Culto a los muertos y 2
© Copyright Fernando Conde Torrens
Sigamos diciendo que
enterrar a un faraón no era tarea sencilla. En la otra vida, el faraón debería
poder pasear por el Nilo, como hiciera en cuerpo mortal. De forma que había que
proveerle de la barca real. Dicha barca no cabía dentro del templo funerario,
por lo que era preciso enterrarla en el exterior. Así, se han encontrado unas
cuantas barcas reales en las inmediaciones de los Templos funerarios dedicados
al culto del faraón en cuestión. Más tarde, se hacen dependencias para
colocar allí las barcas, como la del Templo de Ramsés II, en una dependencia
anexa al Templo por él construido.
Barca
procesional de Ramsés II, XIX dinastía, hacia 1.270.
(Fuente: EGIPTO.
El mundo de los faraones. KÖNEMANN, 2.004)
No es el caso de los
faraones, pero la gente de menor importancia y en el caso de que la familia se
olvidara de uno, en una dependencia cerrada, al lado de la cámara funeraria, se
colocaba una figura a tamaño menor que el real, que figuraba o acogía el alma
del difunto. Era el llamado ka del muerto. La figurita representaba al
difunto en pie, se colocaba en la pared lindante con la tumba y a la altura de
los ojos se dejaba una pequeña ranura por donde el alma veía el cuerpo en el
que habitar. No todos los ka eran tan lujosos como el que aquí tenemos.
Se trata del ka del faraón Tutamkhamon, el único cuya tumba no fue saqueada
por ladrones de uno u otro tiempo.
Ka
(alma) de Tutankhamon.

(Fuente: EGIPTO. El mundo de los faraones. KÖNEMANN, 2.004)
En Egipto había contacto entre los vivos y los muertos. Los muertos dejaban en sus tumbas escritos dirigidos a los vivos, rogándoles que hicieran determinadas cosas por ellos. Los vivos rogaban a sus muertos para que les concedieran ciertos dones que necesitaban con urgencia. Los textos que han quedado sobre este particular son elocuentes.
Y no sólo los familiares, toda una aldea o región podía tener veneración hacia determinada persona difunta, que en vida había destacado por sus cualidades y a la que rogaban y ofrecían ofrendas, aun no siendo familia del peticionario. A algunas de estas personas, suficientemente cercanas al faraón, se llegaba a divinizar después de su muerte, aunque esto no era lo habitual.
Veamos un mensaje de un difunto en tiempos de Amenemhet II, faraón del Imperio Medio, hacia el 1.900 AEC, al que aún no hemos llegado, pero que no nos falta mucho, sólo 150 años. Dice así:
“Yo fui (como) un padre para los huérfanos, (como) un esposo para la viuda, un abrigo para el que tiritaba, di pan al hambriento, vestido al desnudo, ayudé a un hombre ante su superior sin que él se enterara. ¡Oh, vosotros los vivos que pasáis ante esta estela! Habréis de decir: Mil piezas de pan y cerveza sobre el altar del dios ... de Abidos, a favor del honorable superior de ganado menor Amenemhet, justo, señor de honor, y para su esposa, a la que ama de corazón, Kem, justa.” (EGIPTO. El mundo de los faraones. KÖNEMANN, 2.004)
Si el lector desea
comprobar la traducción, se muestra aquí debajo. El texto, en bajorrelieve está
en la parte superior y se lee, según lo que sabemos, de derecha a izquierda.
Abajo, la pareja de finados junto a una mesa de ofrendas, que, hasta en los
casos más humildes, contenía puerros y pan, entre otras cosas. Nótese la
perfección de los grabados, tanto los jeroglíficos como las figuras.
Estela
funeraria del funcionario Amenemhet. Museo Kestner, Hannover.
(Fuente: EGIPTO. El mundo de los faraones. KÖNEMANN, 2.004)
Asimismo, los vivos
pedían cosas a los difuntos. Un método ingenioso era hacer grabar la corta
petición en el fondo de un plato, que se ofrecía con la comida favorita del
difunto. De ese modo, una vez el difunto la hubiera comido, no podía menos de
leer el mensaje y hacerle caso. Como se ve, la ingenuidad de los antiguos era
notable, pero eso nos puede dar un atisbo de lo fácil que era convencer a todo
un pueblo y durante siglos de lo que el poder deseó. Lo cual no queda
circunscrito a la Antigüedad, ¡Dios nos libre de pensar tal cosa!
Otro método consistía en escribir el mensaje de petición y colocarlo entre los vendajes de la momia. Así, al fin se daría cuenta y lo transmitiría a la Divinidad ... Aunque no todo eran peticiones de favores. En algunos casos se pedía al alma del difunto que no mandara maldiciones sobre sus descendientes. Con eso ya era suficiente.
El hecho es que todos
los historiadores parecen estar de acuerdo en que el pueblo egipcio era un
pueblo sumiso, pacífico, profundamente religioso y muy hábil en las diferentes
técnicas. Otro hecho que parece ser admitido de manera general es que fue un
pueblo tremendamente estático, conservador de sus tradiciones durante tres
milenios, los que van desde 300 años antes de la fundación de Roma hasta
nuestros días, para hacernos una idea. Posiblemente el vivir aislados tuvo
mucho que ver con ese quietismo, ideal para los sembradores de costumbres, que
nunca serán sometidas a revisión.
Pero de las habilidades y de la paciencia del egipcio medio hablaremos a continuación. Quede tranquilo el lector que no vamos a tratar las siguientes dinastías con la minuciosidad que hemos analizado las cuatro que llevamos vistas. Una vez definido el marco constitucional, las cosas irán más rápidas. Pero necesitábamos conocer bien todo lo que tenga que ver con las ideas, que es lo nuestro.
Mañana, pues, nos tiramos a la calle y vamos a ver cómo vive el egipcio y la egipcia del montón. Que el mundo de los faraones es muy bonito, pero no es representativo.
Fernando Conde Torrens es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com hay comentarios y más información sobre este libro.