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El misterio cuneiforme

«El misterio cuneiforme», o cómo unos aficionados averiguaron lo que los «entendidos» de la época despreciaron.

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 © Copyright  Fernando Conde Torrens

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El descifrado de los jeroglíficos egipcios no se inició hasta que se halló la piedra Roseta, un texto trilingüe con una de las tres lenguas conocidas, el griego. El problema de la escritura hallada en la antigua persa era aún peor. Había signos, había al parecer tres escrituras contiguas, pero ninguna de ellas era conocida. ¿Con qué comparar cualquiera de ellas? En el caso de los jeroglíficos egipcios, podía compararse con el texto griego. Pero, ¿y en este caso? De modo que el problema en el caso de los textos cuneiformes era más complicado, aparentemente irresoluble, si no fuera porque … hubo gente ingeniosa.

Defenderé, desde mi modesta comprensión de la Historia, que lo que nos ha salvado muchas veces es el ingenio; ingenio que consiste en “de donde no hay, sacar”. O más precisamente, «de donde los demás no sacan nada, sacar la verdad.» ¿Cómo? ¡Ahhh …! Con ingenio. Veremos hoy un ejemplo, dentro de pocos días veremos otros dos. ¿Cómo midieron un par de griegos la longitud de la circunferencia de la tierra y acertaron con el cálculo? Con ingenio. Pero volvamos a nuestros escritos.

En el libro del que ”picoteo”, “Los lenguajes perdidos”, de P. E. Cleator, Ediciones Orbis, 1.986, un libro magnífico, posiblemente agotado, y del que reproduje la portada en el artículo de hace dos días, se describe con gran lujo de detalle todas las circunstancias de este descubrimiento y más temas interesantes, en los que no podemos detenernos. Trataré, con ello y con otro material que poseo, de bosquejar un panorama que permita comprender cómo se ha funcionado en campos tan tranquilizantes y neutros como qué escribían los persas en sus palacios y tumbas. Voy a prescindir de la historia de los pueblos situados en la ribera de los ríos Tigris y Eúfrates, protagonistas de las lenguas objeto de investigación y a descifrar. De ellos hemos hablado ya en esta Historia de la tribu y el lector asiduo los conoce ya.

El hecho es que ni los romanos, cuando tuvieron un limitado control del territorio, ni los seguidores del Islam, que vendrían después, tuvieron en gran aprecio la cultura que se podía haber desarrollado en aquellos lugares y los restos de las antes florecientes ciudades persas fueron desapareciendo. Éstas, cosa natural, fueron sepultadas por el olvido y la arena. Algún monarca poderoso – mucho más tarde se sabrá que fue Darío – mandó grabar en un risco de Behistum el relato de cómo derrotó a los súbditos que se sublevaron contra él. Consiste esta inscripción en centenares de líneas de texto en tres lenguas, persa, elamita y acadio, las lenguas habladas en el vasto imperio dominado por Darío. Representa al propio rey, prevaleciendo majestuosamente sobre sus rebeldes súbditos y ante la mirada complaciente de Ahura Mazda, el principal dios imperial. Menciono el texto por la importancia que va a jugar en la historia que nos ocupa. Y, ya que hemos hablado de él, he aquí cómo lo reproduce el libro citado.

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El misterio cuneiforme

   (Fuente: P.E.Cleator, Los lenguajes perdidos, Barcelona, Ediciones Orbis, S.A,.1.986, pág. 113.)

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El lector ya ha leído algo sobre Persépolis, un lujoso lugar de residencia de los monarcas persas, y hemos visto algún aspecto del lugar tal y como queda en nuestros días. También allí, lógicamente, se colocaron inscripciones en las lenguas habituales.

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Antecedentes.   El misterio cuneiforme

Pasan los siglos con el territorio que antaño fuera persa ocupado por los seguidores del Islam. En el siglo XI, alguien con cierta autoridad afirma que lo que se representa en el grabado que acabamos de ver es un maestro de escuela rodeado de alumnos poco aplicados (!). Otra autoridad posterior afirmará que se trata de un jefe sasánida cabalgando sobre su caballo y delante de su reina (!). Tampoco la antigua Persépolis se librará de adjudicaciones gratuitas, una de ellas, relacionada con la tumba de Ciro, que conocerán los investigadores relacionados con la escritura, es que fue la tumba  de la madre del rey Salomón.

Los primeros europeos que visitan estos lugares fueron embajadores de pequeños reinos medievales. Sus descripciones de los lugares eran pintorescas e influidas por sus creencias religiosas. Viajeros ocasionales posteriores sólo trajeron noticias de existir unas inscripciones en un idioma absolutamente desconocido, que no se sabía si había que leer de izquierda a derecha, como nosotros, o a la inversa. Un viajero francés de hacia 1.680 llegó a la conclusión de que, en efecto, era una escritura para ser leída de izquierda a derecha, y de que con frecuencia las inscripciones aparecían en grupos de tres, lo que también era cierto.

