Estos artículos fueron escritos en los días siguientes al 10 de Noviembre de 1.989. No soñaba entonces con una web, cosa que entonces ni sabía que existiera. Exponen las cosas de la Realidad con un lenguaje que corre paralelo a lo que en la web vamos apuntando. El lector sabrá disculpar las duplicidades, aunque una cosa dicha dos veces no por ello desmerece. Lo que tiene que ser es correcta.
Está bien visto reproducir estos artículos en todo o en parte, con la única servidumbre de citar su origen, reproducir las líneas en rojo finales o establecer un enlace a este sitio.
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Hemos tratado ya en varios artículos cómo pueden ser las cosas. Hemos planteado una hipótesis como alternativa a otras hipótesis que circulan por el mundo. Y hemos argumentado a favor de nuestra tesis. Hemos repetido que no es a la mente a la que planteamos nuestras hipótesis, sino a lo que en el humano está por encima de la mente. Aquí, a eso le llamamos Fondo. Se le puede llamar también espíritu, principio rector, Conciencia, Corazón, Yo Soy o de otros modos
Lo ideal sería que sometiéramos a la “voz interior” cuanto nos viene de fuera. Porque en nuestro interior puede actuar una capacidad que discierne la Verdad de lo que no es Verdad. Puede actuar si le consultamos. No actuará si, por creer que no existe, nunca la planteamos nada. Consultada, esa “luz interior” emana una sutil certidumbre cuando se topa con algo que pertenece a la Verdad.
A esa “luz” quisiéramos que el lector presentase cuanto aquí le sugerimos. Y de antemano nos atenemos a su veredicto. Tal vez ésa sea también la postura del propietario de la “luz”. Lo que no le recomendaremos nunca es que acalle la “voz” o haga caso omiso de las claridades que su “luz” aporte por seguir la moda, la rutina o el hábito. Estaría perdiendo una ocasión preciosa de realización, que es como ahora se llama al hecho de evolucionar.
Como continuación de artículos anteriores, parece que debiéramos descender más a las ideas que circulan por esos mundos de Dios. No limitarnos a hablar delas alturas y del pino sendero que a ellas conduce, sino mirar a izquierda y derecha y sopesar los pros y los contras de conceptos que están de boca en boca.
No subyace en el autor de estas líneas ningún afán de crítica, ningún
orgullo desmedido, ni deseo alguno de protagonismo. Nos veríamos satisfechos
simplemente con el hecho de que el lector reflexionara. Si ocurre que el lector,
además de reflexionar, interiorizara, brincaríamos de contento. Y si en una de
ésas topara con su propio Fondo y se diera cuenta de que lo tiene, no sabríamos
ya qué hacer de pura euforia. No digamos nada si, por un bendito azar, el
lector comenzara a trabajar con su Fondo y deviniera más y más él mismo. Eso
ya sería el colmo y no hay palabras para describir lo que aquí haríamos.
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Veamos hoy cuál va a ser nuestra metodología, si es que tenemos alguna. No pretendemos sembrar dudas, aunque dudar sea un ejercicio muy saludable. Tampoco pretendemos convencer a nadie de que nuestras tesis son las acertadas. Ésa es una labor del Fondo de cada humano. Intentaremos llamar la atención del lector sobre la posible encrucijada en que se encuentra. Nos gustaría ser como un catalizador, que favorece la marcha dela reacción y luego hace mutis por el foro.
¿Quiénes no deberán leer lo que sigue? Las personas con una fe inconmovible, las fáciles de escandalizar, las personas muy aferradas a sus creencias, sobre todo las de cierta edad, siendo esa cierta edad la de 76 años y un día.
¿A quiénes se dirigen nuestros comentarios? A las personas que dudan, a los que han decidido no creer en nada, a las mentes abiertas, a los jóvenes, a los no mediatizados. Vamos a ir sometiendo a revisión numerosas ideas relacionadas con las concepciones del mundo, de la vida, del Universo, del ser humano, de Dios ... La que expondremos es una opinión personal, no de grupo u organización alguna. Desde el principio nos definimos como un pájaro solitario. Y es que una de nuestra tesis es que sólo se vuela solo.
