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Cuando ya llevamos
varios artículos sobre la Historia de la tribu, tal vez sea bueno hacer un
pequeño alto en el camino y situar esta serie en el cuadro general al que este
blog se dedica, el trabajo de Simón. A fin de que nuestro asiduo, o no tan
asiduo, lector comprenda y sitúe el trabajo actual en el lugar que ocupa.
Diremos primero lo
que esta serie no es. No es una salida para seguir manteniendo el blog en
marcha, para lo que hay que acudir a temas que nada tienen que ver con el tema
original. No es hablar por no callar, o por no saber qué decir.
La serie sobre la
Historia, arrancando la misma desde atrás, trata de lograr dos propósitos al
mismo tiempo. El primero, ganar tiempo mientras prosigue la investigación con
nuevas bases, dando tiempo a que la misma se termine. Y en segundo lugar y en
este tiempo, completar el cuadro de la Historia general en el que la historia de
unos escritos quedó inscrita, tratando asuntos que tienen mucho que ver con
nuestro tema central, el origen de nuestra manera de ver la vida. Y la historia
de tales escritos no quedó escrita por voluntad del autor de estas líneas,
sino por causa de quienes, en un momento dado de la Historia, tomaron ciertas
decisiones y realizaron ciertos actos.
He leído, y en boca
de profesionales, que en los tiempos referidos, principios del siglo IV, ciertos
esfuerzos serían imposibles o impensables. ¿Cómo va a inventarse Eusebio
tanta obra diversa? ¿Cómo va a eliminar Constantino todas las obras antiguas
originales y sustituirlas por las manipuladas?
Vamos a ver que cosas
mucho más difíciles se hicieron en tal época y en épocas muy anteriores al
siglo IV de nuestra era. La miopía modernista a que me he referido consiste en
que nos hemos quedado prendados de nuestros logros tecnológicos y organizativos
y cuando miramos con displicencia hacia el pasado, pensamos de nuestros
antepasados que eran unos palurdos, incapaces de organizar empresas complejas.
Pensamos que nosotros no sólo lo hacemos todo mejor que ellos, sino que únicamente
nosotros somos capaces de realizar ciertas hazañas. Y ése es un craso error.
Todas las catedrales
románicas y góticas son prueba palpable de tal error. Todos los acueductos que
aún se tienen en pie demuestran lo contrario. Y todos los anfiteatros (como el
Coliseo de Roma) que siguen en pie y que se utilizan, para espectáculos en la
actualidad, con modernos andamios metálicos colocados sobre los pétreos
sillares colocados por los romanos hace 1.800 ó 2.000 años, lo prueban también.
Cuando el Empire State dure 2.000 años sin caerse, entonces habremos igualado
el record de los egipcios o de los romanos, siempre que todos los coliseos y
acueductos romanos hayan sucumbido, al unísono, para entonces, porque si siguen
en pie, tampoco habremos demostrado ser mejores constructores que ellos.
De modo que podemos
aprender de la Historia, porque en tiempos pasados se han dado situaciones como
la que ahora nos ocupa, porque en tiempos pasados ha habido personas con cabezas
centradas que han resuelto problemas como el que tenemos planteado, porque
tratar de temas a lo largo de siglos nos va a permitir reflexionar y discutir
sobre asuntos de plena actualidad, porque muchas y muy sabrosas cosas se han
visto en los 25 siglos últimos, por ser comedido en los objetivos.
De modo que revisar
la Historia y sacar utilidad a tal revisión no es una tarea vana. Pero por
encima de ello está el hecho de que una investigación no es algo de lo que se
pueda llevar un Diario y publicarlo día a día en plan reportaje.
Hay tiempos muertos,
el tiempo que se tarda en conseguir una determinada fuente de información, un
libro que se precisa consultar. Hay intentos baldíos, sendas que parecen
prometedoras a primera vista, pero que, una vez recorridas en parte, se ve que
son intransitables o inútiles. Hay días en que uno no puede sacar tiempo para
analizar nada, día que se pasa en blanco.
