El Valle de los Reyes 2.

© Copyright  Fernando Conde Torrens

 

 

 

        Veamos por fin una tumba del Valle de los Reyes. Nos adentramos hacia al fondo de la galería de acceso y entramos en la cámara funeraria de Tutmosis III, uno de los primeros Faraones en ser enterrado en el Valle, el del diseño infantil. Dejo la imagen en su dimensión original para que se puedan apreciar tanto el cielo estrellado del techo como los dibujos en negro sobre blanco de las paredes, con el curso del dios Ra, el Sol. Imagínese el lector el estruendo que organizaron los ladrones cuando levantaron con todo cuidado y lentamente la tapa. Se oyó en Alejandría.

 

Tumba de Tutmosis III en el Valle de los Reyes.

(Fuente: Atlas ilustrado del Antiguo Egipto. Susaeta Ediciones, 2.002)

 

        Ahora veamos un sarcófago real, el de Tutmosis I, padre de Hatshepsut. Se fabricó, como otros muchos, de caliza silicatada, material que se extraía de una cantera en Heliópolis, ciudad del Egipto Norte, ligada al dios solar. Es otra foto que mantengo en tamaño original, para que pueda apreciarse el trabajo sobre la superficie del sarcófago.

Sarcófago de Tutmosis I. 

(Fuente: EGIPTO. El mundo de los faraones. KÖNEMANN, 2.004)

        Visitemos la tumba KV5 (King Valley 5) recientemente descubierta. La historia de esta tumba guarda cierta semejanza con la de Tutankhamon, sólo que ésta fue saqueada previamente. En un momento dado de la historia, después de haber sido saqueada, las inundaciones taparon la entrada de la misma. Durante siglos no se supo que allí estaba la entrada de una tumba. excavaciones hechas en 1.825 por James Burton localizaron la entrada y llegaron a la primera estancia. Al no hallar ni siquiera inscripciones en las paredes, abandonaron. Howard Carter en 1.902 hizo lo mismo. Por necesidades planteadas por una obras, en 1.987, se volvió a descubrir la entrada de la tumba. Se llevan exploradas más de 110 cámaras. En ellas fueron enterrados los cien mil hijos  de Ramsés II. Evidentemente, este número es una parodia de los de San Luis, pero fueron bastantes. Entre esposas principales, esposas menores y concubinas, el caso es que Ramsés II tuvo docenas de hijos. Y precisó construir todo un complejo para ocuparse de la supervivencia eterna de todos. Alguno de los pasillos se muestra en esta imagen.

Vista del corredor de la tumba KV5, con las entradas de las cámaras laterales.

(Fuente: Atlas ilustrado del Antiguo Egipto. Susaeta Ediciones, 2.002)

 

        Hoy no vamos a privarnos de nada. Veamos ahora los restos de los Faraones cuyas estatuas hemos visto con anterioridad. En rápida sucesión, Ramsés II, Ramsés III y uno de los hijos de Ramsés II, enterrado en la tumba KV5. Recuérdese que Ramsés II reinó 66 años. No es de extrañar el nulo parecido con su estatua de joven.

 

Cuerpo embalsamado de Ramsés II, aparecido en 1.881 en un escondite en Deir el-Bahari.

       

(Fuente: Atlas ilustrado del Antiguo Egipto. Susaeta Ediciones, 2.002)

 

        Por el contrario, Ramsés III no murió de vejez, sino asesinado, como ya vimos. Eso ha hecho que su momia refleje otra realidad. 

La momia de Ramsés III, excelentemente conservada.

(Fuente: La cultura del Antiguo Egipto. Edimat Libros)

 

        Debo advertir que he retocado ligeramente la foto. Al lector le toca acertar dónde. 

        Y por último, uno de los múltiples hijos de Ramsés II, muchos de los cuales precedieron a su padre en el viaje al bello Occidente. En este caso parece que los embalsamadores no hicieron su trabajo con esmero.

