La batalla de Maraton.

© Copyright  Fernando Conde Torrens

 

 

 

 

            El Gran Rey Darío I, tras el trato dado a su embajadores por atenienses y espartanos, decide organizar una expedición de castigo contra Eretria, en la isla de Eubea, y Atenas. Para ello, en el 490 AEC. y en la costa sur de Asia Menor, lejos del alcance de los barcos helenos, arma una flota en la que embarca unos 25.000 hombres. De ellos 10.000 son de caballería, la principal arma persa, Imperio donde las distancias son enormes y la rapidez es fundamental. Por otra parte, los pastos son abundantes, lo que en modo alguno sucede en la Hélade. Los griegos no tienen caballería. Tampoco emplean arqueros, ellos se manejan con los hoplitas. El resto del ejército persa eran infantería. Vimos ayer sus armamentos, muy inferiores que los de los griegos. El ejército lo manda Artafernes, sobrino de Darío, rey que morirá el año 486. Como segundo al mando, el noble Datis, al cargo de la caballería. Acompañaba a los persas un traidor griego, Hipías. Había sido tirano de Atenas y había sido desterrado hacía no mucho. Todavía tenía partidarios en la ciudad de Atenas y se había unido a los persas, esperando recuperar el trono de la ciudad que lo había rechazado.

        La flota persa desembarca en la isla de Eubea, sitia Eretria, que había contribuidos con 5 naves a la revuelta jonia, y la toma, tras 7 días de sitio. Veamos en un mapa de un libro reciente, el recorrido de la flota persa.

Guerras médicas. La expedición de Darío I.

(Fuente: La guerra en el mundo antiguo. Víctor Barreiro Rubín. Almena Ediciones, 2.004)

 

        Desde Eretria, y deseando castigar la insolencia ateniense, desembarcan el ejército en la llanura pantanosa de Maraton, por indicación de Hipías. Una pequeña península protege a los barcos, el pantano, a los guerreros que desembarcan y el lugar se encuentra a 42 kilómetros al noreste de Atenas. En el plano que sigue se verá que la recomendación de Hipías era la adecuada. La llanura de Maratón, protegida por un pantano, era el lugar desde el que amenazar a Atenas y obligar a luchar a los atenienses en una zona propicia a la caballería persa.

Situación de la zona de desembarco del ejército persa.

(Fuente: La guerra en el mundo antiguo. Víctor Barreiro Rubín. Almena Ediciones, 2.004)

 

        Los persas se instalan en la llanura, esperando celebrar allí la batalla y poder usar su caballería contra los griegos. Los atenienses, al conocer el ataque sobre Eretria, piden ayuda a los espartanos. Éstos dicen que ayudarán, pero que antes tienen que realizar los actos rituales que preceden a la marcha a la guerra de los suyos. Estos rituales les impedirán llegar a tiempo a Maraton. Cuando el ejército espartano llegue a Atenas, camino del norte, la victoria ya será historia; reciente, pero historia.

        Los atenienses, con la ayuda de 600 hoplitas de la vecina Platea, se preparan para hacer frente al ejército persa. Los griegos alinean 10.000 hoplitas, frente a los 25.000 efectivos, entre caballería e infantería, de los persas. Los atenienses no tienen prisa por atacar, esperando la llegada de los refuerzos espartanos. Además, carecen de caballería y podrían ser tomados por los flancos o por la retaguardia y suceder lo peor. Los persas tampoco tienen prisa por celebrar la batalla, pues esperan que los partidarios de Hipías, al conocer la proximidad de su líder, les rindieran al ciudad, desprotegida de sus principales huestes. No obstante, hay que decir que la mayor parte de los griegos, salvo los espartanos, nunca enviaban a la guerra sino a la mitad de sus hombres. Las tareas de la tierra tenía también sus necesidades, y la propagación de la especie.

        Pero pasan los días y nada sucede. De modo que los generales persas deciden pasar a la acción. Y toman una decisión equivocada: Dividen el ejército. Datis, con la caballería, embarca sigilosamente de noche, esperando dirigirse a Atenas, sitiarla y que las puertas de la ciudad se les abran. Si no sucede así, pueden atacar a los griegos por la espalda, pues estarían los griegos entre dos fuegos. Saben que con la división corren un riesgo, y por eso lo hacen de noche y procurando que la maniobra pase desapercibida. El campamento griego está al otro lado de la colina y desde él no se domina la playa.

        Pero si los persas cuentan con la ayuda de un traidor, Hipías, los atenienses no van a ser menos: Varios soldados dorios, que militaban en el ejército persa, al conocer el embarque de la caballería, abandonan al Gran Rey, se pasan al bando heleno y cuentan apresuradamente a sus estrategas que los persas se han quedado sin caballería y que pretenden sitiar y tomar Atenas. Antes estas noticias, los generales atenienses, con Milcíades, político principal del momento, deciden atacar a la infantería persa de inmediato. Si logran una victoria rápida todavía pueden regresar a Atenas, antes de que los persas la sitien formalmente, y avisar para que la ciudad en modo alguno se rinda ante los persas.

