© Copyright Fernando Conde Torrens
Mi intención inicial, cuando me
planteé confeccionar una serie sobre la historia de la tribu, fue
dedicar un artículo a la escritura, puesto que de textos escritos estábamos
hablando. Para esta serie, contaba con el material que había preparado para una
asignatura, Historia de las máquinas, que había impartido en la Universidad años
atrás. En la asignatura me centraba en las máquinas, tanto de guerra, como de
construcción o de obra civil. A los alumnos les gustaban sobre todo las máquinas
de guerra, porque adobaba la clase con la historia de batallas famosas, como la
de las Termópilas, Maratón, Salamina o alguna de Aníbal o Alejandro Magno.
Y supuse que al lector le
interesarían estos datos curiosos, que había ido almacenando durante años.
Cuento con un archivo bastante grande, cerca de 900 Megas, de ficheros jpg, que,
reducidos a 225 Kb cada fichero, suponen 3.800 archivos o imágenes. Eso además
de los cientos de transparencias realizadas directamente de libros. La clases
las daba con transparencias.
Y éste era el programa, un día dedicado a la escritura, hasta que ha caído en mis manos el libro cuya portada reproduzco. Cuando escribo estas líneas, he leído el libro hace apenas 48 horas, de un tirón, de la mañana a la noche. Y me ha brindado dos artículos, tal vez tres, a añadir al asunto de la escritura. No ya de la escritura propiamente dicha, sino de cómo se descifró determinada escritura. En concreto, cómo se descifró el lenguaje jeroglífico egipcio y el lenguaje cuneiforme mesopotámico. Porque el asunto guarda cierta relación con lo que aquí estamos tratando de resolver, el enigma de cómo se generaron determinados libros.

No voy a decir que lo leído me
aporte ideas nuevas sobre la batalla emprendida, pero me resulta curioso la
similitud de procedimientos, la identidad de los participantes, sus métodos de
trabajo, el papel de la imaginación en la resolución de los problemas
(creatividad, ingenio) y las conclusiones que pueden extraerse sobre cómo
avanza la Ciencia.
La Ciencia con mayúsculas, que
no hay otra ciencia que avance. O se aceptan y se siguen los métodos de la
Ciencia o aquí no avanza ni Blas. De modo que no el menor de los frutos será
contemplar en directo y con detalles cómo se resolvieron un par de problemas
que la Ciencia tenía planteados, descifrar unos escritos de épocas remotas en
idiomas que hoy ya nadie hablaba.
Se trataba de resolver los
jeroglíficos egipcios. Se sabía que en el Egipto greco-romano, del siglo IV
AEC al siglo VII de nuestra era, se usaban tres tipos de escrituras, la jeroglífica,
que sería como si nosotros escribiéramos con mayúsculas todos nuestros
textos, la hierática, cuya imagen sería nuestra letra normal hecha a mano
sobre una hoja de papel, y finalmente la demótica, que sería unos apuntes de
taquigrafía hechos sobre un trozo de papel. Esta imagen está tomada del libro
citado.
No se sabía si la escritura
jeroglífica era una escritura o eran adornos estéticos para decorar paredes,
si sólo trataba de temas sagrados y religiosos o trataba temática laica, si
era una escritura a base de pictogramas o era alfabética. Había quien decía
que no era tal escritura, sino adornos. Había quien decía que los jeroglíficos
trataban sólo de temas de templos, dioses y sacerdotes, y no se usaba en la
vida cotidiana. Finalmente, los jeroglíficos podían ser una escritura basada
en pictogramas o bien de índole alfabética, tampoco se sabía qué tipo de
escritura era, si realmente era escritura.
Las bases para dilucidar estos
enigmas habían sido textos griegos
antiguos, lo que habían dejado escrito (y había llegado a nosotros, atención)
Herodoto, Plutarco, Flavio Josefo o Clemente de Alejandría, por nombrar sólo
los más conocidos – y algunos ya citados en este humilde blog. No se contaba
con un texto bilingüe, el mismo texto escrito en jeroglífico y en otra lengua
ya conocida.
Así estaban las cosas cuando
Napoleón envía una flota a Egipto en 1.798. En Agosto de tal año, según
refierre el citado libro, unos soldados descubren una gran piedra de basalto con
tres textos grabados sobre ella. Dos en lenguajes desconocidos, el tercero, en
griego. Esto sucede cerca de la población de Rosetta, de ahí el nombre de la
piedra, la piedra Rosetta. La piedra y todo el botín francés pasó a manos
inglesas, tras la derrota del ejército napoleónico por las tropas inglesas allí
enviadas. La piedra Roseta viajó a Londres en 1.802 y en la actualidad se
encuentra en el Museo Británico. Hela aquí.
Qué
es el mundo de la Arqueología. Mª Paz Soler Villalobos.
Granada E y D, S.A. 1.991.

