Capítulo Primero

Introducción.

© Copyright Fernando Conde Torrens

 

 

        Este libro es la historia de un descubrimiento. Está basado en hechos reales. Hechos de los que el protagonista es el propio autor. Él y unos escritos redactados hace casi dos mil años. Espero no aburrir al lector con la relación de mis aventuras, de mis forcejeos con unos escritos que tratan de los temas más importantes que nos afectan. Precisamente porque los temas que vamos a extender sobre el tapete son serios, sensibles y dignos de respeto, trataré de llevar el relato con seriedad, sensibilidad y respeto.

        Hay que advertir al lector que el relato que ahora inicia puede herir su sensibilidad. Se van a tratar temas que durante siglos han sido tabú. Por eso aplaudiremos la decisión del lector que cierre el libro en un momento dado y no quiera seguir este relato. Hace el lector uso de uno de sus más profundos derechos, el derecho a la libertad. Este libro se escribe para personas a las que el relato de unas averiguaciones sobre los libros que conforman el Nuevo Testamento no hiera su sensibilidad. Por tanto, si el amable lector no se siente incluido en este último grupo, es el momento de cambiar a otro escrito más en línea con su filosofía de vida.

        El trabajo de que aquí daré cuenta tiene unos antecedentes. Al filo de los cuarenta me dediqué a estudiar a los Maestros. El lector se preguntará quizás a qué Maestros. A los que saben y enseñan. A los que saben y son aquello que saben. Es difícil explicar qué es un Maestro a quien nunca se ha interesado por el Saber, por la Verdad. Buscar la Verdad es una aventura indescriptible, es una Odisea. Odisea que se vive en solitario. La obra de un Maestro es un tesoro escondido, que sólo descubren los buscadores de Verdad.

        Pasé alrededor de seis años coleccionando obras de Maestros, estudiándolas a fondo, disfrutando de ellas. Y cada vez que, por referencias, me enteraba de un nombre nuevo, procuraba conseguir alguna obra del candidato a Maestro, para ver si lo era. Y si lo era, coleccionaba todas su obras, si las podía conseguir. De ese modo amplié notablemente mi colección de "libros de oro", escritos por Maestros de Sabiduría. Hasta el punto que me costaba hallar Maestros nuevos. Porque no han proliferado.

        1.1. El Maestro de Qumrán.

        Y entonces fue cuando me llegaron noticias del desconocido Maestro que fundó Qumrán. Quizás el lector sepa ya de la existencia de Qumrán, un lugar inmediato al Mar Muerto, donde, en el siglo II antes de nuestra era, se asentó una comunidad esenia. Qumrán fue algo parecido a un monasterio, ocupado no por monjes cristianos, sino por eremitas esenios. Las personas que fundaron Qumrán seguían a un Maestro, al que los escritos que allí se generarían denominarían más tarde Maestro de Plenitud. Y se retiraron al desierto a llevar un tipo de vida diferente a la que se llevaba en las ciudades y aldeas judías de la época.

        Pocos años después el Maestro murió, parece que de modo violento, y la comunidad que él fundó paso por vicisitudes varias. Durante una época la comunidad abandonó Qumrán y se reintegró a la vida civil. Años después volvió a su retiro del desierto. Y allí estaba el año 66 de nuestra era, cuando estalló la sublevación judía contra los romanos. Al poco de estallar la revuelta, los romanos invadieron la patria judía con sus legiones y los esenios de Qumrán metieron en tinajas su amplia biblioteca y escondieron los rollos de que constaba la misma en varias cuevas cercanas al monasterio. La penumbra de las cuevas veló el tesoro escondido en las tinajas durante 19 siglos, hasta que en 1.945 unos pastores entraron en una de ellas y descubrieron por azar los primeros rollos. Los escritos o rollos del Mar Muerto, ya que en la época en que se creó la biblioteca se escribía usualmente sobre rollos de papiro o pergamino, nos trasladan a los tiempos de Cristo y han sido analizados por numerosos especialistas.

