Troya 1

© Copyright  Fernando Conde Torrens

 

 

 

 

        Vamos a sobrevolar por las alturas de Troya, no porque Troya sea una ciudad griega. Los últimos descubrimientos indican que no lo fue. Era una ciudad típicamente oriental, situada en la Anatolia de los hititas, con capital en Hatussa. Pero todos los indicios apuntan a que bien pudo ser conquistada por nuestros antecesores micénicos, allá por al año 1.250 AEC. De forma que, para tratar de explicar el afán de los micénicos por Troya convendrá que conozcamos con detalle por dónde para Troya.

        Como de costumbre, avistaremos Troya a vista de pájaro. Remontándonos lo debido, veremos al norte el Mar Negro y hacia el suroeste, el mar de Mármara. Entre uno y otro, el estrecho del Bósforo, donde en el futuro se situará Constantinopla, ahora una aldea insignificante o ni siquiera eso. Y entre el mar de Mármara y el Egeo, el largo paso de los Dardanelos. Al sur del paso, Troya, o Vilio, como se llamaba en su lengua primera, Vilussa para los hititas.

        El agua que discurre hacia el mar Egeo por el paso de los Dardanelos solía tener una corriente de hasta 9 km/hora. Además, el viento no favorecía la entrada de las naves en el Mar Negro. Salvo de Abril a Junio, el resto del año soplaba un viento de hasta 16 km. por hora hacia el oeste. En la Edad del Bronce no se sabía navegar en contra del viento. De ahí que los barcos que querían entrar en el Mar Negreo tenían que esperar viento favorable. Esperar ... ¿dónde? En Troya, en su puerto. Pagando el correspondiente impuesto al rey de la ciudad, claro.

 

Mapa de Anatolia y la Hélade (actualmente, Turquía y Grecia).

(Fuente: ARQUEO, nº 8. RBA Revistas, Barcelona 2.002)

 

        Descendiendo un poco más, veremos que Troya está estratégicamente situada en el fondo de un puerto natural. Sus orígenes se remontan hacia el año 2.920 AEC. En tales épocas, el mar llegaba hasta el pie de la colina sobre la que se alzaba Troya. En aquella época había una aldea, Kumteke, a la entrada del puerto natural y otra, Besik-Yassitepé, dando al mar. Troya estaba situada en un promontorio, unos 22 metros sobre el nivel del mar.

Emplazamientos de lugares en el Bronce Antiguo, tercer milenio AEC.

(Fuente: Dossiers d´Archeologie. Neolithique. M. Korfmann. Éditions Faton, 2.003).

 

        Así pues, Troya se llenaba de marineros y de capitanes de barco durante gran parte del año. Al margen del tráfico marítimo, Troya era una ruta de acceso a Anatolia, inicio de una ruta comercial para las mercancías que venían del Danubio. De ahí la importancia de la ciudad, su crecimiento y su interés económico. Hatti, en Anatolia, son los hititas. Al este, el Mitanni, y más al sur, Siria. Egipto, más al sur aún, era la otra fuerza hegemónica de la época.

Rutas comerciales relacionadas con Micenas y Troya.

(Fuente: Historia de la Humanidad, tomo 7. M. Picazo et alia. Arlanza Ediciones, 2.000)

 

        Ya hemos comentado que el descubridor de Troya fue Henrich Schliemann, cuya historia ya conocemos. Henrich Schliemann murió en Nápoles, un 25 de Diciembre de 1.890. Un equipo de médicos no pudo salvarle la vida. Asistieron a su entierro el rey de Grecia, el príncipe heredero, numerosos hombres de ciencia y otras personalidades.

Retrato de Henrich Schliemann.

(Fuente: Historia de la Humanidad, tomo 7. M. Picazo et alia. Arlanza Ediciones, 2.000)

 

        Veamos ahora la génesis del descubrimiento. Ya sabemos que en la Antigüedad los poblados se construían sobre colinas, donde la defensa era más fácil. El conjunto del poblado se rodeaba de una muralla, de madera primero, de piedra más tarde. Las casas eran de adobe y madera. A consecuencia de un terremoto, una inundación o un ataque, el poblado podía quedar destruido. La lluvia, el viento y el tiempo en combinación terminaban por sepultar las ruinas de lo que fue un poblado antiguo. Si el terreno era favorable, otra ciudad podía construirse encima. Y podía repetirse la historia. Veámoslo en un gráfico.

 

Etapas sucesivas de la formación de un montículo de asentamientos prehistóricos.

(Fuente: Las primeras ciudades. Ch. Higham. AKAL/Cambridge, 1.990)

 

        Ahora veamos la realidad de Troya, todo ello gracias al hallazgo de Henrich Schliemann. En marrón más oscuro, la Troya primitiva, Troya I. En marrón más claro, Troya II. La Troya de época micénica es ya Troya VI, en rojo. Las murallas de Troya I son ahora las murallas de la acrópolis de Troya VI, que se extiende por la ladera de la colina. En azul oscuro, la Troya griega. Y en azul claro, la Troya romana.

Planta de los edificios más importantes en las diferentes fases de construcción,.

(Fuente: Dossiers d´Archeologie. Neolithique. M. Korfmann. Éditions Faton, 2.003).

        Como se aprecia, es un mosaico de ciudades superpuestas. Los romanos, los mejores constructores, o al menos los que disponían de más medios, construyeron sus edificios con sólidos cimientos, y al hacerlo, destruyeron parte de las capas anteriores. No obstante, la suma de todas las capas que se depositaron a lo largo de los 2.000 años que van desde su fundación hasta Roma, suponen 15 metros de altura. Lo que da una idea de la fuerza de la Naturaleza a la hora de hacer crecer un país.

        Ya tenemos el escenario preparado. Mañana empezaremos a ver levantarse y desaparecer las sucesivas Troyas. Schliemann, aficionado él, creyó que la Troya homérica y micénica había sido la del nivel II, casi abajo del todo. Investigadores posteriores, más profesionales, le han corregido: Fue la del nivel VI o bien el VII. El nivel II es de 1.000 años antes de nacer Agamenón y su padre Atreo, el de las comidas indigestas.

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Fernando Conde Torrens es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com  hay comentarios y más información sobre este libro.