De ahí que sea
imposible ligar el tema del artículo cotidiano con la marcha de la investigación.
Son dos cosas que han de ir por caminos que solo confluyen cuando hay algo
importante que comunicar. Espero y deseo que ese hecho se dé a no mucho tardar,
pero en eso no se manda, las cosas aparecen cuando ellas quieren, no bajo
pedido.
Los artículos del
blog suponen novedades incluso para mí mismo. Claro que muchas cosas las saco
de archivos que ya tengo vistos y elaborados desde hace años. Pero otra no. Por
ejemplo, el descifrado de las escrituras cuneiforme y jeroglífica. No habría
llegado al tema de no haber sido por el blog. Esa es una buena utilidad, incluso
para el autor de estas líneas.
Todos los artículos
se escriben ex profeso para el blog. Y poner las ideas en orden, cosa necesaria
para quien escribe, es también otro fruto positivo del blog. Pero sobre todo
tal vez lo más importante sea la situación en la que ahora estamos. A fin de
que se entienda sin demasiada longitud, diría que la situación, representada
en un escenario, sería como sigue.
Entra por la puerta
de la izquierda un personaje con pinta de sabio despistado, con los pelos
revueltos, rollos y legajos bajo ambos brazos y en bata. Felizmente hay una mesa
en el medio del escenario, donde deja los papeles. Hay también una pizarra,
donde empieza a escribir versículos de un Evangelio en letra roja. Luego
resalta ciertas letras encerrándolas en cuadrados. Con dichas letras se forma
la palabra SIMÓN. Llena la pizarra de líneas en rojo y firmas de Simón en
recuadros. Está la mar de enfrascado en su tarea cuando por la puerta de la
derecha entra un amigo suyo de la juventud, que ahora es párroco en un
pueblecito situado en medio de la sierra madrileña.
El que entró primero
le dice al segundo: “Hola Juan Carlos, precisamente tenía ganas de enseñarte
todas estas firmas de un tal Simón que he encontrado en todos los Evangelios,
mira, mira ...”
El segundo personaje
por orden de aparición, le da unas palmaditas en la espalda y, moviendo la
cabeza, le amonesta cariñosamente: “Vaya, vaya, Fernando. Tú, como la
hormiguita, siempre tan trabajador. Pero tengo una mala noticia que darte, eso
que has hecho no vale para nada, porque la estructura actual de los Evangelios
no es la primitiva. Un caballero medieval se inventó una estructura nueva y los
versículos son invento suyo, de modo que la forma que dio a su escrito San
Mateo no es la que ahora está en los libros. La que está en los libros es sólo de
finales de la Edad Media, de modo que tus firmas no sirven para nada, no
demuestran nada ... Lo siento por todo el tiempo que has invertido en esto y me
alegro por lo que significa para mí.”
Luego, ambos amigos
toman una cerveza que sacan del falso frigorífico que hay en el escenario y el
párroco, vestido de calle, sale por su puerta. Se queda solo el otro personaje
y piensa en voz alta, única forma de que el público se entere:
“Si seré tonto ...
sabía que se habían enterado en pleno siglo IV de la faena de Simón y por eso
tradujeron los textos al latín, crearon la Vulgata y prohibieron el uso de los
textos griegos. ¿Cómo iban a dejar allá, delante de todo el mundo, las firmas
delatoras? ¡Tenían que cambiar la disposición del texto y lo hicieron!
Hubiera sido suicida no hacerlo. Soy tonto de remate ...
Pero bueno, al
menos denunciar el hecho ha servido para que me digan “No, estás buscando en
el espacio equivocado, tienes que buscar en otro lugar, el que te hemos puesto
delante tiene trampa, je, je”. Les haré caso y buscaré en el lugar correcto."
Y eso es lo que estoy haciendo. Mientras las cosas se aclaran, un poco de Historia, para animar la espera, no vendrá mal, que el saber no ocupa lugar.
Fernando Conde Torrens es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com hay comentarios y más información sobre este libro.