Champollion y la piedra Roseta(sept51)

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            “Decíamos ayer ...” cómo trabajó Young con la piedra Roseta y los descubrimientos sobre los jeroglíficos egipcios que con la misma realizó. Tal vez comprendió que no iba a deducir más aspectos y se retiró del trabajo, tras haber publicado en la Enciclopedia Británica de 1.819 sus hallazgos con las conclusiones que se indicaron en el artículo anterior.

            El continuador de la obra de Young fue Champollion, aunque él mismo negó rotunda y reiteradamente que se hubiera basado en lo averiguado por investigadores anteriores. El libro que sigo, "Los lenguajes perdidos", de P.E. Cleator, Ediciones Orbis, S.A., 1.986, da una resumida biografía de Jean-François Champollion, nacido en Francia en 1.790 y muy aficionado desde la juventud a las lenguas orientales. Por medio de su hermano viaja a Grenoble el año 1.801. Conoce allí al matemático Fourier, miembro de la expedición de Napoleón a Egipto, quien posee una colección de antigüedades egipcias. Al saber que no se conoce el sentido de la escritura egipcia, se supone que se propuso averiguar tal cosa. Lo cierto es que se dedica al estudio de las tres escrituras egipcias desde edad temprana y ya en 1.821, apenas después de la retirada de Young de escena, publica un trabajo sobre la escritura hierática, donde expresa que ésta y la jeroglífica tienen mucho en común y opina que son del tipo de ideogramas y no alfabéticas. 

            Un año después, sin embargo, cambia de opinión y redacta un Informe a la Academia con una tabla de signos fonéticos, defendiendo la naturaleza alfabética de los cartuchos y descifrando varios. Este Informe lo colocaría en primera fila de los investigadores sobre la escritura jeroglífica, para sus defensores, por más que también tuvo numerosos detractores que no creían en la bondad de sus hallazgos. Pero de éstos hablaremos más tarde, vayamos ahora al trabajo de Champollion y a cómo llegó a las conclusiones a que llegó. 

            Recordemos que Young había aportado varias pistas muy valiosas, citadas el final del artículo anterior. No obstante, no se sabía si eran correctas o no. La piedra Roseta sólo ofrecía el nombre de Ptolemaios/Ptolmis = Ptolomeo como referencia aislada, dentro de un cartucho. Ya Young había recurrido a otro cartucho, descubierto en Karnak, con el nombre de la esposa de Ptolomeo I, Berenice, pero su lectura no fue afortunada. Por su parte, Champollion buscó nuevos documentos egipcios en los que hallar nombre de faraones y en el papiro Casati creyó haber encontrado el nombre de Cleopatra. Ello quedó confirmado cuando llegaron a manos de Champollion las inscripciones del obelisco de Filé.

        El obelisco de Filé.

Años antes de la conquista de Egipto por los romanos, gobierna Egipto la dinastía ptolomea, los descendientes del general de Alejandro Magno, Ptolomeo. Éste tomará el nombre de Ptolomeo I, Soter, que en griego significa Salvador: Salvó a los egipcios de no ser gobernados por los Ptolomeos. Todos sus descendientes se harán llamar Ptolomeo y, al ser muchos, sólo se les distinguirá por el calificativo posterior, ninguno de los cuales será ya Soter. El que rige Egipto en estos momentos es Ptolomeo IV Epífanes, el distinguido, el de la Epifanía. Casado con Cleopatra I, ésta le dará dos hijos y una hija, Cleopatra II. Ésta dará a luz a un heredero y a una niña, Cleopatra III. Uno de los hijos de Ptolomeo IV muere en la guerra de turno. El otro se casa con su hermana, mata al hijo de ésta y como segunda esposa toma a la hija de Cleopatra II, Cleopatra III.  Como indica el autor del libro con cierto sentido del humor, Cleopatra II se ve en la atípica situación de estar casada con el asesino de su hijo, y de compartir los favores de su marido con su hija. De ese modo, todo queda en la familia y no habrá problemas a la sucesión. Es este trío de futuros dioses - todos los faraones se convertían en ello a su muerte, decidido por los sacerdotes - los que rigen los destinos de Egipto desde el año 193 AEC. Los sacerdotes del templo de Filé hacen una petición al faraón reinante, que no vayan tantos soldados y oficiales a comer cada día gratis al Templo, éste accede a tal petición y se erigen dos obeliscos a la entrada del templo de Filé con tal orden faraónica, en escritura jeroglífica y en griego.

Descubierto el monolito en 1.815, su descubridor, W.J. Bankes, lo envía a Alejandría y de allí lo embarca con destino a su casa, en Dorset, Inglaterra, donde lo volvió a levantar en el jardín. (Así se hacían las cosas en aquel encantador siglo XIX). Traduciendo la versión griega, quedó claro que los cartuchos debían contener los nombres de Ptolomeo y Cleopatra. Bankes hace copia de los cartuchos y los distribuye a los investigadores europeos en jeroglíficos egipcios. Estas copias llegarán a manos de Young y Champollion. El primero no hace mucho caso de él, pero no así Champollion, que en enero de 1.822 recibe lo que estaba esperando.

Lo que Champollion quiere es cotejar los signos de uno y otro nombre y saber así si la escritura jeroglífica es o no alfabética. La comparación viene a continuación.

 

          Y le fue fácil a Champollion comprobar que las letras 1ª, 3ª y 4ª de PTOLMIS se repetían en CLEOPATRA. Ello demostraba que, al menos en tiempo de los Ptolomeos, la escritura jeroglífica trataba de temas profanos, la petición lo era, y era alfabética, al menos cuando reproducía nombres extranjeros. Para los signos T en ambos nombres, Champollion dedujo que la misma letra se podía escribir de dos formas distintas, lo cual resultó correcto.