        El primer libro que adquirí sobre los rollos del Mar Muerto estaba escrito por José Antonio Balbontín y se titulaba "Jesús y los rollos del Mar Muerto (Ensayo sobre la cuna histórica del cristianismo)". El libro estaba editado por la viuda del autor. En su libro, Balbontín traducía algunas estrofas de unos himnos que respiraban Sabiduría. Tenían que haber sido escritos por un Maestro, por alguien que sabía. Supe así que en Qumrán había vivido y escrito un Maestro.

        Fue un año más tarde cuando encontré otro libro, escrito por el padre trapense Jean Pouilly, en el que se desvelaban las cuatro etapas redaccionales de la Regla de la Comunidad, algo parecido a los Estatutos de aquel grupo de esenios. Y me sorprendió que apenas cincuenta años después de descubrirse los documentos, ya se hubieran estudiado tan en detalle como para haber descubierto las etapas redaccionales de la regla básica de aquella comunidad. En cambio, pensé, de los escritos fundacionales de nuestra propia religión nadie conoce las etapas redaccionales y ha habido veinte siglos para ello.

        Para quien no esté al corriente de cómo se redactaban antiguamente los libros ideológicos, conviene aclarar que no siempre un libro ideológico se escribía desde la primera línea hasta la última de una vez, en una etapa. Era frecuente que el primer redactor escribiese la obra que él pensó realizar. Y que pasados algunos años alguien con la misma ideología viera conveniente ampliar doctrina, reglamentar casos nuevos o aportar ciertos añadidos. Y lo que se hacía era integrar la primitiva redacción en una redacción más amplia, que fundía lo ya escrito y las nuevas incorporaciones. El escrito tendría continuidad total, sería un escrito único. Pero los estilos de los dos redactores permitirán a los entendidos distinguir entre ambas etapas redaccionales. Pues bien, según el padre Pouilly en la Regla de la Comunidad de Qumrán había habido cuatro etapas redaccionales. La más antigua, la fundacional. Y sobre ella, tres ampliaciones.

        Un par de años después se editaban la totalidad de textos encontrados en las cuevas del Mar Muerto. Conseguido el libro, editado por Trotta, me dispuse a encontrar la totalidad de escritos que provenían del Maestro autor de los himnos. Y sobre estos textos trabajé intensamente, separando lo que estaba escrito por alguien que sabía y lo que habían añadido escritores que no sabían. Fruto de dicho trabajo, escribí un libro, Qumrán y los tres Maestros, en el que esbocé la historia de la comunidad, desde su fundación hasta el año 30 de nuestra era.

        Según mis hallazgos, en Qumrán había sucedido algo muy curioso, algo que no era la primera vez que sucedía. El primer fundador de la comunidad de Qumrán era un Maestro genial, como todos los Maestros. Y despuntaron junto a él algunos pocos discípulos fieles, que avanzaron en el camino del Conocimiento. Pero los que se sienten incómodos con la Verdad eran más, estaban mejor armados y tenían menos vergüenza. Y el Maestro pasó a mejor vida demasiado pronto. Demasiado pronto como para dejar a los mejores de entre los suyos bien cimentados en el Saber. Y tras él vino el desastre. Los más se impusieron a los menos y la comunidad cayó en la intolerancia, el fanatismo y la utopía. Pero lo más sorprendente, ya en nuestros días, era la falta de perspicacia de casi todos los que escribían sobre Qumrán. No distinguían el trigo de la paja. No diferenciaban los escritos del Maestro de la visión mágica que inundaba la inmensa mayoría de los documentos encontrados. Habrían hallado, sí, las etapas redaccionales de la Regla de la Comunidad, pero se estrellaban en lo fundamental: No eran capaces de percibir la diferencia entre lo escrito por alguien que sabe y las fantasías de los que nada saben.

        Y cuando redactaba los últimos capítulos del libro sobre Qumrán, me pasó por la imaginación proseguir la historia y realizar el mismo trabajo sobre los escritos en que se cimentan nuestras creencias. Porque lo que había leído hasta entonces sobre el tema no podía satisfacer a nadie. La formación de los escritos sobre los que nuestra sociedad basa su filosofía de vida no podía ser más confusa. Cada analista tenía su propia teoría.