Una circunstancia que produjo mucha confusión es que las inscripciones adornaban con frecuencia las jambas de puertas y ventanas, por lo que aparecían tanto en horizontal como en vertical. La inscripción en elamita ascendía por el lateral izquierdo, arriba estaba la inscripción persa, la principal, y por el lado derecho descendía la versión acadia. Teniendo en cuenta que todas ellas eran cuñas mezcladas aparentemente sin orden ni concierto, el desaguisado estaba servido.

Los primeros europeos que trabajaron  sobre las inscripciones y las copiaron, le llamaron escritura cuneiforme, al identificarla con la huella que deja una cuña afilada sobre una tablilla de arcilla blanda. Uno de ellos, Samuel Flower tuvo la buena idea de separar los signos mediante puntos, lo que facilita la lectura. Cornelius le Brun colocó las tres líneas que adornaban una ventana superpuestas y demostró que las líneas laterales no debían leerse de manera vertical, sino horizontal. 

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Primera etapa.   El misterio cuneiforme

 El primer europeo metódico que visita la zona posiblemente sea Carsten Niebuhr, quien copia meticulosamente varias inscripciones y en su publicación las pone a disposición de los demás investigadores. La historia de la expedición de la que Niebuhr formaba parte es curiosa. El rey de Dinamarca dispone una expedición científica a Egipto, Arabia y Siria. La forman 5 personas, especialista cada uno en una rama del saber, que se pensó eran complementarias para el evento. El grupo parte de su país rumbo a Constantinopla y desde allí a Egipto. Y desde Egipto, al Yemen. Pero en esta última parte del camino fallecen dos miembros de la expedición. Llegan a Bombay y allí mueren otros dos, quedando tan sólo Niebuhr, quien decide, con muy buen criterio, retornar a su país. Lo hace vía Persia y Mesopotamia y el 13 de Marzo de 1.765 llega a la antigua Persépolis, conocida como Takht-i-Jamshid. Allí y durante 3 semanas copia cuidadosamente numerosas inscripciones. Publica el material en su obra “Voyage en Arabie” (Amsterdam, 1776-1780), con lo que fue posible iniciar el descifrado de textos cuneiformes. Faltaban del orden de 20 años para que en Egipto se descubriera la piedra Rosetta.

Niebuhr confirma que las inscripciones van en grupos de tres y los llama inscripciones B, C, D, E, F y G. Las del grupo A van sólo en una lengua. Niebuhr, como antes hiciera Flower, separa los signos mediante puntos. No obstante, no se dio cuenta de que hay un signo, un trazo diagonal, que separaba palabras. Señaló un detalle que iba a ser crucial en estudios posteriores: En dos versiones similares de una inscripción, la palabra final de la tercera línea era la primera palabra de la cuarta línea en la otra inscripción. Ello demostraba que la lectura era de izquierda a derecha, como la nuestra. Pero quedaba en el aire otro detalle referido a esa peculiar disposición, detalle que daría mucho juego en un futuro. Las tres inscripciones eran versiones en lenguas distintas de un mismo texto, lo que se comprobaba colocándolas correlativamente, unas sobre otras. Niebuhr defendió que la escritura era posiblemente alfabética, como así resultaría, prácticamente.

Los entendidos se dividen en dos grupos, los de quienes opinan que eso no es una escritura, sino motivos ornamentales, y la de quienes defienden que es escritura. No obstante, entre una parte de éstos últimos era de la opinión de que aun siendo una escritura, sería imposible descifrarla, por lo que se retiraron del trabajo, dejando reducida la facción de los animosos. Estos últimos recibieron ayuda a través de dos obras escritas por expertos en lenguas orientales. En una de ellas, el detalle está en el libro, se traducían algunos textos sagrados en lengua zenda y palhevi, relacionadas con el persa de la versión principal de las inscripciones cuneiformes. En la otra se traducían algunas inscripciones halladas en unas tumbas reales y se daba el importante detalle de que en las inscripciones en tumbas reales con la figura de un monarca, siempre se hacía referencia al mismo y a su padre y se daba al difunto el calificativo de “rey de reyes”.

Tyschen, de ascendencia noruega, fue el segundo investigador que inició un estudio serio del tema. A finales del siglo XVIII publico una obra sobre las inscripciones halladas en Persépolis, adhiriéndose a la opinión de Niebuhr de que se leían de izquierda a derecha y adelantó que posiblemente se trataba de tres lenguas distintas. Dio gran importancia a siete signos que aparecían en numerosas ocasiones seguidos de otros tres o cuatro más.

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El misterio cuneiforme

   (Fuente: P.E.Cleator, Los lenguajes perdidos, Barcelona, Ediciones Orbis, S.A,.1.986, pág. 95.)

  Para él, el primer grupo sería el nombre de un monarca y lo posterior, calificativos elogiosos. Pero falló cuando concretó el nombre del monarca y los significados de los signos, pues lo atribuyó a una rey parto. Cobró importancia averiguar a qué dinastía pertenecían las ruinas de las modernas excavaciones, pues de ello dependería los nombres a encontrar en ellas.

