Escuela virtual de Sabiduría de Pamplona.

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La educación de los hijos

La educación de los hijos

© Copyright Fernando Conde Torrens, el 7-12-2.018

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            Hay un tema que nunca he tocado, dándolo por obvio, cómo enfocar la educación de los hijos. Un “buscador” me lo ha detectado como tema que no veía en la Web. Y me ha gustado la idea.

            Lo primero que hay que decir es que debemos estar formados para formar a los demás, para colaborar en su Evolución, en su crecimiento, y no dificultarlo. Si tenemos problemas internos, losas sobre los hombros, pedruscos enormes en los bolsillos, sufriremos las consecuencias de esas carencias y nos costará favorecer la maduración de nuestros hijos. Si la cosa es muy aguda, ellos crecerán “a pesar de nosotros”.

            De modo que lo primero es crecer nosotros, los mayores. Aplíquese a ello el lector. ¿Objetivo para estar bien situado de cara a lo de los hijos? Cumplir las Reglas la mayor parte del tiempo sin que nos cueste. Y, además, estar en el Círculo Positivo la mayor parte del tiempo. Si uno logra ambas cosas, podrá educar genialmente a sus hijos.

            Adelantemos una cosa: Este artículo es para el progenitor más avanzado, o evolucionado, de los dos. Aquí no nos andaremos con falsas modestias. Uno de los dos progenitores – el padre o la madre – es el más evolucionado. Eso sólo lo capta él. Su cónyuge no lo capta. Es suficiente.

            Ese progenitor debe marcar el ambiente del hogar, debe ser el que ayude a los hijos a evolucionar, a desarrollar sus capacidades innatas. No el otro. Ése es su primer deber. Que no lo soslaye, que no se deje arrinconar.

            Dando esto por supuesto, distingamos si trabaja fuera de casa un solo miembro de la pareja o trabajan fuera de casa los dos. Separaremos ambos casos. En mi caso trabajaba fuera de casa sólo un miembro de la pareja, yo. Es el caso más fácil de llevar. Lo describo en primer lugar y referiré el segundo caso – ambos trabajan fuera de casa – a este primero.

            Si es la madre la que prepara a los niños para el colegio, los lleva al autobús, los recoge, les da la comida, etc., eso supone un trato continuo con ellos, y por tanto una corrección permanente. Y por ello, un desgaste. Esto hay que tenerlo en cuenta de cara a la labor del padre en la educación. Porque él no está quemado y llega a casa “fresco de hijos”. No está harto de ellos, como tal vez esté la madre. Ahí comienza su labor. 

            La clave es la dedicación. Dedicación de tiempo y de cariño. El padre, en este caso, ha de disfrutar del trato con sus hijos, tengan la edad que tengan. Sólo si disfruta estando con sus hijos, será capaz de hacer todo  lo que tiene que hacer con ellos.

            Es muy fácil hacerle gracias y hacer reír a un bebé en la cuna. Eso lo puede hacer casi cualquier padre. Pero si al poco el padre se cansa, y busca otra habitación, la televisión, la prensa, un libro … es fácil que ese padre se canse más adelante con los hijos de 2, 3, 4 o más años. Y no cumpla su misión adecuadamente.

            Tenemos los padres tiempo para aprender a serlo. Los hijos crecen muy lentamente. Pero ese tiempo para aprender a sentir afecto profundo por ellos, ganas de colaborar en su educación, a sentirnos bien y realizados cuando estamos con ellos, a pensar que estar con ellos y ponernos a su altura no es perder el tiempo. A tener la convicción de que sus asuntos no son tonterías para una persona mayor, para nosotros.

            Será labor primera del padre lograr disfrutar jugando con sus hijos pequeños. Que el tiempo se le pase sin darse cuenta, y que disfrute realmente ese tiempo que pasa con ellos. ¿Jugando a qué? La respuesta se la darán los hijos. A lo que a ellos les gusta. No hace falta que el progenitor se invente juegos; ellos ya jugaban antes de llegar él del trabajo. Seguir con esos juegos, por muy elementales e ingenuos que sean.

            A los niños les encanta repetir algo que les gusta. No se canse el padre de repetir las veces que haga falta el mismo diálogo, la misma acción, que termina en carcajada del hijo. Es lo que él espera de su padre.

