El retrato. La Pintura 108.

© Copyright  Fernando Conde Torrens

 

 

 

 

 

 

        Seguimos hoy con nuestra galería de retratos ilustres. No por la categoría social del retratado, sino por la bondad de la ejecución y la habilidad del pintor para reflejar también la personalidad de su modelo. Claro que no habiendo conocido a los retratados, sólo podemos imaginar que la personalidad que el retrato denota está reflejado de una manera clara y perceptible, aun sin saber si era ésa la realidad. Suponemos que sí, aunque ahí entra ya nuestra imaginación. Hay casos, como el que viene ahora, en que el pintor retrata un arquetipo, un tipo de persona, todo lo que se espera de ella. En esos casos sí podemos juzgar si el trabajo está bien hecho. Más adelante, y ya en nuestros lares, veremos otro cuadro de gitana y comprobaremos las similitudes.

        Frans Hals (Malines, 1.580- Haarlem, 1.666) era un buen retratista. De hecho es el segundo pintor de la Escuela Holandesa, después del maestro Rembrandt (1.606-1.669). Acostumbraba a juntar a una peña de amigos alrededor de una mesa y los pintaba mientras brindaban, vasos en alto. Era una manera de tenerlos ocupados durante un par de horas, porque en la Holanda del 1.600 las comidas eran copiosas y los comensales, entrados en carnes. Pero el cuadro que veremos de Hals pertenece al de los tipos característicos. Los Impresionistas valoraron mucho la pintura de Hals, era un predecesor en cuanto al uso de la luz como elemento fundamental del cuadro, del retrato.

 

Frans Hals, 1.628. La zíngara o gitanilla. Óleo sobre tabla, 58x52. Museo del Louvre, París.

(Fuente: Grandes de la Pintura. Pintura Barroca. Sedmay Ediciones, 1.979.)

 

        Si en el cuadro anterior Hals caracteriza a la gitana joven con esa mezcla de alegría y picardía de la vida - Hals, como nuestro Sorolla, adjudica a sus damas la mirada cuca lateral -, cuando pinta a un joven estudiante lo adorna de esa alegría inconsciente que es patrimonio de los tales, aunque no sólo de ellos.

 

Frans Hals, 1.625. Joven con laúd y vaso volcado. Óleo sobre lienzo, 72x59. Metropolitan Museum, Nuev York.

(Fuente: Grandes de la Pintura. Pintura Barroca. Sedmay Ediciones, 1.979.)

 

        De la misma época que Hals y Rembrandt es Bartolomé Esteban Murillo, (1.617-1.692). Un gran pintor, aunque no hayamos hablado de él, y de sobra conocido, se dedicó a la figura humana en casi todos sus cuadros. En los que vamos a ver, Murillo retrata a personas sin identidad especial, personajes del vulgo porque ve en ellos algo a destacar. En el conocido cuadro de los dos pilletes, comiendo cuanta fruta sean capaces de tragar, fruta de procedencia más que dudosa, tal vez Murillo quisiera reflejar la alegría por la vida, la sorna y complicidad en la mirada del mozalbete líder, la aceptación de la jefatura por parte del que come uvas y la despreocupación de quienes dejan cortezas y pepitas desparramadas por doquier. Pero, ¿qué podía pedírseles a tales arrapiezos?

 

Bartolomé Esteban Murillo, hacia 1.650. Niños comiendo melón y uvas. Óleo sobre lienzo. Pinacoteca antigua, Munich.

(Fuente: La Pintura en el Barroco. José Luis Morales y Marín. Espasa Calpe, 1.998.)

 

        Curiosamente, en otro libro los dos mozalbetes están al revés. Esto es un error típico al manejar diapositivas, diapos para los impresores. Si en el cuadro anterior la pose elegida por Murillo es desenfadada, en el que viene, que pertenece a la misma serie de pilletes callejeros, figura consagrada desde El lazarillo de Tormes, el pintor refleja una escena más amable, el cariño entre dos desheredados de la fortuna. Cariño que, por ello, es más entrañable. Nótese que el niño no es un pillete redomado que no hace nada, su vestimenta no está en harapos y, además, está haciendo un recado.

 

Bartolomé Esteban Murillo, hacia 1.650. Muchacho con un perro. Óleo sobre lienzo, 134x107. Museo del Ermitage, Leningrado.