Uno de los esqueletos hallados en la tumba KV5, supuestamente uno de los hijos de Ramsés II.

     

(Fuente: Atlas ilustrado del Antiguo Egipto. Susaeta Ediciones, 2.002)

 

        Ya que estamos en la tumba KV5, contemos un detalle. En la Antigüedad, quien mandaba construir un monumento, funerario o no, ponía la primera piedra y junto a ella, enterraba algún objeto que recordara quién ordenaba la obra y a qué Dios estaba dedicada. Y esto tanto en Egipto como en Mesopotamia. Tales inscripciones se hacían para que las leyeran los dioses.

        En los cimientos de una tumba ramésida, o de los innumerables Ramsés, se ha encontrado esta tablilla, con el nombre de Ramsés IX, uno de los últimos Ramsés (el último fue el XI). En ella figura el nombre Ramsés, en el cartucho de la derecha. Champollion descifró los jeroglíficos apoyándose en un cartucho similar a éste, según vimos en su día.

Tablilla con los nombres de Ramsés IX.

(Fuente: Atlas ilustrado del Antiguo Egipto. Susaeta Ediciones, 2.002)

 

        Las tumbas de los Faraones fueron todas saqueadas, todas menos una, que se libró por un azar del destino. Los árabes que poblaban Egipto durante la Edad Media adoptaron como deporte nacional el robo de los tesoros de las tumbas faraónicas. Al margen de que los antiguos egipcios no profesaran su religión, hay que decir que ni la cultura arqueológica ni la abundancia les suponía freno para buscar riquezas escondidas siglos atrás. De modo que si lo hallado en una noche afortunada podía dar de comer a toda la familia durante un mes, ¿quién lo dudaría?

        Pero no hace falta esperar tanto. Incluso en tiempos del Imperio y por parte de egipcios aborígenes, hubo ladrones de tumbas y hubo robos en Egipto. La frase de que "no hay puerta que pare a un ladrón" ya estaba vigente en tiempos faraónicos. Todos los esfuerzos de diseñadores y sacerdotes fueron vanos, las sepulturas fueron abiertas una a una y sus tesoros pasaron a mejores manos. Las que se han salvado han sido las menos importantes, las de los sirvientes, las particulares, como la de la nodriza.        

Sarcófago antropomorfo de la nodriza de la hija del faraón Taharqa (690-664)

(Fuente: Atlas ilustrado del Antiguo Egipto. Susaeta Ediciones, 2.002)

 

        Tanto es así que en un momento determinado, los sacerdotes se hicieron con las momias de los Faraones más queridos, sacándolas de sus tumbas, y las escondieron, sólo las momias, en escondrijos secretos en Karnak y en Deir el-Bahari. Sólo así han podido llegar a nosotros los cuerpos que hoy hemos visto. No estaban en sus féretros, por eso han llegado a nosotros. No recuerdo dónde leí que hace unos cuantos siglos se corrió en Egipto la especie de que una infusión de momia curaba varias dolencia. Y se quejaba aquel autor de que tal vez más de un Faraón hubiera acabado en tisana. Ignoro la razón que pudiera tener. 

        Felizmente no es esperable que los Faraones egipcios necesitaran tener entera su momia para seguir disfrutando de la compañía de los dioses. Ni que sus estatuas debieran permanecer enteras o el alma no tendría dónde cobijarse. La destrucción se ha dado y no se puede evitar. Pero con ello nadie ha sufrido más allá de nuestra curiosidad. 

        Lo que podemos esperar de una tumba intacta es lo que veremos en los dos próximos días, porque una tumba intacta, aun la de un Faraón de reinado corto, como fue Tutankhamon, es una pequeña maravilla. Pero eso, como todo lo bueno, domani

 

Enlace al próximo día

 

Fernando Conde Torrens es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com  hay comentarios y más información sobre este libro.