Escuela virtual de Sabiduría de Pamplona.

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Nuestra sociedad 7

Nuestra sociedad 7

        Tanto si nos comparamos con la población mundial a esta altura de la Historia como si lo hacemos con tiempos pasados, el diagnóstico nos es sumamente favorable, a nosotros los europeos. De ahí que, en opinión de esta casa, toda queja es un … insulto al resto del mundo y a la Historia. Incluso si nos quejamos de estar en medio de una crisis que recorta una parte de nuestros privilegios de hace apenas dos o tres años. Porque la situación anterior a la crisis era … inmerecidamente favorable.

        No teníamos Pasivo suficiente para financiar o respaldar los Activos que pretendíamos hacer nuestros. No comprábamos los bienes con nuestro dinero, sino con el dinero que pensábamos ganar en los próximos años, es decir, con futuribles. Ha bastado que salgan a la luz operaciones desdichadas de los listillos de turno para que nuestro mundo feliz se derrumbara hecho añicos. No el suyo, que cuenta con apoyaturas en las altas esferas, que ellos controlan, sino en las de los optimistas compradores con el dinero que les pedían prestado.

        Pero ni aun la crisis que sufrimos nos permite quejarnos de nuestra situación. Tampoco tiene base, opinamos aquí,  la afirmación de que Occidente es una sociedad de consumo, que consumimos en exceso. Cuando los que podían consumir eran muchos menos y la clase media se defendía como podía para llegar a final de mes, no éramos una sociedad consumista. Cuando el nivel de vida mejoró y lo hizo para todos, cuando la clase media y una buena parte de la clase trabajadora podía ir de vacaciones fuera de su ciudad, tenía coche y comparaba en el supermercado comida y bebida para la semana, cuando dejamos de ir a misa y nos volvimos europeos, entornes empezaron las quejas de que la nuestra era una sociedad consumista y descreída. En la Transición, que uno tiene buena memoria y recuerda el lugar en el que esta crítica nació.

        Ciento veinticinco años antes, la queja desde el mismo púlpito era que la sociedad se estaba volviendo racionalista, anteponiendo la razón a Dios. Convenía mucho más que la sociedad fuera irracional, crédula, inocente, confiada. Felizmente, nuestros antepasados intelectuales, y luego otros muchos, empezaron a hacer caso a la razón y no a la fe. Por eso hoy tenemos muchas de las libertades que tenemos. Ésa fue una manera de mejorar, izarnos, mediante la cultura, a la racionalidad.

        De modo que, resumiendo ya, hay dos o tres ideas que parece se pueden extraer de cuanto se lleva dicho sobre nuestra sociedad.

        La primera está ya dicha: Sería una demostración de ceguera histórica y un agravio comparativo expresar quejas por lo injustas, manipuladoras, agresivas o adversas que son las condiciones de vida en nuestra sociedad europea contemporánea. Hay aspectos que mejorar y a ello habrá que dedicarse. Pero habrá que hacerlo sin elevar gritos al cielo, porque cualquiera tiempo pasado fue peor. Eso no quita para que debamos mejorar los abusos actuales, que haberlos, haylos.

        Será necesario encontrar la manera de mejorar esos abusos, la desigualdad odiosa, el servirnos de los países menos desarrollados como alfombras que hagan más cómodo el paso por el planeta de unos pocos europeos y otros aspectos que el lector tiene en mente. Para eso, las personas con criterio tendrán que ejercerlo y conseguir mantener esa lenta mejora que se capta en cuanto echamos la vista cien años atrás. Habrá que improvisar, para eso tenemos el criterio ya desarrollado.

        Pero tal vez lo más importante y donde más pueda el lector trabajar en propio beneficio sea mejorando su propio campo. Hay más información que nunca para lograr que nuestra propia vida sea plena, gozosa y en armonía, interior y exterior. Con los nuestros, con nuestro entorno, en nuestro nido. Ahí hay también mucho campo por explorar y muchas metas por conquistar. Ahí el sujeto es autónomo y los predadores no nos tienen a su alcance, nada pueden hacer. Lo que no logremos en ese campo propio se deberá a nuestra propia vagancia, a nuestra propia laxitud, a que no nos proponemos un objetivo prístino, ni elevado.

        Un fallo en este aspecto nos puede predisponer a echar la culpa de nuestra incapacidad a la sociedad. Pero sólo nos darán la razón los que también hayan fracasado en hacer de su paso por esta sociedad afortunada un paseo grato y una estancia amable. Y eso, con todas las cosas que están aún por hacer, pero que no se harán en los años que nos quedan de vida, lector, sea cual sea la fecha en que nacimos uno y otro.

        Y es bueno que lo sepamos, para no hacernos ilusiones vanas. Lo que debamos conseguir, habrá que hacerlo en la sociedad del presente, no en la de nuestros sueños. Ésa tal vez la logren ver nuestros bisnietos, si ellos también se lo trabajan y lo hacen sus padres, nuestros nietos, y sus abuelos, nuestros hijos. Que sus bisabuelos ya lo hicieron ¿O no?

Continuará.

Enlace con el próximo día.

Fernando Conde Torrens es autor de «Simón, opera magna», «El Grupo de Jerusalén», «La Salud» y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En http://www.sofiaoriginals.com/ expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com/  hay comentarios y más información sobre este libro.

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