        Al ejército ateniense lo manda su estratego, Calímaco, que morirá en la batalla. Las falanges de hoplitas formaban normalmente un rectángulo de 8 filas de fondo y avanzaban en formación hasta el contacto con el enemigo, esforzándose en mantener esa formación durante toda la batalla, en la que los hombres de las filas extremas se esforzaban en herir con su lanza al enemigo más cercano. La formación en bloques de guerreros codo con codo tenía la virtud de que las bajas eran muy inferiores que en una lucha cuerpo a cuerpo. Los griegos eran muy conscientes de que eran un pueblo corto en número y  llegaron a amoldar su forma de conducir la guerra a la política de minimizar las bajas. La falange actuaba como un solo hombre y avanzaba o retrocedía sin perder su formación. 

        En caso de lucha entre dos ciudades, la lucha de formación contra formación continuaba hasta que la que había perdido más hoplitas terminaba por romperse y debía huir, pues la otra se hacía dueña del terreno, ya que individualmente no era posible luchar contra una formación en falange. La ciudad perdedora perdía el acceso a su terreno de cultivo y debía proponer la paz con condiciones ventajosas para los vencedores. Con las bajas habidas, otro enfrentamiento de falanges estaba condenado a un nuevo y más trágico fracaso.

        En tales condiciones bélicas, el escudo (hoplon) formaba parte principal del arma del hoplita. Perder el escudo en la batalla era considerado un delito, penado con la muerte, porque quedaba desprotegido el que lo llevaba y el compañero de la izquierda. No tenía la misma gravedad perder la lanza o la espada. Recordemos visualmente cómo se luchaba entre helenos. Nos lo indica una copa famosa, la copa Chigi

 

Batalla entre falanges helenas.

(Fuente: El mundo de los antiguos griegos. J.Camp. E Fisher. Blume Edicioners, 2.002)

        El mayor número de los persas y lo ancho de la playa donde se iba a librar la batalla decidió a Calímaco, el estratego ateniense, a colocar sólo tres filas en el centro, mientras mantenía las 8 filas habituales en las alas de la formación. Por su parte, Artafernes coloco las mejores tropas, las más cercanas  al poder imperial, en el centro, y las menos preparadas en las alas. El menú estaba servido.

        El gráfico que sigue refleja la situación cuando las falanges de hoplitas se lanzan a la carrera para recorrer los 1.500 metros que les separaban de los persas y entran en contacto, con las lanzas por encima de sus cabezas para herir en la parte menos protegida de sus enemigos, en la cabeza y el cuello. Cabeza y cuello que ellos llevaban fuertemente protegidos con los cascos que hemos visto dibujados. Los cascos eran pesados y protegían apropiadamente, pero tenían el inconveniente de que en combate abierto apenas dejaban ver, por lo que se convertían en estorbo.

Plano de la batalla de Maratón.

(Fuente: Egypte, Orient, Grèce. Maurice Meuleau. Bordas, 1.965)

 

        El centro persa aguantó el choque del centro griego y aún le hizo retroceder, estando formado por los mejores soldados de la formación persa. No obstante, la superioridad griega fue patente en las alas, que cedieron ante el empuje de los hoplitas. Las alas persas se deshicieron y emprendieron la huída a los botes, que estaban apostados en la playa. Los vencedores griegos volvieron entonces sus armas contra el centro persa, que estaba propinando una buena paliza a sus escueta zona central. Los persas se vieron cogidos entre dos fuegos y se llegó al desastre y a la huida general.

        El balance de Maraton se saldó con entre 6.400 y 6.700 muertos en el ejército persa, frente a sólo 192 hoplitas muertos entre los atenienses, entre ellos, como hemos indicado, Calímaco. Sin perder demasiado tiempo, el ejército ateniense se dirigió a su ciudad, amenazada aún por la caballería persa. Mandaron, cuenta la leyenda, a un corredor para que se adelantara y llevara la buena noticia a su ciudad. Es posible que tal cosa hicieran, era lo lógico: Tengo para mí que el mensajero cubrió los 40 kilómetros, dio la buena noticia y que la leyenda comienza cuando se nos dice que cayó muerto de cansancio en el momento siguiente. Era un digno broche a la heroicidad ateniense mostrada ante el enemigo.

        Datis y sus caballeros pusieron pies en polvorosa, o navío en polvorosa, pues nada podían hacer por cumplimentar los deseos del Gran Rey. Las consecuencias de esta fugaz guerra serán importantes y positivas para Atenas, que se va a convertir en la polis líder del mundo heleno durante unos decenios.  Pero faltan aún las mejores episodios bélicos. Porque si a Darío I  le quedan pocos años de vida y este incidente no le quebranta demasiado, a su hijo Jerjes la derrota de Maraton le resultará una espina clavada y allegará un copioso ejército, no ya para castigar insolencias, sino para conquistar y adueñarse de Grecia. Pero para eso aún faltan un par de días o tres.

Enlace al próximo día.

Fernando Conde Torrens es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com  hay comentarios y más información sobre este libro.