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Grotefend había hecho lo más
difícil, pero el trabajo no estaba terminado. Se trataba de descifrar el
alfabeto cuneiforme, si de un alfabeto se trataba. Lo hecho representaba el
trabajo de comparar el texto jeroglífico con el texto griego de la piedra
Rosetta. Grotefend había obtenido la equivalencia partiendo casi de la nada.
En la hipótesis de que el texto fuera, efectivamente, el que Grotefend había supuesto, la coincidencia de letras debería aportar la confirmación de que la hipótesis básica era correcta. De modo que ahora faltaba averiguar la forma en que estos nombres ase escribían en su idioma original.
Grotefend comenzó con la primera inscripción. Una vez más, Grotefend se basó en las traducciones hechas por investigadores anteriores sobre textos sagrados hindúes. De allí dedujo que Hystaspes debiera escribirse de una de cuatro formas distintas. Eligió la que más le convenció, G o sh t a s p, con siete signos. Por su parte, aproximó la palabra Darío mediante la grafía D a r h e u sh. La primera comprobación residía en la letra A, hallada con anterioridad por Münther. Era común a ambos nombres y estaba en los lugares adecuados.

Fuente: P.E.Cleator, Los lenguajes perdidos, Barcelona, Ediciones Orbis, S.A,.1.986, pág. 102
Por otra parte, también el
signo para la consonante “sh” también estaba en su sitio con
la hipótesis realizada sobre escritura de ambos nombres. Nuevas comprobaciones
surgieron cuando Grotefend añadió el tercer nombre del segundo monarca,
nuestro Jerjes, que para Grotefend era Sh h a r sh a. Cotejó los signos
de ambas inscripciones.

Fuente: P.E.Cleator, Los lenguajes perdidos, Barcelona, Ediciones Orbis, S.A,.1.986, pág. 102
Todo parecía coincidir, con la
excepción de la primera letra de Jerjes, que faltaba. Basándose en referencias
antiguas y modernas, Gotefrend completó el nombre de Jerjes con una letra
inicial, la “k”. De modo que, gracias a los tres nombres citados, pudo
hallar la equivalencia a 13 signos cuneiformes, incluida la letra “A”
descubierta por Münther. Más tarde se comprobó que 4 de estos signos eran erróneos,
pero a pesar de ello, el camino iniciado por Grotefend fue muy acertado. Sus
primeros hallazgos fueron publicados en 1.802.
Un par de investigadores discrepaban sobre la tumba de Ciro. Uno de ellos veía grandes semejanzas entre la supuesta tumba de la madre de Salomón, hallazgo arqueológico de la época, y la descripción que de la tumba de Ciro hacía algún historiador griego antiguo. Sometidas las inscripciones de dicha tumba a Grotefend, captó de inmediato que el idioma de las mismas era idéntico y pudo, tras algunas alteraciones en la buena dirección, deducir el nombre de Ciro en cuneiforme persa.

De modo que subió a 14 los signos descubiertos, de los cuales 12 fueron hallazgo suyo. Hallazgo realizado ya en 1.816. Pero esto le es reconocido hoy en día. En su tiempo, las cosas fueron distintas. Gran parte de las autoridades de su época se opusieron a los hallazgos de Grotefend y hasta le impidieron publicar varias de sus comunicaciones. Grotefend falleció en 1.853 sin que sus descubrimientos fueran reconocidos y sí ampliamente rechazados.
Tuvo que ser otro investigador quien, 40 años después de la muerte de Grotefend, desempolvara sus escritos y lograra que fueran aclamados como un hito en el descifrado de la escritura cuneiforme. De modo que el problema, aunque resuelto, no lo parecía. Hay que esperar a otro investigador, al que no dudo en considerar un francotirador. Pero antes vendrán otra serie de investigadores que lograrán sus éxitos del modo que descubriremos mañana.
Fernando Conde Torrens es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com hay comentarios y más información sobre este libro.