Escuela virtual de Sabiduría de Pamplona.

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Formar familia

Ya hemos  hablado del tema familiar, del calor de hogar, en alguna otra ocasión en esta  Web. Hoy nos centraremos en qué condiciones deben darse para que se logre formar una buena familia, unida, entrañable. Un lugar que atraiga a los hijos hasta que desaparezca, por fallecimiento de ambos padres. No es fácil formar familia, una buena familia. Los hogares son como los Imperios: Se forman, parecen eternos, se disfrutan, languidecen luego, a la muerte de uno de los progenitores, y se extinguen, cuando han fallecido los dos.

Un hogar cálido es aquél en el que hay una estrecha relación entre hijos y padres, entre los hermanos; y esta situación debe ser permanente, incluso cuando los padres, ambos, han fallecido.  Y esto no es mayoritario. Tampoco diremos que sea raro, pero en una mayoría de casos este calor de hogar no se da. La causa del éxito o fracaso está, indudablemente, en los padres. De ellos depende que su familia sea entrañable o fría y deslavazada.

A los padres se les exige buena relación entre ellos, aunque esta condición es necesaria, pero no suficiente. Puede haber diferencias, pueden darse discusiones ocasionales, pero no ha de ser ese hogar una bronca continua, ni darse éstas a diario. Si es condición necesaria, pero no suficiente, ¿qué más es preciso? Saber hacer.

En un hogar con los dos cónyuges buscadores, la cosa está hecha. Porque ambos saben cómo favorecer el desarrollo evolutivo de los hijos, porque saben qué sea eso. Lo han practicado. Porque no van a perder los estribos, porque saben construir unión, entre ellos y con los hijos. Porque, porque no tienen complejos, van a saber estar a favor de los hijos, como padres conscientes de su papel que son.

Si uno de los dos cónyuges lo es, la cosa está hecha, si el que lo es consigue imponer su filosofía de vida como ambiente habitual en el hogar. Si se deja comer el terreno y es el otro el que implante su forma de entender la vida … el resultado es dudoso. Va a depender de lo que luego veremos.

Puede darse una buena familia sin que ninguno de los cónyuges sean buscadores, pero deben ser ambos avanzados en Evolución, dedicando una parte prioritaria de sus energías a la formación y cuidado de la prole. La clave es que ninguno de los dos padres sea un progenitor posesivo, autoritario, con complejos, ni amargado. Es necesario que uno de los dos – usualmente es la madre – se dedique de lleno a los hijos, que ambos no entorpezcan con su comportamiento personal el desarrollo de la personalidad de los hijos. Y al menos uno debe empujar para que haya siempre unión entre los hermanos. Ninguno de los dos ha de tener un comportamiento gravemente errado en su relación con los hijos. Pueden ambos cometer errores, pero de pequeño calibre, ocasionales, no permanentes.

La variable que debe evitarse a todo trance es la Posesión. Si ésta va unida a un carácter autoritario, sea cual sea el sexo del  titular; y si el otro, más débil, consiente en que el ambiente, las reglas de que rigen en la casa sean las del menos evolucionado, ese hogar se pierde para el objetivo que aquí tratamos, el formar familia, el crear un hogar al que dé gusto acudir.

Veamos ahora la forma de estropear todo este panorama, la manera de que no llegue a formarse un hogar cálido.

Cuando los hijos son pequeños, los padres crean el ambiente familiar a solas, sin interferencias, con total libertad. Les basta levantar la voz, amenazar con un castigo, imponerlo o pegar un cachete al pequeño para hacer llorar a éste y someterlo. El niño no interviene en la creación del ambiente del hogar, lo disfruta o lo sufre. Si éste es bueno, lo disfruta, aun sin ser consciente de ello. Se hará consciente cuando se vuelva adulto, se independice de sus padres y conozca otros ambientes.

Unos padres evolucionados favorecen la evolución de sus hijos, les apoyan y ayudan, no siendo ellos un obstáculo para el desarrollo de sus hijos. Por el contrario, si son poco evolucionados, posesivos, autoritarios, de modos violento, con escaso auto-control … van a ser un obstáculo complementario. Los hijos, en tal caso, van a tener que evolucionar “a pesar de sus padres”. La forma de ser de los padres los convierte en un obstáculo para el desarrollo evolutivo de los hijos.  Y este hecho pasa factura a los padres en forma de distancias, de desapego, de familia fría, sólo de nombre.

De ahí la importancia de que, al menos el progenitor más evolucionado, imponga su forma de educación y esté a favor de los hijos. Éstos lo notan y estrechan su relación con él. Lo ideal sería que el menos avanzado no pudiera “hacer de las suyas” sino en contadas ocasiones. De ese modo la relación de los hijos con él será menos estrecha, pero no agresiva.  

El primer enemigo de una buena familia es, pues, un progenitor posesivo, poco evolucionado, autoritario y que se imponga a su pareja. En un hogar así no se podrá crear una familia unida.  

Hay un segundo caso de familia distante, tenue, cuando ninguno de los dos está volcado en los hijos. Relaciones sociales, el trabajo, carencia de sentimientos paternos o materno-filiales, malas relaciones entre ellos, hacen del habitáculo en que conviven una casa, pero no un hogar. Unos progenitores así no se esfuerzan por unir a los hermanos, ni en crear unas relaciones estrechas con sus hijos. 

