La vida en el antiguo Egipto 4

 © Copyright  Fernando Conde Torrens

 

 

        Hoy veremos las casas de los privilegiados, de los personajes de la corte, o de quienes se relacionan con ellos. Las llamaremos mansiones, porque lo son. También se las denomina villas, porque constan de un jardín, una capilla en el jardín, dependencias para los criados y hasta un lago, para reflexionar sobre la vida a su orilla, reflexión cómoda para el dueño de la mansión.

        Una vista aérea de una de tales mansiones, que el desierto, al igual que hizo con los Templos, tapó y protegió. Cuando se descubrió, en 1.924, las paredes tenían 2 m. de altura. La mansión tiene 450 metros cuadrados y está distribuida en tres bandas. Está dentro de una extensa finca, con capilla, estanque y otras dependencias.

Tell el-Amarna. En tiempos de Akhenaton, hacia 1.345.

Fuente: EGIPTO. El mundo de los faraones. KÖNEMANN, 2.004)

         Veamos otra casa de un funcionario, también en Amarna, la capital creada por Akhenatón, el faraón que trató de anular el poder de los sacerdotes de Amón, sin éxito. Precisamente porque la ciudad fue abandonada y declarada maldita, el desierto se la tragó, sin que nadie volviera a pensar en ella, y se han conservado las construcciones en bastante buen estado.

 

 Casa de un funcionario imperial en Amarna. Final de la XVIII dinastía.

Fuente: EGIPTO. El mundo de los faraones. KÖNEMANN, 2.004)

        En el caso actual, se trata de otro funcionario - cada faraón los necesitaba - cuya casa  se encuentra asimismo en el medio de una extensa finca. En este caso los muros son de adobe y se han conservado por haber sido enterrados por el desierto. Se ven en las paredes los restos del revoco original, que disimulaban la baja calidad de la pared. El pilón de piedra caliza, ante la escalera, no está en su posición primitiva.

        Otra casa, de otro funcionario de Amarna, es también de 450 metros cuadrados, dispuesta en tres bandas de habitaciones, como se puede ver en este plano. Está dentro de una villa, rodeada de una alta cerca y su alrededor hay dependencias exteriores como talleres, huertas, establos, hornos y almacenes.

        La mansión se divide en tres bandas en torno a una dependencia central C, alrededor de la cual se organiza la casa. La entrada es A, un vestíbulo, que da acceso a B, con 4 columnas, con habitaciones en los extremos. De allí se pasa a C, la sala de recepción. De esta sala se accede al tejado mediante una escalera y al resto de habitaciones. De ellas, la principal es D, el dormitorio, siempre en la parte más profunda de la mansión. Su gemelo es E, otro dormitorio. Ambos tienen acceso a las letrinas, F y G.

 (  Fuente: EGIPTO. El mundo de los faraones. KÖNEMANN, 2.004)

        Como se ve, los funcionarios o cortesanos, quienes ayudan al faraón a llevar la administración del Imperio viven de manera suntuosa. Pero hay que tener en cuenta que serían los modernos ministros, ni más ni menos. No deja de ser natural que el faraón recompense a sus servidores y les haga participar de su tren de vida. Lo que sucede en Egipto, como sucederá durante mucho tiempo, es que en esa sociedad no hay clase media. Lo de la clase media es un invento recentísimo, de ayer, como quien dice.

        Los funcionarios, los ministros, se jactan, cuando preparan sus tumbas, de que lo fueron y dejan en las paredes de sus mausoleos incluso la planta de su casa, como es el caso de Dyehutinefer, que en tiempos de Amenofis II, bisabuelo de Akhenatón, dejó, tabique por tabique, el plano de su casa, también a tres bandas, en su tumba de Tebas. 

Tebas Oeste, tumba de Dyehutinefer. Hacia 1.410.  

Fuente: EGIPTO. El mundo de los faraones. KÖNEMANN, 2.004)

        La habitación principal se distingue por su mayor altura.. Sobre el tejado, cinco graneros y dos hornos. En cada habitación se representa lo que en ella se hacía.

        Así pues, de este modo vivían los principales del reino. Es como si habláramos  de los ministros. Vivían bien, qué duda cabe ...

        Hemos de entrar a saco en la supuesta herejía de Akhenatón. Mantendré que no hubo tal, sino simple y llanamente, una lucha feroz por el poder. Akhenatón ganó mientras vivió. A su muerte, su sucesor y yerno, Tutankhaton - que cambiaría, obedientemente, su nombre a Tutankhamon - no tenía ni su prestigio ni su experiencia, y la casta sacerdotal de Amón, a la que el suegro había dejado en la ruina,  llevó de nuevo el agua a su molino. Pero para eso aún falta un poco, o como decía el otro, pocos y la mitad de un poco. Es decir, dos pocos y medio.

        Hasta mañana, pecadores. (No hay quién pueda con este vermouth ...)

 

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Fernando Conde Torrens es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com  hay comentarios y más información sobre este libro.