        1.2. Otra reconstrucción, la neotestamentaria.

        Algunos ofrecían argumentos en favor de que el Evangelio de Marcos se escribió en primer lugar y que Mateo y Lucas tenían ante sí el relato de Marcos cuando escribieron los suyos. Otros, en cambio, afirmaban que el primero había sido Mateo. Quién fuera Marcos era una incógnita. Había quienes hacían a Marcos discípulo de Pedro en Roma. Tampoco había un criterio claro sobre quién era Mateo, aunque había quien lo identificaba con Leví, el recaudador de impuestos para los romanos.

        La misma imprecisión se cernía sobre la fecha en que se escribió el relato de Juan, que algunos posponían hasta incluso el año 120, adjudicando su autoría a un Juan discípulo de Juan, el discípulo amado. Las fechas en que cada Evangelio se escribió eran asimismo una incógnita y el lugar en que se escribió cada uno, otra. En resumen, no había información fidedigna ni de autores, ni de fechas, ni de lugares de composición. De ahí mi intención de hurgar en ese terreno y tratar de aclarar lo que se pudiese.

        Y ello porque al leer todos los escritos del Nuevo Testamento uno experimenta sentimientos encontrados. En ocasiones, lo que uno lee le llega al corazón y sabe que aquello procede de un Maestro. Pero otras veces, en ciertos pasajes la sensación es completamente diferente. Allí hay otra mano. Ejemplos del primer tipo de pasajes, la parábola del sembrador, el inicio de Mateo con el sermón de la montaña o la charla con Nicodemo, en el de Juan. Un ejemplo del otro tipo de pasajes, cuando supuestamente Jesús expulsa a los mercaderes del Templo. Un látigo en manos de Jesús y verle arrojando jaulas y monedas por el suelo, enojado y gritando, es lo último que puede esperarse de un Maestro.

        Y no es sólo en los Evangelios. En las mismas Epístolas de Santiago y Juan conviven fragmentos preciosos, de un gran lirismo y que denotan una extrema delicadeza por parte de su autor, con otros terroríficos, como el capítulo 5 de la Carta de Santiago, fragmento, sin la menor duda, de otra mano y otra mente. Por no hablar del tremendo alegato que es el Apocalipsis, cuerpo extraño en un lugar que no le corresponde. Todo ello, desde hacía tiempo, había sembrado la duda, la curiosidad, el deseo de averiguar cómo se escribieron tales obras. Quiénes, cuándo, cómo, por qué. De modo que, terminado el análisis de lo sucedido en Qumrán, me dispuse a aplicar el mismo procedimiento con los escritos del Nuevo Testamento.

        Los estudios y libros que había leído sobre la forma en que se redactaron los libros del Nuevo Testamento me habían dejado bastante desilusionado y desconcertado. Nadie llegaba a diferenciar lo que no puede menos de ser Verdad de lo que no puede menos de ser falso, todos aceptaban todo. Y eso impedía el análisis y la investigación. Y ésa era la idea que se había ido fraguando, ser capaz de separar, de averiguar qué había escrito cada persona que había tenido algo que ver con aquellos escritos tan nuestros. Me estaba proponiendo realizar una reconstrucción de lo sucedido, iba a tratar de descubrir la historia auténtica. Iba a tratar de realizar una reconstrucción histórica, de encontrar lo que realmente pasó.

        Dicho así puede parecer de una osadía inaudita. Allá donde sesudos especialistas no habían encontrado nada, ¿qué iba a descubrir un simple aficionado? La empresa aparentaba superar las capacidades de este investigador amateur. Pero en mi zurrón tenía dos ventajas importantes, no mencionadas hasta ahora.

