© Copyright Fernando Conde Torrens
Puesto a hablar de las personas que han estudiado los textos sagrados cristianos, hay que hablar de la estructura que tiene la Iglesia, de sus distintos niveles. Podrán establecerse otros muchos niveles y diferenciaciones, pero a lo largo de mis múltiples contactos con miembros de la jerarquía eclesiástica, he podido distinguir unos pocos niveles básicos, cada uno con características muy diferentes, y aun opuestas.
Cabría pensar que la Iglesia la componen los fieles y la jerarquía, aunque la Iglesia la formen todos en su conjunto. Y cabría mantener que la jerarquía se clasifica y se prepara según la función que van a desempeñar. A quienes van a estar más en contacto con los fieles, se les prepara para ello. En cambio , a determinados sacerdotes, por su mayor aptitud, por su predisposición, se les prepara para más altos estudios. Son ellos los que investigarán para mejor descubrir los detalles a los que los demás sacerdotes, entregados a su misión con los fieles, no pueden llegar.
Una visión de este tipo da por buenas las diferentes funciones de cada nivel y concluye en que todo es lógico y perfecto. No hay nada extraño ni fuera de lugar. Ahora veamos las cosas desde un punto de vista más crítico, más analítico, fruto de observaciones más cercanas, más agudas. Hechas, eso sí, con la intención de analizar, de comprender, no de criticar por criticar.
Puestos en un plano de realidad, lo primero que se observa es que los fieles forman la inmensa mayoría en número de los miembros de la Iglesia. Pero de hecho, no cuentan para nada. Son sujetos de segundo orden, su papel es puramente pasivo y receptor. Reciben la doct5rina tal y como se la proporcionan sus guías. Los guías les facilitan las ideas que deben asumir y se espera de ellos que las asuman sin rechistar, sin protestar, sin discutir.
Pasemos entonces a los guías, a los sacerdotes, a los frailes, a las monjas. Podría suponerse que lo conocen todo sobre la doctrina y que son capaces de dialogar de igual a igual y de argumentar con alguien que les plantee dificultades de índole histórico o conceptual. Pues bien, no es así. Cuando se dialoga en plan conceptual con un guía de a pie, enseguida se toca fondo y el guía se bate en retirada, argumentando que ellos no están preparados para discusiones de ese tipo y te dirigen a "alguien que sabe de esas cosas". Hemos topado con un guía de guías. ¿A qué llamo guía de guías?
Lo dice el propio término, alguien bien formado cuya misión es servir de guía a los sacerdotes de a pie, de parroquia. Loas sacerdotes, los guías, apenas estudian. En comparación con ellos, los guías de guías son expertos. Los guías de guías tienen estudios universitarios, son doctores, investigan, viajan a Roma, publican, publican incesantemente, se hacen un nombre. Y contribuyen a la causa, refuerzan las defensas de la manipulación.
Una parte selecta de los guías de los guías, los probados, los más brillantes, los más fieles, forman parte del Equipo rector, con sede en Roma. Como cabeza del Equipo rector, el jerarca supremo del Equipo para la Propagación de la Santa Fe, la virtud cristiana por excelencia. En el último capítulo de "El Grupo de Jerusalén" se le llamaba "el hombre con autoridad". No hace falta nombrar al anterior jerarca supremo, que ahora lo es del Cuerpo entero. No muy bien deben ir las cosas por Roma cuando el Jefe del Equipo ha de acceder al puesto de Obispo de Roma y Vicario General de la Divinidad. Veremos qué sucede durante su reinado. Y así sabremos por dónde se quieren llevar las líneas maestras.
¿Dónde quedan los obispos, los cardenales y el propio Papa? Todos ellos son elegidos por su currículum entre los guías, no entre los guías de los guías. Los obispos son los encargados del control de los guías. Para ellos, cuentan con la auxilio de los guías de los guías.
¿Y los cardenales? Se promocionan de entre los obispos y son los encargados de elegir al Sumo Pontífice, al obispo de Roma. Lo anterior ha sido válido hasta hoy - no se olvide que estamos siendo espectadores de la excepción. Aparentemente el Jefe de la iglesia es el obispo de Roma. Realmente, lo es el Jefe del Equipo rector, el jerarca de la Santa Congregación para la Propagación de la Fe. Él y su equipo deciden quiénes serán obispos y quiénes serán cardenales.
Los que nombran a obispos y cardenales son sólo personas interpuestas. El mando real lo tiene el Equipo del que los guías de los guías forman parte. Sería difícil encontrar pruebas documentadas de que las cosas suceden realmente así. Pero tampoco hacen falta. La experiencia personal de cada uno es la prueba por excelencia.
Son guías de los guías los que se forman, los que alcanzan títulos universitarios, en las especialidades propias del quehacer adecuado, las relacionadas con los textos sagrados, los que alcanzan grados de Doctor, los que por ello, están capacitados para investigar e investigan. Y publican, copiosamente.
El otro día me paré en una Librería de mi cuidad y vi cinco libros del mismo autor en el escaparate. Todos trataban sobre temas más o menos relacionados con la Biblia. El autor de todos ellos era D. César Vidal Manzanares. He aquí, me dije, alguien que iba para guía de guías, y que, aunque eligió otros derroteros, sigue siendo útil a la causa.
Un guía de guías sabe, viaja a Roma, "investiga", publica, se le promociona, se le ensalza. Y luego se basan en sus escritos para hacer que las cosas sigan como estuvieron siempre. Las defensas de la falsificación corren a su cargo. Un guía de guías es alguien de cuya fidelidad están completamente seguros, incluso aunque elija salirse de guía y emprenda una vida de laico aparente. Si pasamos por alto esta importante figura, entonces no entenderemos nada de nada.
Los indicios, en mi opinión, apuntan a que los críticos textuales eran todos guías de guías. O no hubieran hecho carrera. Salvo que me demuestren lo contrario. Y esto, saberlo, es importante.
Me falta una última indicación. Los fieles son los engañados netos. Los guías son los engañadores engañados. Los guías de los guías son los engañadores netos. Los obispos pertenecen al grupo de las personas útiles. Sin ser del equipo, sin ser autoridad, cumplen misiones de autoridad. Alguien tiene que tener en su sitio a los guías, alguien que aparentemente sea como ellos, guía. La participación en una pequeña parcela de autoridad es suficiente reclamo para ciertos guías, para los menos agudos.
Ese rol resulta perfecto para su doble misión, la de contener y la de ser útiles. Ningún obispo se sale de su rol. Son como la capa que recubre la tarta y se ve desde el exterior. Pero la realidad se cuece en el interior. Y no se ve ni se habla de ella. Pero no por ello es menos real.
Fernando Conde Torrens
es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com hay comentarios y más información sobre este libro.