que la retirada fue posible. Y se salvaron la mayoría de los invasores. El primero es muy conocido, la Retirada de los Diez Mil, de Jenofonte. Lo tratamos en este artículo. En la batalla de Cunaxa, unos diez mil mercenarios griegos apoyaron a Ciro el Joven y desde Grecia, se internaron en la enemiga Persia. Al inicio de la batalla de Cunaxa, que los griegos iban ganando, el aspirante al trono persa cayó muerto por una jabalina enemiga. La batalla se paró y cada ejército se retiró a su campamento. Días después los griegos iniciaron una retirada narrada en la Anabasis por su líder improvisado, Jenofonte. La suerte que tuvo esta expedición fue que el ejército persa acantonado en Asia Menor era escaso en número y muy inferior en calidad guerrera a los griegos, por lo que sólo sufrieron escaramuzas de no gran intensidad. La debilidad que el Imperio Persa demostró en este episodio fue la raíz de su ruina. El verdugo sería Alejandro Magno. Quedó claro que el Imperio Persa no era capaz de derrotar a 10.000 griegos bien mandados.

        Otro ejemplo de ejército que se adentra hasta el corazón del Imperio enemigo y retrocede sin sufrir cuantiosas bajas lo tenemos en la expedición que le costó la vida al Emperador Juliano. Cuando sitiaba una ciudad Mesopotamia abajo, un traidor de su propio ejército le clavó una lanza. El Emperador, hasta ese momento victorioso, moría en su tienda pocas horas después. El ejército romano inició la retirada y tampoco había a sus espaldas ejército capaz de atacarles. Volvieron a sus bases sin problema.

        Es sabido el desastre de Napoleón en su fallida invasión a Rusia. Lo hemos contado en este artículo. Volvió sólo una pequeña parte de los que la iniciaron, a pesar de no haber sufrido derrota alguna por parte del enemigo. Pero el duro clima ruso fue el enemigo con el que no contó Napoleón. Ése sería el principio del fin para él.

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Enlace con el próximo día: El botín. Victoria o muerte 2. Mundo helenístico 34.

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……….. Fernando Conde Torrens es autor de «Simón, opera magna», «El Grupo de Jerusalén», «La Salud» y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En http://www.sofiaoriginals.com/ expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.

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