        En primer lugar me había dedicado a estudiar escritos de Maestros. Y había llegado a conclusiones interesantes sobre lo que puede decir un Maestro y lo que no puede pertenecer a un Maestro. Un Maestro es alguien muy especial, alguien que conoce la Verdad y en sus palabras sólo hay Verdad. Un Maestro, lo había comprobado traduciendo a muchos, no se equivocaba nunca, no insultaba nunca, no se enfadaba nunca, no discutía nunca. Los que hacían eso no eran Maestros. Todos los Maestros que ha habido en el mundo coinciden sin siquiera haberse conocido, todos enseñan lo mismo aunque lo llamen de manera distinta. Esto era una ventaja que se demostraría vital tiempo más tarde, como se comprobará. Porque lo difícil es empezar, encontrar el primer hilo para poder tirar de él. Lograr unos primeros indicios, sobre los que poder centrarse y profundizar, orientado ya sobre algo si no consistente, sí al menos intuido.

        Y en segundo lugar conocía el Evangelio según Tomás. Editado por Ediciones Obelisco, traducido del copto por J. Peradejordi. El Evangelio según Tomás está oficialmente calificado como gnóstico y apócrifo. Sin embargo, su contenido le otorga un algo especial, le hace diferente a todos los demás evangelios apócrifos. Cuando se lee el Evangelio según Tomás uno tiene la sensación de estar cerca de lo que pudo suceder en el Israel de hace 2.000 años. Porque el relato atribuido a Tomás cuenta las cosas como si fueran de primera mano, como si estuviera recién escrito. Había que relacionar el Evangelio según Tomás con los demás relatos evangélicos y conocer cuál de ellos influía o inspiraba a los demás. Cuál era la fuente real.

        Había adquirido una colección de evangelios apócrifos y la conclusión era que éstos ayudaban muy poco a la comprensión de lo que pudo pasar y de cómo y quiénes escribieron los canónicos, los aceptados como auténticos. Se veía con bastante claridad que eran escritos posteriores, que sus autores conocían lo que decían los Evangelios canónicos y que habían querido llenar lagunas, hablar de épocas o citar anécdotas no referidas en los ya existentes. Lástima que tales anécdotas fueran infantiles, llenas de visión mágica, impropias de nadie que tenga algo que ver con la madurez que se percibe en escritos serios, hechos por personas serias para humanos serios. En cambio Tomás, como llamaré en lo sucesivo al Evangelio según Tomás, era diferente.

        No es que todo Tomás rezumara Sabiduría, ni todo él autenticidad. Tomás había sido interpolado, claro está. Pero lo había sido ligeramente y conservaba, a pesar de las interpolaciones, su frescura y su olor a genuino. Abriré un paréntesis para indicar que interpolación es el nombre técnico con el que un entendido denomina una falsificación. Hemos tratado de las etapas redaccionales. Los miembros de una comunidad que amplían la Regla de la misma añadiendo preceptos que no se incluyeron en la redacción anterior no falsifican nada. Están ampliando normas para una casuística que anteriormente no había surgido. De la misma forma que se modifican las leyes o el código de circulación.

        La interpolación es ya otro cantar. Alguien, que no tiene las mismas ideas que el autor de cierto libro, libro que tiene renombre, conocido por muchos, añade sus propias ideas a un libro ya escrito, tratando de que el conjunto refleje las ideas de este segundo autor, del interpolador. Del falsificador, diríamos en román paladino. Una interpolación es un fraude, un engaño. Pues se pone en boca de alguien con prestigio ideas opuestas, en general, a las que tuvo. O, cuando menos, totalmente ajenas. Ideas que favorecen las tesis defendidas por el interpolador. Es una falta de respeto hacia el autor del libro que se adultera y para con el público a quien se dirige. Denota falta de honradez por parte del interpolador. Una enorme falta de ética. Si el interpolador fuera honrado, escribiría un libro firmado por él y con sus propias ideas, para exponerlas y divulgarlas. Como no lo es, ve más práctico usurpar la personalidad de alguien afamado y servirse de su prestigio, embarullando su obra, inoculándole sus obsesiones.

