Resumen del siglo IV

 

 

 

 

 

        Como hemos podido contemplar en esta película rápida que ha desfilado ante nosotros, la historia de lo sucedido no es como nos la han dibujado. El siglo IV fue un siglo vital para la existencia futura de Occidente. Y los más perdimos ante los menos.

        La verdad es que el Imperio romano corría peligro. Desde la segunda parte del siglo III, las fronteras, tanto la oriental como la frontera norte, no eran seguras. Y a Constantino se le ocurrió la peregrina idea de que el remedio pasaba por hacer tabla rasa de las creencias de los pueblos del Imperio y modelar las conciencias de todos sus súbditos con una creencia útil al poder. Todo lo antepuso a "su misión sagrada", velar por la seguridad del Imperio. Si los ciudadanos debían sacrificar algo, tendrían que hacerlo. A fin de cuentas, era en favor de su propia supervivencia.

        Y ordenó a un par de personas, que suponía leales a su persona, el trabajo operativo, la inmensa falsificación de textos que diera cobertura el montaje cristiano. El engaño consistía en amañar la historia pasada y dar cabida a una religión inexistente, legiones y legiones de cristianos que habrían poblado el Imperio desde tiempos atrás. Perseguidos por las autoridades romanas del pasado, heroicos, admirables. Y así se les diseñó.

        Dentro del conjunto del cristianismo esbozado, había que contener a los adversarios, a quienes se iban a oponer y se opusieron a la nueva creencia imperial. Como su cabeza fue Arrio, se les llamó arrianos y a la doctrina que defendían, arrianismo. Ya se sabe por el libro que la Sabiduría o Conocimiento no era del agrado del Emperador y no existía. Se la llamaría de otro modo, Conocimiento, no. Esta táctica se prosiguió después de Eusebio y de Constantino, pelagianismo, nestorianismo, priscilianismo y demás -ismos herejes.

        En un primer momento, Constantino no se sintió con fuerza como para implantar su invento como la única religión permitida. Era la que él personalmente apoyaba y eso hizo mucho en favor de ella. Después de Constantino, su hijo Constancio dejó de favorecer a la nueva religión imperial como su padre hiciera. El sobrino de éste, Juliano, a quien no habían influido las maniobras ideológicas de su tío y de su tío abuelo, intentó hacer volver las cosas a su sitio. Hay una anécdota que no he referido. Parece ser que prohibió enseñar en las escuelas del Imperio a los maestros que habían aceptado la fe constantiniana. Se habían dejado engañar burdamente y personas así no eran dignas de enseñar nada a los jóvenes. Juicio que seguía siendo válido una vez muerto Juliano. Sobre este tema léanse los números 29 a 33 de una segunda versión.

        Mantengo que sus sucesores se mostraron sensiblemente imparciales y dejaron la pugna ideológica en tablas. Y ello porque la veracidad de las historias de este periodo que nos han llegado tiene unas bases bastante endeble y no están libres de partidismos doctrinales. Ello pudo ser así hasta que, tres años después de acceder Teodosio al poder, el obispo de Milán, Ambrosio, el año 382, convenció a Graciano para que abandonara su postura "tibia" y laborara por la causa del dios cristiano. Laboró Graciano. Y ya ambos Emperadores marchaban en la misma línea, la que deseaba Teodosio pero no podía implantar sin el beneplácito de quien le había encumbrado, Graciano. El hecho es que muerto Graciano un año después, Teodosio fue Emperador único y entendió que podía y ya era hora de hacer realidad el plan de Constantino. Los peligros en las fronteras no habían hecho sino agravarse. Y lo hizo.

        Tuvo que hacer frente a una rebelión en la parte occidental del Imperio, porque las creencias de todo un pueblo no se barren así como así. La historia elaborada por nuestra casta sacerdotal dice que se rebelaron los paganos. Llamémosles como queramos, se rebelaron contra quien les imponía una creencia por medio de la autoridad. Se rebelaron los que dieron importancia a sus conciencias. Y, como eran menos y estaban peor armados, perdieron. Y con ello perdimos nuestra oportunidad. Seríamos constantinianos para siempre.

        Por eso, no me ha interesado estudiar lo que pasó después de Teodosio, después del siglo IV, después del año 500. El siglo V es un siglo de agonía. Medio Imperio está agonizando, el de Occidente. El año 406 la frontera del norte cede para siempre. El Imperio es una ciudad abierta. El año 410 Roma cede ante el empuje del visigodo Alarico, quien luego decide instalarse en Hispania y fundar allí, es decir, aquí, su reino. El vándalo Genserico toma y saquea Roma el año 455. Veinte años más tarde, el 476, se pone fin a una farsa que seguía llamándose Imperio romano de Occidente. El Emperador no significaba ya nada.

        Mientras, en Oriente, el Imperio romano proseguía su trayectoria con capital en Constantinopla. Heredaba todos los vicios instaurados por Constantino y Teodosio. Es decir, Occidente ha entrado en lo que denomino el Gran Paréntesis. Período oscuro, nefasto para la sociedad occidental que lo sufre y para el resto del mundo que sufre a la sociedad occidental. Paréntesis que favorece a unos pocos, que tratan de que se prolongue a ser posible para siempre. Y que cuando las cosas dejan de serles absolutamente favorables, adoptan el papel de víctimas y se dicen perseguidos. Toda situación en la que no cuenten con el apoyo claro del poder para seguir manipulando a los más es para los tales una época de persecución. ¡¡Y aún no hemos dejado atrás el Gran Paréntesis, aún estamos dentro de él!!

        Para tratar de contribuir a que se cierre dicho Paréntesis se editó el libro "Simón, opera magna". Por decencia, por solidaridad.

        Sin dramatizar, sin pensar que nuestro tiempo o nosotros es, o somos, nada especiales, con la serenidad que dan los años, voy a mantener que la pugna que tuvo lugar en pleno siglo IV se proyecta al presente. Porque hace 200 ó 300 años no se daba con tanta claridad la similitud de condiciones que hoy se dan entre el siglo IV y nuestros días. Las autoridades de la casta sacerdotal tenían antaño más poder. Hoy tal poder ha disminuido, aunque hay que diferenciar entre lo que sucede en la calle y lo que fragua en los despachos. El hecho es que hoy en día hay una pugna ideológica, las cosas no están claras, estamos en un periodo de transición.

        Lo que mantengo es que las formas de unos y otros han sido y serán siempre las mismas. No cambian en sólo 17 siglos. Hay, como en tiempos de Luciano y de San Ambrosio, hay partidarios de la tolerancia y quienes suspiran por el monolitismo. Hay partidarios de la Sabiduría y partidarios de la fe ciega en el engaño. Los medios son también los mismos. Cuando el lector de estas líneas capte visceralidad, cerrazón, falso sentimiento de superioridad y falta de sentido común, ya sabe cuál de los dos bandos tiene delante. Y entonces, que la fuerza le acompañe.

Fernando Conde Torrens es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.