© Copyright Fernando Conde Torrens
No me prodigo en Conciertos, pero ayer fui a uno. Llovieron cuatro entradas desde el cielo. Mi sí fue por la obra que se daba, El Mesías de Haendel, tema no ajeno a cuanto aquí nos traemos entre manos. Saborear esa obra permite entrar en una época y en una mentalidad, y eso era lo que más me interesaba, además de escuchar buena música. Y eso intenté.
Se habían unido la Orquesta de Cámara de L´Empodà y la Coral de Cámara de Pamplona. La simbiosis prometía. Y así fue. El Director, David Guindano, que lo es de la Coral, es una persona joven, informal, prolonga una batuta que no emplea con todo su cuerpo. Y con esa gran batuta que es él mismo, dirigió perfectamente al conjunto. Ocho violines, dos bajos, órgano, clave, trompeta y media, aunque la media es magnífica, timbales y cuatro instrumentos más basaban la parte melódica. Cuatro solistas (Soprano, Contralto, Bajo y Tenor) y la Coral se encargaban del texto. Mi impresión del conjunto, excelente.
Pero vayamos a lo que más me interesaba, la ambientación, la composición, la época. Haendel (1.685-1.759) compuso el Mesías en tres semanas y en una época tardía de su vida, en 1.741, a los 56 años. Dice el folleto del Concierto que hasta el año 1.728 Haendel desarrolla su carrera en su Alemania natal, en Italia y, fundamentalmente, en Inglaterra, de manera ascendente. Pero en ese año tiene un traspiés económico, que cambia su humor y, dejando la ópera, se dedica al género oratorio, con composiciones del estilo del Mesías. Es ese Haendel un tanto huraño el que recibe el libreto de Charles Jennens (1.700-1.773) y lo convierte en su obra más famosa en un tiempo récord. Tengo para mí que una persona creativa no depende de la inspiración. Dicho de otro modo, la Musa se presenta a voluntad, no de la Musa, sino del que sabe llamarla.
El autor del libreto, Charles Jennens, hizo muy bien su trabajo. Buscó concienzudamente en toda la Biblia y entretejió la historia del Mesías sin emplear demasiadas frases de los Evangelios. Tomó 19 pasajes de Isaías, 11 de Salmos, 7 de otros Profetas, 7 de los Evangelios (nada de Marcos), 11 de las Epístolas de Pablo y 4 pasajes del Apocalipsis. Todos ellos fueron la base en la que se basó Haendel para componer el Mesías. Tales pasajes trazan una historia resumida, alegórica, del Nacimiento, Pasión, resurrección y venida final del Mesías dentro de la más pura ortodoxia, obligada para la época.
A pesar de tal circunstancia sorprende leer en el folleto que el Deán de la catedral de Dublín, el lugar del estreno, se opuso con fuerza al mismo, prohibiendo a los cantores del coro catedralicio su participación en el acto. Las autoridades sacerdotales estuvieron en contra de la obra, parece ser que tenían el peor concepto del libretista, considerando sus obras heréticas y subversivas. A pesar de tal postura y desde poco más tarde, 1.754, el Mesías se convirtió en la obra de obligada audición en Navidad, tomando como base su reflexión en torno a la redención de la Humanidad que Cristo llevó a cabo.
Como curiosidad, el libretista se quejó de que Haendel hubiera dedicado tan escasa atención a su libreto, como para dejarlo listo en 20 días, convertido en la obra que sería la más universalmente conocida del compositor.
Oyendo las tres partes del Mesías, que yo diría que llega a ser música descriptiva, pues la melodía define el tono de cada pasaje con gran precisión, uno se aposenta en la versión ortodoxa del cristianismo. El Mesías de Haendel es una pintura perfecta del gran mito eclesial. Sus jerarquías debieran haberse sentido eufóricas de que hasta el Arte, en forma de Música, se plegara y creyera en el "montaje". Y contribuyera a mayor gloria de Dios, de su Iglesia, y de sus ministros. No entiendo la oposición. Como no sea porque lo que se quería era la total sumisión de las personas, algo así como "sólo damos nuestro beneplácito a lo que hacen nuestros feligreses". Como hace algunos años me decía mi párroco, "pero el Espíritu Santo sopla sólo en la comunidad parroquial ...". Tal vez tengan razón, los de entonces y los de ahora, y su Divinidad sople sólo donde ellos digan, para eso es suya.
En el centro del Concierto, el Aleluya. Lo había oído varias veces, pero oírlo en vivo, viendo a quienes le dan forma para ti, es diferente. El Aleluya te transporta al lugar al que subió Haendel para componerlo. Dice el folleto que dijo Haendel: "He creído ver el Paraíso frente a mí y al gran Dios sentado en su trono con su compañía de Ángeles". Y se puede creer que fue así. Algo transportó al compositor a un lugar poco frecuentado, donde se dan y se sienten emociones inenarrables. Pocos humanos conocemos ese lugar. Y ése es el problema que tenemos como sociedad. Oír en vivo el Aleluya, al menos, nos permite intuir que ese lugar existe. Sólo por eso, el Concierto de ayer mereció la pena.
La reacción de los que no pueden captar nada relativo al lugar ése ya se ha indicado. Luego, sus sucesores, dirán que muy bien, que venga a nosotros el Mesías, que no pasa nada. Pero la Historia nos recuerda que cuando importa, cuando las cosas son vivas, la postura es siempre "No". Y eso, sin rencor, sin amargura, pero es bueno recordarlo. Porque si no aprendemos de nuestro pasado, con los "guías" que tenemos ... ¿de dónde vamos a aprender?
Así que no me arrepentí de mi decisión de asistir al Mesías de Haendel. Fue como viajar en el túnel del tiempo. Y siempre enriquece eso de viajar al pasado y comprender un poco mejor a nuestros ancestros y sus circunstancias. Sin duda que el ambiente aquél era más opresivo, más asfixiante, sin posible escapatoria. E incluso plegándote, no eras reconocido. Porque tal vez no había sólo que plegarse, sino que anularse. En eso hemos ganado cantidubi. Que sepamos apreciarlo, amigos.
Fernando Conde Torrens es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com hay comentarios y ampliaciones sobre este libro.