            Con las niñas jugará la hija a ser madre de su muñeca, a tiendas, en la que el padre – sentado en el suelo a su lado – comprará y ella le venderá siempre las mismas menudencias. Con los niños serán otros juegos, tal vez con pistolas o espadas, o con construcciones, o fuera de casa con un balón. Hay un juego que comprobé que gustaba a ellos y a ellas, de 5 ó 6 años, hacer yo de caballo y ellos montarse encima. Un juego del que nuca se cansan, ellos.

            Esta energía que hay que tener hace recomendable no esperar demasiado a tenerlos, si ello cabe en los planes familiares. Los hijos necesitan un padre, no un abuelo.

            Los niños sólo quieren jugar, debemos ser conscientes de ello. Hecha la tarea del colegio – si la hay – el juego es la siguiente tarea a acometer con ellos. Es buena cosa preguntarles por cómo les ha ido ese día en la Escuela. Es necesario que el hijo confíe a su padre, o a su madre, las incidencias de la jornada. Y eso cada día. Y escuchar, quien lo haga, con atención, preguntando lo que más importante parezca.

            Esta confianza y confidencialidad entre los hijos y uno de los progenitores es básica; no hace falta que sea con los dos. Ponerse de acuerdo entre los padres sobre quién cubre esa faceta de la educación. Es bueno que lo cubra el progenitor más evolucionado. Lo hará mejor.

            Un hijo – o más de uno – a los que hay que dedicar todo el tiempo desde que uno vuelve a casa, hasta que los niños cenan y luego se acuestan, pronto, es una tarea … laboriosa, pesada. Pesada si se hace a disgusto.

            Los hijos son como un ancla. Un ancla que te ata a un lugar determinado. Restan libertad, la libertad de la pareja sin hijos, que hacía planes a su antojo, como si fueran aún solteros. Pero querer prologar esa situación puede ser un obstáculo para el sacrificio que hay que hacer luego en favor de los hijos.

            Los niños tiene mucha imaginación y les gustan las novedades. Recuerdo que en mi ciudad había un parque, cercano a unas murallas, la Vuelta del Castillo, con hierbas altas, nulamente cuidado. Incluso había un canal con agua, en el antiguo foso, desbordado en algunos tramos. Y en las murallas había pequeñas grutas, o cavidades, negras como el tizón. Cogíamos cada uno un palo y nos íbamos “a cazar leones”. Había que avanzar con cuidado, en fila india, guiando yo, mirando a todos los lados, atentos al menor ruido, o al rugido del león más cercano. Cuando llegábamos a una cueva … Ponga el lector el resto. Luego, ya en casa, lo comentábamos. Recordar una experiencia vivida es, para un niño, como volver a vivirla. Tiemblan igual. Compruébelo el lector.

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La educación de los hijos

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            Las vacaciones eran una ocasión de añadir novedades a las experiencias en la ciudad habitual. Safaris, ferias, visitar castillos, excursiones a sitios cercanos, …

            El mes de Agosto en la playa era obligado. Con los hijos ente 10 y 15 años,  cada día la labor fija era, nada más llegar a la orilla, construir un castillo de arena. Siempre lo hacíamos donde las olas batían, para que nos lo destruyera, luchar contra los elementos y volver a reconstruirlo. Cada hijo se dedicaba a defender una zona de las olas enemigas. El más pequeño traía arena seca con su cubo. Era una labor de equipo. Las exclamaciones de peligro eran continuas.

            Si los padres lo pasan bien con los hijos, si hay confianza y no hay barreras, los hijos captan esa dedicación, esa cercanía, y se establece una unión que durará toda la vida.

            No hace falta que pasen 15 años para saber si uno lo está haciendo bien o no. Hay una señal, un signo de buen hacer: Que los hijos lo pasen bien con uno, que se rían, hacerles reír. Esto es válido también para la pareja. La risa franca es un elemento muy fuerte de unión de la pareja. Y de unión con los hijos. Y para hacer reír a los demás, hay que estar dispuesto a que los demás se rían de uno.

            En cualquier época, pero especialmente en vacaciones de Agosto,  en que uno está donde nadie le conoce, solía hacer mis bromas. Recuerdo un día de Julio; a la tarde fuimos a dar un paseo largo, todos en chándal, con una cantimplora de agua. La llevaba yo. A la vuelta, de nuevo en la ciudad, en un parque,  avisé de lo que iba a hacer y me separé, poniéndome detrás de un árbol. Eché un buen chorro de agua en el pantalón del chándal, por delante. Y salí de detrás del árbol con cara de no haber roto un plato en mi vida. Sobre todo los hijos pusieron cara de horror. Me costó convencerles de que había sido una broma y que era agua. Nos reíamos luego al recordarlo, pasado el peligro. No sé si me pasé …

            A los 12 ó 13 años – o cuando lo decidan los padres – empieza la época de hablar, de tomar decisiones. Ya no se juega en casa a diario, se habla. Y se dan paseos, de a dos, para hablar de los problemas que se presentan.

