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Conde Torrens
Una de las características que debía cumplir todo egipcio para acceder a la otra vida era que el alma del difunto tuviera un cuerpo íntegro para residir en él. El cuerpo debía conservarse y, además, íntegro. Eso se lograba mediante la momificación, proceso en cuyos detalles no vamos a entrar, por ser suficientemente desagradables y conocidos por el respetable.
Otra condición para
acceder a la vida eterna era que el difunto recibiera obsequios y el recuerdo de
sus familiares. Esto era exigible a los difuntos pudientes. Ellos estaban
enterrados en tumbas perfectamente localizadas, provistas de un pequeño templo
o capilla que se podía visitar para depositar allí los obsequios que la
familia estimara oportuno.
Para ello, en los
templos funerarios había almacenes, para depositar allá las ofrendas y los
efectos personales del difunto. Porque el difunto debía llevar una vida en el Más
Allá del orden de la que llevaba en este mundo y para ello necesitaba sus
efectos personales, las cosas que más apreciaba. En el caso de personas
pudientes, el ajuar funerario era grande. El ajuar se reducía con la modestia
de la persona difunta. Pero esos ajuares funerarios, costumbre que se ha
practicado en casi todas las culturas, nos permiten saber, cuando los arqueólogos
los descubren, los usos de pueblos de hace milenios.
Vamos
a ver un ajuar funerario suntuoso que es precisamente el mejor conservado
de la historia, el del faraón Tutankhamon. Aún no hemos llegado a él, que es
de la XVIII dinastía - una dinastía que dará mucho que hablar - pero estamos
viendo por única vez los temas relacionados con la muerte entre los egipcios.
Entre los objetos más preciado del faraón veremos objetos de madera. Ya hemos
dicho que la madera se importa y está al alcance de poquita gente, pero del
faraón desde luego que sí.
Parte del ajuar
funerario de Tutankhamon tal y como se encontró.
(Fuente: Historia
Universal SALVAT.)
Parece que en esta
ocasión, y puesto que nadie entró en la tumba, los sacerdotes fueron un tanto
descuidados y no se molestaron en armar el carro del faraón, ni en dejar las
cosas con cierto orden. Pero, como sólo ellos entraban en la tumba ...
Hay tanta información
sobre Tutankhamon que no me resisto a facilitar un par de imágenes relacionadas
con el joven faraón. Murió joven y después de reinas apenas diez años. Por
la época en cuestión, los enterramientos no se hacen ya en pirámides
aisladas, sino en un cementerio real amplio, el Valle de los Reyes.
Quiere el azar que,
para construir la tumba de un faraón posterior, los trabajos de amontonamiento
de la tierra extraída se coloque sobre la puerta de la tumba de Tutamkhamon.
Eso salvará su tumba del expolio universal y nos legará su ajuar íntegro. Había
que hacer una verdadera excavación para acceder a la entrada de la tumba y eso
era muy llamativo. Sólo lo hará alguien en el siglo XX.
Diremos en breve que
los egipcios eran magníficos artesanos. Los ataúdes de los faraones, cuya
muestra única es el de nuestro joven faraón, es una prueba de su buen hacer y
de su técnica. El ataúd era de oro labrado, con incrustaciones. Había tres,
uno dentro de otro, como muñecas rusas. Una foto del momento del
descubrimiento, Carter revisando su recién realizado hallazgo.
Carter abre el
primer sarcófago de Tutankhamon.
(Fuente: Historia
Universal SALVAT.)
Dentro del primer sarcófago, de oro, hay un segundo, del mismo material, y dentro de él, un tercero. Dentro ... la momia del joven faraón, sucesor en el trono de Akenhaton.
El sarcófago
interior, el que contiene el cuerpo momificado del faraón, tal y como se expone
en la actualidad en el Museo Egipcio de El Cairo.
Sarcófago
interior de Tutankhamon. Detalle.
(Fuente: Historia
Universal SALVAT.)
Un detalle de la
parte central de dicho sarcófago, prolongación de la foto anterior, donde
puede apreciarse la labor de los artesanos egipcios de entre 1.333 y 1.323 AEC,
justo mil años antes de que Alejandro Magno le estropeaba el Imperio Persa a Darío III.
Sarcófago
interior de Tutankhamon. Detalle.
(Fuente: Historia
Universal SALVAT.)
Volveremos sobre este particular y conocido faraón cuando lleguemos a su dinastía, la 18. Mañana seguimos hablando y viendo casos menos vistosos, pero no por eso menos pedagógicos.
Fernando Conde Torrens es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com hay comentarios y más información sobre este libro.