Como el lector aprecia, la parte alta contenía el texto jeroglífico, el más dañado e incompleto, que constaba de 14 líneas. A cada línea le faltaba el inicio y el final. Son cosas que pasan. Cuando uno investiga hechos antiguos, ha de acostumbrarse a las carencias. Hay que trabajar y arreglárselas con lo que uno consigue. La segunda escritura era muy común en papiros, era la demótica, y estaban incompletas la mitad de las 32 líneas. La tercera escritura era en griego. En ella se decía que el faraón Ptolomeo V Epífanes había dado permiso para una reunión de sacerdotes a celebrar en Menfis el año 196 AEC. Y se ordenaba que tal hecho quedase grabado en sendas piedras en todos los templos egipcios de cierta categoría. Otra de tales piedras sería hallada en 1.880 en el Bajo Egipto. Pero para entonces el lenguaje jeroglífico ya había sido descifrado.
Con
anterioridad al hallazgo de la piedra Roseta, había habido investigadores que
tocaron el tema de los jeroglíficos egipcios y sus ideas habían ido por mal
camino en general, aunque hubo un par de ideas acertadas en todo el maremagnum
de ideas lanzadas sobre el tema: Que los textos jeroglíficos no trataban sólo
de temas religiosos fue una de ellas. Y que los cartuchos, o anillos ovalados,
podrían contener alguna fórmula sagrada o algún nombre real. Claro que otros
traducían los contenidos de tales cartuchos de manera totalmente incorrecta.
Veamos un cartucho en otro lugar, no en la piedra Roseta, sino en un obelisco.
Así el lector se hará una idea de a qué estamos llamando cartucho. Se ven dos
cartuchos iguales.
Uno de los dos colosos en el primer pílono del Templo de Luxor y
obelisco.
Luxor fue el principal centro religioso durante la XVIII dinastía.

En la piedra Rosetta, los cartuchos tenían una forma distinta según la versión de que se tratara. En la versión jeroglífica, aparecían de la manera primera. En la demótica, de la segunda. Obtenido del libro citado.

