Champollion
y la piedra Roseta(sept51)
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Fernando Conde Torrens
“Decíamos ayer ...” cómo trabajó Young con la piedra Roseta y los
descubrimientos sobre los jeroglíficos egipcios que con la misma realizó. Tal
vez comprendió que no iba a deducir más aspectos y se retiró del trabajo,
tras haber publicado en la Enciclopedia Británica de 1.819 sus hallazgos con
las conclusiones que se indicaron en el artículo anterior.
El continuador de la obra de Young fue Champollion, aunque él mismo negó
rotunda y reiteradamente que se hubiera basado en lo averiguado por
investigadores anteriores. El libro que sigo, "Los lenguajes perdidos",
de P.E. Cleator, Ediciones Orbis, S.A., 1.986, da una resumida biografía de
Jean-François Champollion, nacido en Francia en 1.790 y muy aficionado desde la
juventud a las lenguas orientales. Por medio de su hermano viaja a Grenoble el año
1.801. Conoce allí al matemático Fourier, miembro de la expedición de Napoleón
a Egipto, quien posee una colección de antigüedades egipcias. Al saber que no
se conoce el sentido de la escritura egipcia, se supone que se propuso averiguar
tal cosa. Lo cierto es que se dedica al estudio de las tres escrituras egipcias
desde edad temprana y ya en 1.821, apenas después de la retirada de Young de
escena, publica un trabajo sobre la escritura hierática, donde expresa que ésta
y la jeroglífica tienen mucho en común y opina que son del tipo de ideogramas
y no alfabéticas.
Un año después, sin embargo, cambia de opinión y redacta un Informe a
la Academia con una tabla de signos fonéticos, defendiendo la naturaleza alfabética
de los cartuchos y descifrando varios. Este Informe lo colocaría en primera
fila de los investigadores sobre la escritura jeroglífica, para sus defensores,
por más que también tuvo numerosos detractores que no creían en la bondad de
sus hallazgos. Pero de éstos hablaremos más tarde, vayamos ahora al trabajo de
Champollion y a cómo llegó a las conclusiones a que llegó.
Recordemos que Young había aportado varias pistas muy valiosas, citadas
el final del artículo anterior. No obstante, no se sabía si eran correctas o
no. La piedra Roseta sólo ofrecía el nombre de Ptolemaios/Ptolmis = Ptolomeo
como referencia aislada, dentro de un cartucho. Ya Young había recurrido a otro
cartucho, descubierto en Karnak, con el nombre de la esposa de Ptolomeo I,
Berenice, pero su lectura no fue afortunada. Por su parte, Champollion buscó
nuevos documentos egipcios en los que hallar nombre de faraones y en el papiro Casati
creyó haber encontrado el nombre de Cleopatra. Ello quedó confirmado cuando
llegaron a manos de Champollion las inscripciones del obelisco de Filé.
El obelisco de Filé.
Años antes de la conquista de
Egipto por los romanos, gobierna Egipto la dinastía ptolomea, los
descendientes del general de Alejandro Magno, Ptolomeo. Éste tomará el nombre
de Ptolomeo I, Soter, que en griego significa Salvador: Salvó a los
egipcios de no ser gobernados por los Ptolomeos. Todos sus descendientes se harán
llamar Ptolomeo y, al ser muchos, sólo se les distinguirá por el calificativo
posterior, ninguno de los cuales será ya Soter. El que rige Egipto en
estos momentos es Ptolomeo IV Epífanes, el distinguido, el de la Epifanía.
Casado con Cleopatra I, ésta le dará dos hijos y una hija, Cleopatra II. Ésta
dará a luz a un heredero y a una niña, Cleopatra III. Uno de los hijos de
Ptolomeo IV muere en la guerra de turno. El otro se casa con su hermana, mata al
hijo de ésta y como segunda esposa toma a la hija de Cleopatra II, Cleopatra
III. Como
indica el autor del libro con cierto sentido del humor, Cleopatra II se ve en la
atípica situación de estar casada con el asesino de su hijo, y de compartir
los favores de su marido con su hija. De ese modo, todo queda en la
familia y no habrá problemas a la sucesión. Es este trío de futuros dioses -
todos los faraones se convertían en ello a su muerte, decidido por los
sacerdotes - los que rigen los destinos de Egipto desde el año 193 AEC. Los
sacerdotes del templo de Filé hacen una petición al faraón reinante, que no
vayan tantos soldados y oficiales a comer cada día gratis al Templo, éste
accede a tal petición y se erigen dos obeliscos a la entrada del templo de Filé
con tal orden faraónica, en escritura jeroglífica y en griego.
Descubierto el monolito en
1.815, su descubridor, W.J. Bankes, lo envía a Alejandría y de allí lo
embarca con destino a su casa, en Dorset, Inglaterra, donde lo volvió a
levantar en el jardín. (Así se hacían las cosas en aquel encantador siglo
XIX). Traduciendo la versión griega, quedó claro que los cartuchos debían
contener los nombres de Ptolomeo y Cleopatra. Bankes hace copia de los cartuchos
y los distribuye a los investigadores europeos en jeroglíficos egipcios. Estas
copias llegarán a manos de Young y Champollion. El primero no hace mucho caso
de él, pero no así Champollion, que en enero de 1.822 recibe lo que estaba
esperando.
Lo que Champollion quiere es cotejar los signos de uno y otro nombre y saber así si la escritura jeroglífica es o no alfabética. La comparación viene a continuación.