Trataremos de argumentar la razón de nuestro respaldo o nuestro rechazo a numerosas ideas del hombre o mujer modernos. Pero ya hemos indicado que ello serán sólo sugerencias para que cada cual reflexione, interiorice y perciba claridades interiores, mociones, intuiciones.
En nuestro recorrido por el proceloso mar de las creencias procuraremos seguir un orden que se inicie en el propio ser humano, pase por el mundo, la vida y termine en lo Superior. Y advertimos al lector que vamos a actuar desenfadadamente. Rehuiremos ser circunspectos y engomados. Y dejaremos en el aire todos los interrogantes que creamos sea más fructífero que sean resueltos por el propio lector. No se sorprenda el lector si somos un poco iconoclastas (rompedores de imágenes). Nuestro objetivo es remover, sacudir, hacer pensar. Ya hemos advertido que lo que sigue no es apto sino para corazones fuertes.
El primer concepto que pondremos sobre el tapete es el del propio ser humano. ¿Qué somos realmente? Porque del concepto que tengamos del género humano van a depender muchas cosas. Y cuando analizamos las respuestas que se dan a tal pregunta se observa que un porcentaje que raya en la locura no acierta. ¿Qué somos realmente, lector?
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Hemos planteado la pregunta ¿Qué somos los humanos? Y debemos analizar las respuestas que se oyen en la calle, matizándolas con un SÍ o con un NO.
* Somos seres creados por Dios. Ésta es la respuesta que se oye en medios religiosos. Dado que escribimos para quienes o creen o dudan, podemos decir que esta respuesta se sitúa más cerca del NO que del SÍ. Hay demasiada diferencia entre la respuesta que analizamos ahora y la Realidad como para poder pasarla por alto.
Por sorprendente que pueda parece a alguno, el ser humano no es una criatura hecha por Dios. Tampoco es que existamos por un capricho, por un azar. “Éramos una probabilidad entre un millón y tocó. ¡Que casualidad!” Ni lo primero ni esto último, sino todo lo contrario. Lo que sucede es que las cosas están puestas de modo que nuestras mentes sólo tengan para elegir dos disyuntivas tontas. O Dios nos ha creado o somos una casualidad con piernas y Dios es un puro invento.
Hay otras soluciones. Lo que sucede es que tampoco somos muy generosos concediéndole a Dios oportunidades. Quizás nuestra falsa concepción del ser humano arranque de nuestra falsa concepción de la Causa Primera, a la que muchos llaman Dios. Mantendremos que hay una Causa Primera, a la que denominaremos Plenitud o Divinidad, nunca Dios. Y actuamos así para que no se la confunda con la vieja idea del Dios personal. No. La Plenitud de la que hablamos no tiene nada que ver con la idea que se nos inculcó de Dios cuando éramos niños.
Tal vez el problema resida ahí, en que nos grabaron en nuestra pequeña y moldeable mente infantil una idea de Dios que llenaba nuestros horizontes de entonces. Hoy, veinte, cuarenta o sesenta años más tarde, pueden suceder tres cosas:
- Que sigamos con nuestra idea de niños.
- Que dudemos que así sea.
- Que hayamos “pasado” ya de Dios y de los grabadores.
Las tres posturas son dignas, correctas subjetivamente y respetables. Y todas ellas son camino para acceder a la verdadera Divinidad. A través de todas ellas se puede llegar a la Plenitud como seres humanos.
El acceso se acelerará si existe honradez interior, si existe un deseo de acercamiento a la Plenitud (nótese que no hablamos del Dios de los textos cristianos), si uno procura formase, si trata de observar un comportamiento ético en su vida privada.
Si estas cosas fallan, el recorrido se hará más largo, pero se terminará por
llegar al mismo sitio. ¿Y cuántos años harán falta en este último caso? ¡Uuuuhhhhhhh
...! No menos de doscientos.