De la lectura del texto griego
del la piedra Rosetta, se deducía que los jeroglíficos en tiempos de los ptolomeos
trataban de temas mundanos, no sólo sagrados. En base al texto en griego, S. De
Sacy, ya en el 1.802, distinguió el nombre de Ptolomeo y varios nombres
propios. Pero De Sacy no pasó de
ahí. Prosiguió el estudio el sueco J. D. Akerland, residente en París, quien
identificó en el texto demótico todos los nombres propios que aparecían en el
texto griego y algunas palabras más. Con ello comprobó que ambos textos, el
demótico y el jeroglífico, eran alfabéticos. Y nuevo parón.
El tercer investigador en
aparecer será el Dr. Thomas Young, de Cambridge, quien dejaría sobradas
muestras de su bien hacer en campos como la atmósfera de la Luna, las curvas
epicicloides, la teoría de las mareas, las enfermedades de pecho o los jeroglíficos.
Supo del problema de la piedra Roseta en 1.814. Su método fue parear los textos
griego y demótico y tratar de identificar las similitudes. Así, la palabra
“rey” aparecía 37 veces en griego, con lo que pudo parearlo con otra grupo
de caracteres que se repetía unas 30 veces en demótico. El nombre del rey
permisivo, Ptolomeo, aparecía 11 veces en el texto griego y debía estar
expresado en demótico por otro conjunto de caracteres que aparecía 14 veces.
Ello le permitió comprender que
en demótico, el cartucho quedaba simplificado, quedando convertido en nuestro
moderno paréntesis, con un trazo vertical en su final. Lo realizado le permitió
reunir un vocabulario griego-demótico con 86 grupos de palabras, generalmente
acertadas. Lo que no captó Young fue que la parte demótica contenía frases
que no aparecían en el texto en griego. Y ello porque el decreto fue dado en
griego y los dos textos egipcios fueron explicaciones escritas más tarde. El
hecho de que los nombres no aparecieran idéntico número de veces en cada texto
podía haberle hecho llegar a esta conclusión.
No obstante, sus mejores logros sucedieron cuando acometió el texto jeroglífico. Tuvo una idea feliz e inteligente. Pensó que unos escritores oriundos de Egipto que tienen que nombrar a una rey extranjero, han de llamarlo de forma parecida a como se le llamaba en su patria. Por lo que, en los cartuchos, deberían aparecer valores fonéticos similares al nombre griego de Ptolomeo. Una dificultad fue que aparecía el cartucho con el nombre del presunto Ptolomeo en lugares en que tal nombre no aparecía en la versión de texto griego. A pesar de ello, Young identificó el eventual Ptolomeo dentro de este cartucho. Como hemos dicho, el cartucho tenía la forma de un óvalo cerrado en el versión jeroglífica y de un paréntesis en la demótica.
En los dos cartuchos que siguen, Young sospechó que podía estar escrito el nombre de Ptolomeo, pese a que en el segundo, había más caracteres. Supuso que las formas largas del nombre se deberían a calificativos halagadores.

Tras un
estudio del texto, llegó a la identificación siguiente.
PTOLEMAIOS

Esta identificación fue el
primer triunfo de Young. Lo que Young no captó fue que los egipcios omitían
las vocales y donde leyó PTOLEMAIOS
debía de haber leído PTOLMIS, porque en la cabeza de un egipcio,
cuando escribía PTOLMIS
estaba escribiendo lo que él vocalizaba como PTOL(E)M(A)I(O)S.
Trabajó luego con un cartucho
con el mismo nombre, perteneciente a Ptolomeo I Soter, fundador de la dinastía,
hallado en el templo de Karnak, y con el cartucho contiguo, que dedujo sería el
de su esposa Berenice, pero los errores sobre las vocales hicieron que su
acierto en el de Berenice fuera menor.
Cuando publicó los resultados de sus trabajos, en 1.819, el camino había quedado trazado. Young confirmó
* que los cartuchos contenían nombres reales,
* que éstos se iniciaban en el extremo redondeado del óvalo,
* que la lectura debía hacerse en la dirección a la que los caracteres se enfrentaban y
* demostró que la jeroglífica era una escritura alfabética, no formada por pictogramas, sino por letras, al modo de los fenicios.
* Captó además que los numerales se expresaban con rayas,
* que los plurales se hacían repitiendo el jeroglífico 3 veces o bien trazando 3 rayas al final de la palabra.
* Dedujo que en el lenguaje jeroglífico había más de una manera de expresar el mismo sonido.
* Identificó seis signos del sistema de escritura jeroglífica.
Pero, sobre todo, trazó un
camino científico que debería llevar a su continuador a la meta.
Hasta aquí llegó Young. Y
hasta aquí llego yo, hoy. El próximo día, veremos cómo siguió Champollion
los trabajos de Young cuando conoció a Fourier, el de las series. Pero eso será
dentro de 31 hermosos días que tiene el mes de Agosto, mes que me dedico a mí
mismo.
Con un pie en el estribo me
percato de que mi cambio de ordenadores ha producido ciertos hundimientos en la
web, no así en el blog. No tomaré el tren hasta dejar el tema bien y al día.
Pero una vez lo tome, nadie me verá el pelo en 31 día, ni uno menos.
Hasta la vuelta de las vacaciones del lector, que deseo sean todo lo tranquilas y venturosas que me prometo las mías.
Fernando Conde Torrens es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com hay comentarios y más información sobre este libro.