        Ningún Maestro interpoló jamás escrito ajeno. Incluso se podría decir más, un Maestro tiene tal creatividad que ni siquiera cita a otros Maestros. Y no por orgullo, sino porque la Verdad fluye en su interior y la Verdad es agua limpia, no reciclada.

        De modo que, aun interpolado, Tomás mantenía su frescura innata y cuando uno leía sus páginas con reposo, dejando que los dichos allí escritos descendieran con suavidad al propio fondo, parecía como que uno conocía mejor el ambiente, las formas del gran Maestro que nos tocó en suerte. He de volver sobre Tomás y nos acercaremos entonces a su contenido. Sirva lo dicho hasta ahora para poner en conocimiento del lector el bagaje con el que, animoso, empecé la travesía. Sabía que el camino iba a ser largo. No sabía si encontraría algo que mereciera la pena. Pero años atrás había comenzado otra larga búsqueda y tenía la convicción de que a quien quiere hallar la Verdad, ésta no se le muestra esquiva. De que al ser humano hay muy pocas cosas que le estén vedadas. Y de que, si se nos dio inteligencia cuando salimos de las manos de Quien nos hizo, ésta era para ser empleada.

        No podía aceptar opinión alguna de otros autores, ya que no sabía quién estaría en la línea acertada y quiénes en el error. Había demasiadas opiniones encontradas como para tomarlas como referencia. Debería basarme en un análisis a fondo de los textos y en comprobaciones internas. Había que encontrar no ya uno, sino múltiples aspectos coincidentes que permitieran fijar una teoría y hacerla firme. Todo tenía que basarse en crítica interna. El punto de partida era que un documento ve la luz conforme su autor, o autores, le dan forma. Esos autores tenían nombre y apellidos y habían vivido en un lugar y en un momento dado de la Historia que había que averiguar.

        Pensé que lo mejor sería ambientarme. No iba a acometer directamente el trabajo analizando los Evangelios. Antes de atacar el corazón del enigma, bueno sería conocer mejor a los discípulos de aquel gran Maestro del que tan prematuramente fuimos privados. Antes de abrir ningún Evangelio, me familiarizaría con todo lo que escribieron los seguidores del Maestro. Porque, pensé, lo que aprendieron los discípulos tuvieron que aprenderlo del Maestro. Lo que enseñaban los discípulos debía de estar en estrecha conexión con lo que Jesús les enseñó en vida.

        Si quería datar unos escritos que no sabía bien cuándo se escribieron, comenzaría analizando los escritos del Nuevo Testamento de los que se conociera el autor, su personalidad histórica indudable. Por ejemplo, las Cartas de Santiago y Juan. Los Hechos de los Apóstoles, obra de Lucas, y las Epístolas de Pablo. Así conocería el pensamiento y la forma de expresarse de algunos personajes históricos que habían sido protagonistas del proceso de redacción de los escritos en estudio. Y de este análisis inicial deberían salir criterios para lo que viniera a continuación.

        1.3. Algunos criterios utilizados.

        A lo largo de todo el análisis, y ahora, cuando resumo el mismo, he empleado ciertos criterios que creo conveniente sean conocidos desde un principio por el lector que haya superado la primera prueba y mantenga todavía el libro ante sí. En todo momento he mantenido el principio de que el documento que analizo es auténtico y su autor es el que figura nominalmente como autor. La investigación se inicia siempre con buena fe. Cuando surjan indicios razonables de que se han dado alteraciones del texto, se planteará la hipótesis de que tal vez algo no declarado esté oculto en el documento en cuestión. Y distinguiré con claridad cuándo lo que se posee es una sospecha y cuándo lo que se tiene es una evidencia. Dada la complejidad del tema a estudiar, habrá que acostumbrarse a trabajar con sospechas, sospechas que por el momento no pueden ser probadas. En muchos casos, las sospechas sobre cierto documento impiden llegar a conclusiones respecto a él, pero no impiden trabajar con ese documento.