            Armado con el conocimiento de las letras de ambos nombres, fue capaz de traducir los contenidos de otros cartuchos, como el siguiente.

 

               Conociendo las letras que se indican, 

1  2  3  4  5  6  7  8  9.

A  L    S E      T R   .

dedujo que se trataba de ALKSENTRS, Alejandro, con lo que conoció tres nuevos signos. En unas pocas semanas, estudiando numerosos cartuchos disponibles, pero no traducidos aún, llegó a definir del orden de 100 signos jeroglíficos. Aclaró los calificativos que los faraones se aplicaban a sí mismos, que eran Autocrátor y César, frecuentemente expresados de varias formas diferentes, obstáculo que Young no había logrado superar.

             El 14 de Noviembre de 1.822.

Pero no acabaron aquí sus hallazgos. Con muy bien criterio, Young había adelantado que tal vez en la época de los Ptolomeos, esto es, en la época en que el griego se incorpora al lenguaje de los egipcios - griegos son sus faraones - los signos podían tener valor alfabético. Champollion está abierto a que eso pudo no ser siempre así. Y cuando el 14 de Noviembre de 1.822 analiza el cartucho siguiente - mucho más antiguo y sumamente corto, recibido de un arquitecto, Mr. Huyot - lee los signos de otro modo.

 

                El final del texto son dos letras S. El primer signo representa el sol, que en copto, otro idioma egipcio, es RA. La trascripción de ello sería

 RA        S    S

lo que le recuerda de inmediato a Ramsés, el faraón del Éxodo hebreo. En la piedra Roseta Champollion descubrió tal signo central ligado al vocablo griego de “natalicio”. En copto halló que la traducción egipcia sería MS o bien MAS. Ello le hizo traducir el cartucho por

 RA  MAS  S  S

 “hijo de Ra”, el Sol, “Ra le engendró”. Tal descubrimiento se confirmó mediante la traducción de este otro cartucho.

 

Un ibis era el signo del dios Toth. Luego el nombre debiera ser TOTHMASS, nuestro Tutmosis. 

Hay que tener en cuenta que en nuestro idioma colocamos las vocales de modo que se tienda a hacer cada nombre extranjero pronunciable y familiar. Así, cambiamos sin ningún reparo el original London por Londres, sin ir más lejos. Tengo entendido que los daneses insisten en que la capital de su país, Danmark, es Kobenhavn, que nosotros escribimos Copenhague, capital de Dinamarca, sin pestañear. Lo mismo sucede con los nombres que los egipcios dieron a sus faraones y a los advenedizos macedonios, cuando los miramos desde nuestras meninges.

Champollion llegó a la conclusión de que los jeroglíficos egipcios no tenían sólo valor fonético, formando una escritura de tipo alfabético, ni eran exclusivamente signos ideográficos, sino que la escritura jeroglífica encerraba una combinación de ambas formas.  Quince días más tarde envió a la Academia su “Carta de Mr. Dacier sobre el alfabeto de los jeroglíficos egipcios”, en la que exponía sus hallazgos de índole alfabética, pero se reservaba el último descubrimiento, le relativo al valor ideográfico. Este último aspecto, de vital importancia para comprender el sentido de la escritura jeroglífica, lo revelará en su magistral tratado “Precisiones al sistema jeroglífico”, París, 1.824, dos años más tarde.

Sus últimos años.

Acto seguido, Champollion visita Turín y varias ciudades europeas, estudiando colecciones de papiros, viaja a Egipto, comisionado por el Gobierno francés, donde se pasa dos años copiando inscripciones y a su vuelta se pone a estudiar todo el material recogido. Desgraciadamente, a los 42 años, en 1.832, cae enfermo y muere al poco tiempo. Su hermano, que le ha acompañado en gran parte de su azarosa vida, proseguirá los trabajos iniciados y terminará de publicar cuanto Campollion dejara inconcluso. No he mencionado que Champollion será rechazado en algunos puestos oficiales por sus inclinaciones políticas, era bonapartista.

Sus trabajos recibieron críticas inmerecidas. No fueron debidamente apreciadas en vida del descubridor. No diré los nombres de quienes se opusieron a su tratado “Precisiones al sistema jeroglífico”, defendiendo que todo era un error y que los jeroglíficos eran símbolos sagrados, que los cartuchos contenían fórmulas mágicas y máximas resumidas o que Champollion no había jugado limpio con sus fuentes.

Felizmente la verdad acaba por imponerse, y en 1.837, Lepsius escribió su “Carta al Profesor Rosellini”, autor de “Monumentos de Egipto y de Nubia” (Pisa, 1.832), en la que analizaba la obra de Champollion con profundidad y le daba la razón.

Será en 1.866 cuando una expedición científica alemana, de la que Lepsius formará parte, descubre una losa de piedra con el Decreto de Canopo, en versión griego, jeroglífica y demótica. Con él se pudo confirmar que los hallazgos de Champollion se ajustaban a la realidad.

Han pasado 44 años desde aquel lejano 1.822, pero la Ciencia ha dado un nuevo paso y algo que en 1.822 era desconocido, se domina ya en 1.866. A estos descubrimiento siguieron estudios gramaticales profundos de diversos autores, que han hecho que la escritura jeroglífica sea algo, si no dominado, sí ampliamente conocido.

Mañana, otro gran enigma, la escritura cuneiforme. Luce así.

Enlace al próximo día

Fernando Conde Torrens es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com  hay comentarios y más información sobre este libro.