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La educación de los hijos

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            Una cosa que conviene hacer es acostumbrar a los hijos a decidir. Empezando por cosas elementales, como qué ropa ponerse. Que lo decidan ellos. Se les dan unas reglas, tener en cuenta al clima y a dónde van. Pero que empiecen a acostumbrarse a decidir. Los dos padres de acuerdo en la labor.

            No quiero dejar pasar un asunto: La autoridad. Esa confianza que se establece no iguala categorías,  no hace a los padres “colegas”, ni los pone al mismo nivel que sus hijos. La autoridad se mantiene en los momentos necesarios, pocos. Se corrige, con cara seria. La cara debe bastar. Porque los hijos no están acostumbrados a ver al padre con cara seria. Diré más: Una mirada debe bastar. No una mirada asesina; una mirada de reproche, que indique “esto no me gusta”, simplemente.

            No mucho más tarde hay que hablarles de la vida, de los demás, de los caminos correctos y de los no acertados. Yo empecé con una costumbre que instauré en mi casa. Llegadas las Navidades, cada año, todos de vacaciones, un fin de semana, nos sentábamos en el sofá y sillones de alrededor y nos fumábamos un cigarrillo, a chupadas, una cada uno. Tosían y ponían caras raras, pero había que dar una chupada y pasarle el cigarrillo al de al lado. Ninguno de ellos ha fumado. Conocen lo mal que sabe desde casa, desde niños.

            Hay que hablarles de los demás, de los jóvenes del mismo sexo y del sexo opuesto. De tratarlos como compañeros de clase, y de salir con ellos como amigos. Hay que enseñarles a distinguir, a diferenciar. Los hay estudiosos y los hay vagos. Los hay que respetan y los hay que no. Los hay que buscan amistad y los hay que buscan aprovecharse. Cada uno debe ir con los que son como uno mismo. Que tengan las antenas izadas, no caídas. Y que distingan perfectamente cómo es cada uno. Ya están formados para saber elegir.

            Luego eso se lleva al terreno de las relaciones, a su tiempo. Siempre es mejor adelantarse, que hacer frente a una sorpresa indeseada. Ahora es cuando juega esa confianza mutua, que se ha ido creando a lo largo de 10 ó más años. Ahora se empiezan a recoger los frutos. Porque la confianza sigue siendo plena, y la identificación entre el progenitor que educó y los hijos.

            No estoy pintando un panorama ideal. Recuerdo una conversación en Benidorm, en Agosto. Iba con el mayor, de 16 años. Me contaba su primer “gustarse” con alguien. Y me preguntaba si el Amor era eso. Le dije que no. Y me preguntó: “¿Y tú cómo lo sabes, si yo soy el que lo siento?”. “Porque yo me enamoré de tu madre una vez – le dije – y lo recuerdo, y no era así …”. No sentía lo que se siente al enamorarse. Lo dejamos en tablas. Años más tarde, cuando se enamoró de verdad, me recordó esa charla, al lado de un muro bajo, caminando desde el coche hacia la playa. La recordaba.

            Recuerdo otra conversación con un matrimonio amigo. Alguno de los nuestros tenía ya más de 20 años, y seguían viniendo las vacaciones con nosotros. Mi amigo nos decía: “No entiendo que los vuestros pasen el mes de Agosto entero con vosotros. Los nuestros hace años que organizan las vacaciones por su cuenta … Algo he debido de hacer mal …”. Puse cara de extrañeza y nada dije; conocía su carácter difícil y los enfrentamientos tenidos con sus hijos.

            Se recoge lo que se siembra. No le dije que cuando estaban en la época de salir, a las chicas las esperábamos mi mujer y yo, medio muertos de sueño y aburridos, en una cafetería, a la salida de la discoteca, a las dos, hora acordada entonces para poner fin a la juerga de ese día.

            La última prueba es saber «dejar de ser padres». Cuando el hijo se emancipa, cuando forma su propio hogar. Existe la tentación de seguir tratándole como si todo siguiera igual, como si siguiera dependiendo de nosotros, sus padres. No pocos padres tienen dificultades para pasar a tratar a sus hijos como adultos libres, independientes. No hay que dejarse engañar: Quererlos no es poseerlos, mandarles, sino dejarlos volar y apoyarles cuando pidan ayuda. Porque equivocándose también aprenden, como todos hemos hecho.