Armado con el conocimiento de las letras de ambos nombres, fue capaz de traducir los contenidos de otros cartuchos, como el siguiente.

1 2 3 4 5 6 7 8 9.
A L S E T R .
dedujo que se trataba de ALKSENTRS, Alejandro, con lo que conoció tres nuevos signos. En unas pocas semanas, estudiando numerosos cartuchos disponibles, pero no traducidos aún, llegó a definir del orden de 100 signos jeroglíficos. Aclaró los calificativos que los faraones se aplicaban a sí mismos, que eran Autocrátor y César, frecuentemente expresados de varias formas diferentes, obstáculo que Young no había logrado superar.
Pero no acabaron aquí sus hallazgos. Con muy bien criterio, Young había adelantado que tal vez en la época de los Ptolomeos, esto es, en la época en que el griego se incorpora al lenguaje de los egipcios - griegos son sus faraones - los signos podían tener valor alfabético. Champollion está abierto a que eso pudo no ser siempre así. Y cuando el 14 de Noviembre de 1.822 analiza el cartucho siguiente - mucho más antiguo y sumamente corto, recibido de un arquitecto, Mr. Huyot - lee los signos de otro modo.

RA
S S
lo que le recuerda de inmediato a Ramsés, el faraón del Éxodo hebreo. En la piedra Roseta Champollion descubrió tal signo central ligado al vocablo griego de “natalicio”. En copto halló que la traducción egipcia sería MS o bien MAS. Ello le hizo traducir el cartucho por
RA MAS S S
“hijo de Ra”, el Sol, “Ra le engendró”. Tal descubrimiento se confirmó mediante la traducción de este otro cartucho.

Un ibis era el signo del dios
Toth. Luego el nombre debiera ser TOTHMASS, nuestro Tutmosis.
Hay que tener en cuenta que en
nuestro idioma colocamos las vocales de modo que se tienda a hacer cada nombre
extranjero pronunciable y familiar. Así, cambiamos sin ningún reparo el
original London por Londres, sin ir más lejos. Tengo entendido que los daneses
insisten en que la capital de su país, Danmark, es Kobenhavn, que nosotros
escribimos Copenhague, capital de Dinamarca, sin pestañear. Lo mismo sucede con
los nombres que los egipcios dieron a sus faraones y a los advenedizos
macedonios, cuando los miramos desde nuestras meninges.
Champollion llegó a la conclusión
de que los jeroglíficos egipcios no tenían sólo valor fonético, formando una
escritura de tipo alfabético, ni eran exclusivamente signos ideográficos, sino
que la escritura jeroglífica encerraba una combinación de ambas formas.
Quince días más tarde envió a la Academia su “Carta de Mr. Dacier
sobre el alfabeto de los jeroglíficos egipcios”, en la que exponía sus
hallazgos de índole alfabética, pero se reservaba el último descubrimiento,
le relativo al valor ideográfico. Este último aspecto, de vital importancia
para comprender el sentido de la escritura jeroglífica, lo revelará en su
magistral tratado “Precisiones al sistema jeroglífico”, París, 1.824, dos
años más tarde.
Sus últimos años.
Acto seguido, Champollion visita
Turín y varias ciudades europeas, estudiando colecciones de papiros, viaja a
Egipto, comisionado por el Gobierno francés, donde se pasa dos años copiando
inscripciones y a su vuelta se pone a estudiar todo el material recogido.
Desgraciadamente, a los 42 años, en 1.832, cae enfermo y muere al poco tiempo.
Su hermano, que le ha acompañado en gran parte de su azarosa vida, proseguirá
los trabajos iniciados y terminará de publicar cuanto Campollion dejara
inconcluso. No he mencionado que Champollion será rechazado en algunos puestos
oficiales por sus inclinaciones políticas, era bonapartista.
Sus trabajos recibieron críticas
inmerecidas. No fueron debidamente apreciadas en vida del descubridor. No diré
los nombres de quienes se opusieron a su tratado “Precisiones al sistema
jeroglífico”, defendiendo que todo era un error y que los jeroglíficos eran
símbolos sagrados, que los cartuchos contenían fórmulas mágicas y máximas
resumidas o que Champollion no había jugado limpio con sus fuentes.
Felizmente la verdad acaba por imponerse, y en 1.837, Lepsius escribió su “Carta al Profesor Rosellini”, autor de “Monumentos de Egipto y de Nubia” (Pisa, 1.832), en la que analizaba la obra de Champollion con profundidad y le daba la razón.
Será en 1.866 cuando una
expedición científica alemana, de la que Lepsius formará parte, descubre una
losa de piedra con el Decreto de Canopo, en versión griego, jeroglífica y demótica.
Con él se pudo confirmar que los hallazgos de Champollion se ajustaban a la
realidad.
Han pasado 44 años desde aquel
lejano 1.822, pero la Ciencia ha dado un nuevo paso y algo que en 1.822 era
desconocido, se domina ya en 1.866. A estos descubrimiento siguieron estudios
gramaticales profundos de diversos autores, que han hecho que la escritura
jeroglífica sea algo, si no dominado, sí ampliamente conocido.
Mañana, otro gran enigma, la escritura cuneiforme. Luce así.

Fernando Conde Torrens es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com hay comentarios y más información sobre este libro.