Un tercer investigador, Münther, favoreció con argumentos que las ruinas visitadas por Niebuhr eran de la dinastía aqueménida y que correspondían a Persépolis, la ciudad conquistada por Alejandro Magno. Por lo que los reyes serían aqueménidas y la lengua de una de las inscripciones, el persa, muy relacionada con el zenda o el palhevi. Además, localizó el signo de división de palabras y lo eliminó. Hizo un estudio estadístico de aparición de cada signo y localizó los tres más frecuentes. Aparecían 183 veces, 146 y 107 veces, respectivamente. Deberían ser, con toda probabilidad, las letras más frecuentes en zenda, las que aparecen a continuación. Acertó con las letras A y B, pero se equivocó en otros 11 signos que creyó identificar.

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El misterio cuneiforme

   (Fuente: P. E. Cleator, Los lenguajes perdidos, Barcelona, Ediciones Orbis, S.A,.1.986, pág. 97.)

Münther trabajó con las dos palabra comunes y dedujo que la segunda expresión sería más bien “rey de reyes”, pero al ir a deducir el nombre del monarca, y a causa de uno de los pocos errores cometidos por Niebuhr en sus trascripciones, se desvió del buen camino.

El cuarto investigador que iba a ampliar el camino apenas iniciado sería Grotefend, filólogo nacido en 1.775. Estudió Grotefend los hallazgos de los anteriores investigadores y se centró en las inscripciones B y G, reproducidas a continuación.  En ellas aparecían los siete signos en las mismas posiciones, en las líneas 1ª, 2ª y 3ª de la inscripción B y en las líneas 1ª, 2ª y 3ª de la inscripción G. Supuso, basándose en analogía con el palevhi,  que el conjunto de 7 signos significaba “gran rey”, título que debía seguir al nombre del monarca. Como los dos nombres eran distintos, tenían que pertenecer a monarcas diferentes.

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El misterio cuneiforme

   (Fuente: P. E. Cleator. Los lenguajes perdidos, Barcelona, Ediciones Orbis, S.A,.1.986, pág. 91.)

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Pero además, el nombre del monarca del inicio de la inscripción B aparecía en la línea tercera de la inscripción G. Este nombre estaba acompañado de unos signos que, por similitud con el palevhi bien pudieran ser “hijo”. Y en la 4ª línea de la inscripción B se reveló el nombre de otro monarca al que no acompañaba el grupo de signos que significarían “rey”. Grotefend había encontrado los nombres de un abuelo no rey, un hijo rey y un nieto asimismo rey. Todo ello en base a la hipótesis inicial y a deducciones de los vocablos “rey” e “hijo”, hechos de otra lengua relacionada, el palevhi.

……….Sería la situación de un inglés que quisiera traducir un texto en castellano, desaparecidos hace siglos los últimos castellano-parlantes, y que tuviera traducciones de textos latinos (similar al zenda en nuestro ejemplo), idioma relacionado con el castellano y tuviera  también traducciones de textos franceses (asimilado al palevhi en este ejemplo), también relacionado con el castellano. Si mirara la traducción de “hijo”, que en su lengua es “son”, en latín, leería “filius”, y si lo hacía en francés, leería “fils”. Luego podría deducir que la letra o signo “i” formaría posiblemente parte de “hijo” en castellano, como así es.

……….Y si mirase la traducción para “rey”, “king” en su idioma, en latín vería “rex-regis”, en francés “roi”, luego podría deducir, y acertaría, que la letra o signo “r” bien puede formar parte de la palabra castellana para “king” en inglés. Eso significaría que cuando alguien es rey le debe seguir una palabra castellana que comience con el signo “r”. Si no le sigue tal signo es porque el tal no fue rey. Si alguien es hijo de otro, le debe seguir una palabra castellana que contenga la letra “i” posiblemente como segundo signo de la palabra para “hijo”. Estas aclaraciones no están en el libro al que sigo, de modo que si son malas, son propias.

……….Ya sólo faltaba adivinar los nombres de un padre rey, un hijo rey y un abuelo no rey, y el acertijo era ya fácil: Darío, padre de Jerjes, ambos reyes, siendo el padre de Darío, que fue el fundador de la dinastía persa, Hystaspes, alguien que no fue rey. Luego los textos deberían decir

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 Darío, gran rey, rey de reyes … hijo de Hystaspes.

Jerjes, gran rey, rey de reyes … hijo de Darío.

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……….Y eso era justo lo que ambas inscripciones decían. Esto es ingenio. Grotefend lo tenía. Él acertó al aplicar «el método de prueba y error». Cuando estamos ante algo totalmente inaprensible, difícil, diabólico, la única solución es aplicar «el método de  prueba y error». Eso sí, hay que acertar al menos en una de las pruebas … en la última. Evidentemente, ya no hacen falta más.

………. Voy a cortar aquí. Creo que se produce el efecto apetecido.

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Siguiente artículo: La incomprensión cuneiforme.

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……….Fernando Conde Torrens es autor de «Simón, opera magna», «El Grupo de Jerusalén», «Año 303. Inventan el Cristianismo», «La Salud» y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En  http://sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.

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