(Fuente: Ermitage. Leningrado. Umberto Baldini. Salvat Ediciones, 1.967.)

 

        En el cuadro que viene a continuación el lector debe ver todo lo que Murillo quiso decir al componer el cuadro.

 

Bartolomé Esteban Murillo, hacia 1.670. Gallegas en la ventana. Óleo sobre lienzo, 134x107. National Gallery, Washington.

(Fuente: La Pintura en el Barroco. José Luis Morales y Marín. Espasa Calpe, 1.998.)

 

 

        Contemporáneo de Wateau y Fragonard, que vimos el día pasado, Quentin de la Tour (1.704-1.788) se dedicó con éxito al retrato. El estilo rococó, recargado hasta el extremo, se refleja en las artes y hasta en la forma de vestir. En su autorretrato parece el pintor querer expresar su orgullo, su confianza en sí mismo y en el papel que interpreta en la vida. De ahí su mirada de arriba hacia abajo y su sonrisa de autosatisfacción. Pocos autorretratos son tan descriptivos del interior del pintor. En los más el pintor se mantiene serio ...

 

Quentín la Tour. Autorretrato. Pintura al pastel.

(Fuente: Historia del Arte. A. Fernández y otros. Vicen-Vives, 1.992.)

 

        No voy a ocultar que estoy eligiendo retratos de gente joven, de modo que la galería resulte amable de visitar. Evito, por bien hechos que estén, retratos de ancianitos y ancianitas, como recientemente he comprobado que se dice. En breve se dirá "españolas y españolos", ya que el vocablo españoles habrá dejado de tener la peligrosa cualidad bisexual que hogaño tuviera. Y es que, a pesar de nuestro supuesto modernismo, seguimos siendo troglodíticos y carpetovetónicos como siempre.

        Pues bien, a pesar de haber prohibido la entrada a retratos descarnados, no puedo resistir la tentación de traer a este baile un acompañante que no cumple las reglas de la etiqueta impuesta. Y es que, así como Velázquez mejoraba al monarca que le tocó en suerte, que para eso le pagaba, Claudio Coello, más iconoclasta, pintó lo que veía. Y dejó a la posteridad el retrato del último de los Austrias con todas las cualidades reflejadas en su maltrecho rostro.

 

Claudio Coello. Retrato de Carlos II. Museo del Prado, Madrid.

(Fuente: Historia del Arte. A. Fernández y otros. Vicen-Vives, 1.992.)

 

        Sea, pues, un ejemplo de cuanto venimos diciendo, eso de que el alma sale por los ojos, que es lo que la pasaba a la gallega asomada a la ventana. Por mi parte capto la frescura de la juventud en los ojos inocentes de la muchacha. La madre, que sabe de la vida, no quiere mostrar su rostro.

        Y para terminar por hoy, un cuadro que es todo un poema. Digamos que los pintores pintan a veces arquetipos. Con un cuadro determinado fijan para la eternidad una manera de ser, un carácter. La humildad, el nervio, el comedimiento y la inteligencia natural en la joven maestra y ... el cerebro cerrado del poco aventajado alumno, lo que se refuerza con ese gorro que parece una chichonera, impropia ya de su edad.

        Jean-Baptiste-Simeón Chardin, (París, 1.699- París, 1.779) también destacó como retratista. Pintor de escenas de género, al final de su vida se dedicó al pastel, logrando retratos muy delicados. El que nosotros veremos está pintado al óleo y lo destaco por el perfil que ofrece tanto de la profesora como de su difícil alumno. Me recuerda mis tiempos de dar clases particulares en casas a alumnos que cursaban el bachillerato. Yo tenía entonces entre 16 y 20 años. Aquello creo que me dotó de una cualidad, la paciencia, modestia a un lado. Hay que armarse de paciencia cuando se da clase a chavales ... o uno se desespera.

 

Jean-Baptiste-Simeón Chardin, hacia 1.740. La joven profesora. Óleo sobre lienzo, 61x66. National Gallery, Londres.

(Fuente: National Gallery. Londres. Homan Potterton. Oceano, 1.980.)

 

        Y con esto terminamos por hoy nuestros retratos psicológicos. El viernes, más.

Fernando Conde Torrens es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com  hay comentarios y más información sobre este libro.