Escuela virtual de Sabiduría de Pamplona.

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Nuestra sociedad

Nuestra sociedad

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4-10-2.010
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        Esperemos haber dejado clara nuestra versión de cómo se accede a la dicha permanente, cosa que no es muy corriente. Y es tan poco conocida, nadie habla sobre ello, prácticamente nadie la enseña y se la dio tiempo ha por desaparecida. Nuestra sociedad es así. Hay características positivas y no tan positivas que podríamos destacar de nuestra sociedad. Y en estos artículos nos referiremos a la sociedad occidental y más concretamente a la europea.

        Pero, y discúlpenme los europeos de nuevo cuño, me referiré a los que antes se llamaban países occidentales, los situados al Oeste del antes llamado «telón de acero». El lector  se preguntará por qué tengo el mal gusto de sacar a relucir término tan … poco decente, que todo el mundo quiere echar en el olvido. Porque aquí queremos aprender hasta de la Historia antigua. ¿Cuánto más no vamos a aprender de la Historia contemporánea, la que hemos vivido de jóvenes y hasta de adultos?

        Y hablo de países occidentales  de antiguo cuño porque me voy a referir al conjunto de individuos que pueblan un país. No conozco los países del Este de Europa y no voy a empezar a documentarme sobre ellos para escribir tres míseros artículos en este humilde blog. Tampoco hablaremos exclusivamente de la sociedad española, que no creo que ocupe un puesto demasiado puntero en el conjunto de los países ya citados. Y tampoco, me temo, incluiremos a las Américas, ni la de arriba, ni la de abajo, ni la del medio, en nuestro análisis. Por la misma razón, por desconocer a fondo la situación más allá del charco, que crucé una vez y juré no repetir. Por la incomodidad del avión, no por otra cosa. Y porque ciertos indicios – tal vez superficiales – me hacen sospechar si en aquellos parajes son de aplicación algunos de los conceptos o afirmaciones que puedo hacer de mis gentes más próximas.

        Así que, definido el grupo al que nos referiremos, vamos a tratar de especificar por qué es como es – la sociedad europea ésta -, qué futuro le vemos y cómo puede vivir el individuo en su seno. Pero antes vamos a hacer una consideración relativa a nuestra sociedad, nosotros y el tiempo. Si el lector fuera aficionado a la Historia, si conociera cómo vivían los antecesores del hoy europeo medio en tiempos del Imperio romano, cuando más tarde nos invadieron los bárbaros norteños, en el reino visigodo, franco o lombardo, según la zona, en la Edad Media o en los siglos XVI, XVII y XVIII, tendríamos el trabajo muy simplificado. De hecho, no haría falta hacerle sino esta escueta mención, para que el amable lector comprendiera inmediatamente que casi por vez primera podemos decir que llevamos viviendo el primer siglo, el primer período de 100 años en que los europeos llevamos una vida medianamente digna de un ser humano. Antes más, en cualquiera de los períodos indicados, la vida era mucho más infrahumana, despiadada, sin esperanzas de redención, sin posibilidades de mejora. Mucho más dura, infinitamente más.

        Con esta afirmación no se pretende insinuar que no tengamos una vida idílica, que todo el mundo sea bueno y que no haya nada que denunciar. ¿Cómo no va a haberlo con la desdichada fauna que componemos, sufrimos y soportamos? Pero defenderemos aquí que cualquier tiempo pasado fue peor. Y que no hace tanto que en nuestra vecina Francia se ensayaron distintas formas de gobernar la nación, tras dar el adiós final a la monarquía absoluta, que también los hispanos sufrimos. Todavía en el no muy lejano 1.870 reinaba en el país vecino el sobrino de Napoleón Bonaparte, bastante menos brillante que su ambicioso tío, pero no menos ambicioso que él. Y desde entonces los ensayos políticos llevaron a Francia a la República, mientras en nuestro país perduraba la Monarquía hasta el primer tercio del siglo XX.

Napoleón III, Emperador de Francia entre 1.852 y 1.870.


(Fuente: http://www.nevadaobserver.com/Archive/040501/Featurestory.htm )

       

        Es decir, los ensayos para hallar una forma moderna de estructurar la sociedad son bien recientes. Y en nuestro país, más jóvenes aún. Podríamos decir que los ahora mayores somos la primera generación que no ha intervenido en el último cambio de forma de Estado, allá por los años 1.936 a 1.939. En cambio, protagonizamos la Transición y parece que no lo hicimos mal. Esto significa que son demasiado recientes nuestras creaciones como para no pensar que son mejorables. Llevamos muy pocas generaciones desde que la arbitrariedad y la cuna de nacimiento no supongan un obstáculo infranqueable para el ascenso en la escala social. Tenemos un pasado y conviene tenerlo en cuenta para saber de dónde partimos y desde cuando vivimos así. Tal vez la nuestra sea la primera generación que muera en la cama sin haber pegado un tiro en su vida. Y eso aquí, que en Europa, casi ni eso.

        Podemos tener motivos de queja, pero también sería bueno echar la vista retrospectiva a 100 ó 200 años atrás y ver qué sucedía en estos lares por aquella época. Entonces volveríamos a nuestra casa horrorizados de cómo los españoles de entonces podían vivir de manera tan primitiva. casi como en tiempo de los romanos.

        Pero no será ésta el único punto de vista, ni la única opinión que despleguemos. Se trataba de introducir un punto de vista relativo. Que no juzguemos sólo los hechos de que somos testigos, sino, también, la película en la que esos hechos están grabados. Viendo la película completa, podremos ser menos extremosos al juzgar nuestras carencias. Que, como las meigas, haberlas, haylas.

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Enlace con el próximo día.

………. Fernando Conde Torrens es autor de «Simón, opera magna», «El Grupo de Jerusalén», «La Salud» y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En http://www.sofiaoriginals.com/ expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.

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