En este segundo caso el ambiente interno de la casa es menos estruendoso que en el caso anterior –  padre menos evolucionado, posesivo, autoritario y consentido por su pareja. Aparentemente no hay violencia verbal, pero no existe unión, ni entre padres e hijos, ni entre hermanos, porque quienes deberían impulsarla no lo hacen, están a otras cosas más individuales.   

Hay otra circunstancia en la que se puede estropear una familia medianamente cálida y unida: Una decisión errónea de los pa res que vulnere injustamente los derechos de un hijo, mantenida indefinidamente. Por eso hemos dicho que los padres  se pueden equivocar, pero en temas menores y de manera temporal. No en un tema de derechos de los hijos y en forma permanente. Los padres, por encima de sus preferencias personales, tienen el deber de acertar en temas esenciales. Tienen en su activo sus años y el consejo de los demás familiares de su generación. Malo sería que con tales armas perseveraran en una decisión equivocada. Si lo hacen, existe la posibilidad clara de que la familia se rompa.  

Veamos, finalmente, la suerte de los menos favorecidos, de los más débiles, de los hijos.  

En el caso de un auténtico hogar, con unos padres que tienen conciencia de su labor, que es ayudar, colaborar, desarrollar y favorecer el crecimiento físico, mental, emotivo y evolutivo de los hijos, los hijos no deben vencer sino sus propios defectos, sus asignaturas pendientes. Y los padres ayudan, más o menos, en este
proceso de aprendizaje, tanto cuando los hijos están sometidos a la autoridad paterna, como cuando se emancipan y vuelan  por libre. Crecer en un ambiente neutro, no deformante, es ya una ayuda. Crecer en libertad es un buen caldo de cultivo.  

El primer nivel del deterioro se da con unos padres que dimiten, si bien inconscientemente, de su deber de serlo. Es el caso de dedicarse a todo menos a formar un hogar. Faltará en tal caso la ayuda, la experiencia de la persona mayor, su sentido común, su consejo oportuno y acertado. Y el joven lo tendrá más difícil. Podríamos decir que en este caso los padres no son obstáculo serio; los padres no existen, no ejercen de tales. En su lugar, el vacío. Una familia así suelte terminar con hijos distanciados de los padres y  distanciados entre sí. Sólo eso. 

Algo similar pudiera darse en el caso de decisiones equivocadas mantenidas persistentemente por los padres. La parte de la familia lesionada por tal decisión pudiera desgajarse.  

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Pero la peor parte la llevan los pequeños y jóvenes que sufren un ambiente opresivo, agresivo, un trato rudo y sistemático por parte de alguno de sus progenitores. Bastan comportamientos paternos de este estilo, fruto de una inmadurez, de un complejo de inferioridad oculto, de asignaturas pendientes de grueso calibre, para que en el niño se generen trastornos de índole interno que pueden hacer más difícil su vida, incluso llegado a adulto.  

Un padre autoritario, siempre en contra de una hija, puede llegar a hacer odiosa la figura del padre y, por extensión, la de todo hombre. Se llegaría así a la inversión de la sexualidad innata en la pequeña/adolescente. Y eso va a marcar la vida entera de la pequeña. Una madre rígida, posesiva, autoritaria, causaría el mismo efecto en el o en los hijos sobre los que ejerciera ese poder  tremendo, absoluto, que tienen los padres en un hogar autoritario.  

¿En todos los hijos se dará esa alteración? No. En los más débiles, en los más inseguros, en los peores estudiantes, en los peor dotados mentalmente, en los niños con menos autoestima, más impresionables, con menos fuerza interior. Comportamientos menos exagerados causarán desviaciones menos radicales, como una inseguridad extrema, dificultad para tomar decisiones – porque siempre le fueron impuestas – dificultad de relación con jóvenes de su edad, etc.  

Por eso el buscador no debe dejar que en su hogar se implante la forma de ver las cosas de su pareja, si ésta puede llegar a laborar en contra de los hijos. Aquí sirve el refrán “más vale vergüenza en cara que dolor de corazón“, que se decía en tiempos pasados.  

Porque no todos los humanos son buscadores. Ni todos los padres están preparados para serlo. Ni en todos los hogares se crece en libertad, sin trabas añadidas a las propias, a las que uno ya trae consigo.  

Los frutos de formar una buena familia son duraderos, perennes. Son el pago, no querido, que unos padres que actuaron acertadamente recogen sin haberlo buscado, por su dedicación y su buen hacer. Y es positivo tanto para los padres como para los hijos, que lo podrán transmitir cuando se decidan a ser padres. Sobre todo si, cuando les toque volar del hogar, se fijen en los valores positivos y en los detalles negativos – que sin duda los habrá – del hogar que dejan, que ellos no quieran incluir en el que forman. 

Los frutos de caer en los casos contrarios son también, desafortunadamente, permanentes. Es triste verlos y comprobar que no tienen solución, porque quienes los causaron tampoco tienen la capacidad de cambiar, sino que, incluso, culpan a los demás de las consecuencias de sus fallos y son los menos comprensivos con  quienes le sufrieron. 

Al menos, que esta tremenda diferencia se sepa. Que sea consciente el buscador del triunfo que supone serlo y del riesgo que implica su eventual debilidad.

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Siguiente artículo: Energía sutil, primera parte.

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……….Fernando Conde Torrens es autor de «Simón, opera magna», «El Grupo de Jerusalén»,  «La Salud», recientemente «Año 303. Inventan el Cristianismo» y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En  http://sofiaoriginals.com/ expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.

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