        A la hora de citar textos del Nuevo Testamento y siempre que sea posible elegiré los de la Biblia Nácar-Colunga, que siempre me ha parecido una traducción fiel y seria. Con ello evito cualquier sesgo o sospecha sobre el texto que reproduzco. No obstante, en ocasiones acudiré a la traducción propia del texto en griego. En tal caso, lo indicaré expresamente. Eso será necesario cuando entienda que la traducción del texto dado en la Biblia Nácar-Colunga no es todo lo afinado que debiera. Y eso va a ocurrir especialmente con los textos de Conocimiento, con los Maestros que nos han tocado en suerte. No todo lo que se lee en los escritos que dan base a nuestras creencias, a juicio de este modesto investigador, pertenece al mismo nivel.

        Conviven páginas bellísimas con otras que no lo son tanto. El objetivo del estudio que había emprendido hacía ya algunos años estaba en la línea de búsqueda de Maestros. Y Maestros, los hay en el Nuevo Testamento. Aunque se defenderá que ni están todos los que son, ni son todos los que están. Por lo que se profundizará hasta el límite en la disección de los escritos de nuestros Maestros y no se hará lo mismo con los párrafos escritos por los que no son Maestros. El objetivo último que se pretende es la reconstrucción de los textos genuinos de los Maestros. Para ello, parecía evidente, había que conocer todo lo sucedido, cómo vio la luz cada escrito, quién fue su autor o autores, cuáles fueron, si los hubo, los escritos que sirvieron de base y en qué época y ubicación se dio su redacción.

        Otro criterio empleado en la redacción, que se emprende varios años después de terminada la búsqueda, es reproducir lo más fielmente posible la misma. Cabe alguna simplificación, con el fin de no cansar al lector, pero al hacerla no ha de desvirtuarse la marcha de los acontecimientos. De lo contrario, estaríamos novelando la búsqueda. En cada momento se reproducirán las intenciones, las sospechas no confirmadas, las ideas que guiaban el trabajo. Claro que no es posible reproducir la totalidad de los textos analizados. Cuando se ponen uno o dos ejemplos, el lector debe suponer que son sólo una muestra, que el trabajo total fue mucho más amplio. El total sirvió para basar las conclusiones, si bien se procurará que lo detallado en los ejemplos permita llegar a las mismas conclusiones.

        Para defender las hipótesis, o las conclusiones, ha sido preciso recurrir a textos diversos. Piense el lector que es inevitable usar el ingenio y combinar datos para obtener frutos. Hay que ser más listos que quienes interpolaron, pusieron sus ideas en obras de otros y su actuación ha pasado desapercibida durante siglos. El trabajo descrito en este libro no fue un sendero recto y fácil de recorrer. No obstante, y para que le lectura resulte amena y no ardua, he relegado ciertos argumentos a anexos posteriores. El libro puede entenderse ignorando los mismos. Quien desee conocer más a fondo la argumentación del autor, lea los anexos conforme se van citando en los capítulos que los tienen.

        En ocasiones el autor planteará problemas al lector. La solución del problema se facilitará siempre. De manera tanto más inmediata cuanto más concreto y preciso se plantee el enigma o problema. El autor supone que el lector posee un ejemplar del Nuevo Testamento y que puede utilizarlo sin dificultad. Se ha evitado remitir al lector a ningún texto del mismo y que la lectura de este libro sea suficiente para entender la tesis que en él se defiende. No obstante, y para no multiplicar las citas, en algunos aspectos de importancia muy lateral, en alguna comprobación secundaria, se facilita la numeración del pasaje del Nuevo Testamento en que se encuentra el asunto citado. Asimismo, el lector que haga caso omiso a tales pasajes exteriores podrá entender el hilo del argumento sin dificultad alguna.

        Dicho lo anterior y sin más demora paso a describir el que fue mi primer paso, el primer análisis en la tarea de ambientación previa. La búsqueda comenzó por las Cartas de Santiago y Juan. De ellas trata el capítulo siguiente.

 

Fernando Conde Torrens es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com hay comentarios y ampliaciones sobre este libro.