            Resumiendo, para recibir, primero hay que dar. Para todo esto y más, hay que contar con el nivel de Evolución del más avanzado de los dos miembros de la pareja. Ese nivel ayuda. No a cumplir con un deber, sino a que ese deber resulte un placer. Y lo que agrada se hace bien, y cuantas veces haga falta.

            Nadie sabe a qué se compromete uno cuando se une a otra persona “para toda la vida”, para formar un hogar y sacar adelante una prole. Es una aventura inesperada, que llega por sorpresa. Pero que compensa ampliamente, porque es “para toda la vida”.

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La educación de los hijos

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            Bien, ahora queda el segundo caso, cuando ambos trabajan fuera de casa. Me sigo dirigiendo al progenitor más adelantado de los dos, porque a él le corresponde la labor de repartir tareas.

            Ya sabe lo que hay que hacer. Lo dicho y muchas cosas más del mismo tenor. El progenitor que hace cabeza sabrá qué labores hará bien su cónyuge y qué debe reservarse para sí.

            Y debe hacerlo con discreción, como de paso, sin darle importancia. La labor a hacer con los suyos es muy importante. Después de avanzar en el propio camino, es la segunda tarea más importante que tenemos, diría.

            No debe quedar al arbitrio de quien está menos preparado para llevarla a cabo bien. Con lo difícil y lo delicada que es. No por prejuicios de la sociedad, ni de la familia política, ni de nadie. Educar se educa sólo una vez en la vida. Y los frutos que se logren o no se logren, nos acompañarán hasta la muerte.

            La relación que se ha hecho de tareas para unos buenos padres es un esbozo, no es completa. Pero aun no siéndolo, esperamos que hay quedado claro que es una labor a largo plazo, a muy largo plazo. Y que hay que sacar en ella al menos un Notable, aunque lo óptimo sería un Sobresaliente.

            Un progenitor poco evolucionado no es capaz de sacarla adelante. Porque le van a fallar sus propias bases, saldrán a relucir sus carencias, sus defectos, su poco control de sí mismo. Y no podrá llevar a cabo una tarea que sólo con dedicación y un corazón limpio se puede realizar completa.

            Sólo nos resta rogar a los dioses para que ningún progenitor evolucionado, por ningún motivo, reniegue de la tarea que le está reservada y de la que tantas cosas buenas dependen. Ya se puede dar cuenta, sabiendo todas las cosas que hay que hacer, de qué puede pasar si deja que quien no está preparado agarre una responsabilidad a la que no sabrá hacer frente.

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PD: Tal vez alguna aportación complementaria, en Los hijos.

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6 comentarios en “La educación de los hijos”

  1. Juan dice:

    Es una enseñanza maravilloso señor fernando

  2. Fernando Conde Torrens dice:

    Gracias, Juan. Es para «buscadores» que pueden aplicar esa forma de ver la relación con sus hijos. Y da resultados geniales. La educación se hace en la familia, no en la Escuela. Los cursos que se dan en Escuelas y Colegios no suplen a labor de unos padres avanzados en Evolución. Pretender tal cosa es distraer al personal. Y se da mucho esa crítica.

    Leyendo con detenimiento el artículo se ve que esa labor no la puede suplir nadie, porque se realiza cada día de la vida del hijo, fines de semana y vacaciones escolares incluidos. Dichoso el progenitor que pueda aplicarlo.

  3. Juan dice:

    Si, señor Fernando, a veces perdemos tiempo por tantas cosas ahora q está avanzando cada dia más la tecnologia y tu enseñamiento nos lleva otra vez al pasado; q esa esencia ya se está perdiendo.

    Un abrazo desde Brasil.

    1. Fernando Conde Torrens dice:

      Conozco personas de la siguiente generación a la mía que las aplican también con sus hijos. Depende del nivel de Evolución de los padres, no del año en que ellos vivan. Un abrazo.

  4. Maria Andrea Ledesma dice:

    Es buenisima su forma de pasar sus enseñanzas, señor Fernando. Lo colocarenos en práctica.

    Buenas noches, aqui desde Brasil, a Andrea!!

    1. Fernando Conde Torrens dice:

      Son cosas vividas, que las puede hacer cualquier padre. Y no importa equivocarse a veces; con los hijos tenemos mil oportunidades.

      Un cordial saludo.

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