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Hemos dicho que nuestras concepciones del Universo nos fueron grabadas de niños. Y, si no somos cuidadosos, las grabaremos sobre nuestros niños. Y habremos pasado siendo un eslabón en la transmisión de las creencias ancestrales. Nos moriremos aceptando lo que se nos enseñó de niños. Nos moriremos niños. Dejaremos esta vida sin haber conocido la Vida.
¿Por dónde seguimos? Habrá que elegir, tomemos ésta.
* Dios nos creó y quiere que le amemos. Puede valer para una mente niña, pero un adulto debería llegar algo más arriba. Al niño se le puede decir “No existimos con fruto de un azar interglacial. Provenimos de la Plenitud. No serás feliz si vuelves la espalda a la Plenitud y te centras en ti mismo.” Pero lo más posible es que el niño no entienda.
Por eso se simplifica todo en una fórmula sencillita y se le da la receta que comentamos. Pero no se olvide que es una simplificación grosera, un esquema, una regla mnemotécnica. El niño, en cambio, piensa que Dios nos creó como él hace un muñeco de plastilina o una pajarita de papel. Y que si no se porta como Dios y sus padres quieren que se porte, cosa que le cuesta mucho, Dios se enfadará con él. Y ya tenemos el lío en marcha.
Si esas ideas cristalizan y permanecen con el paso de los años ... ¿qué sucederá? Que se seguirán aceptando, sin someterlas a crítica. O que se dudará de su validez, aun sin encontrarles una alternativa clara. O que se rechazarán, y, con ellas, todas las concepciones de lo Superior.
Pero hay otra alternativa. ¿Por qué no tratar de buscar la Realidad? ¿Por qué no querer conocer la Verdad?
No. Dios no nos creó a la manera del alfarero. No somos seres creados por Dios y separados de Él. Ni nos ha puesto en este mundo para probarnos. Ni Dios quiere que le amemos.
No. No existe un Dios así. La Plenitud, la Divinidad es otra cosa. Está relacionada con el humano, pero no en la forma de Creador y criatura. La relación es de otro tipo, más íntima.
Ni Dios quiere que le amemos. Dios no necesita ser amado por los humanos. Ni Dios se ofende. Ni Dios premia. Ni Dios castiga. Ni Dios juzga. No existe un Dios así. No existe ese Dios personal, dotado de voluntad dual, positiva hacia unos y negativa hacia otros. No existe ese Dios que cambia de criterio según lo que el humano haga. No es eso. Dios no es así.
Hemos sido nosotros, o mejor, ha habido algunos que han inventado un Dios a nuestra imagen y semejanza. Hemos, han colocado las cosas al revés. Incapaces de imaginar la Realidad, hemos inventado un Dios acaparador, un Dios juez, un Dios a nuestro estilo. Y con ello realmente le hemos hecho, le han hecho, un flaco favor a todo lo elevado del Universo. Las consecuencias de ese malhadado invento circulan aún por todo Occidente, contaminando incluso a los que se dicen no cristianos. Lo hemos de ver.
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Hemos visto cosas que no son. ¿Podemos adelantar algo de lo que es? Claro que sí. Y de entre los muchos pasajes escritos con sentido de la realidad, elegiré éste del Génesis.
“La tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían el haz del abismo, pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas.” (Gen 1,2)
Cuando uno encuentra un pasaje en que cada palabra es la justa, donde nada sobre y donde todo es profundo, señal de que eso lo escribió alguien que “sabía”. También hoy, como siempre ha sucedido, la materia está con dudas y vacía, rodeada de oscuridad. Y, como siempre ha sido, el espíritu de la Divinidad sobrevuela por las inmediaciones. Hablamos de nosotros, no sólo de lo que pasó hace miles de años. La mente sola sigue con dudas, vacía a veces, y todo lo que está fuera se le antoja abismo y oscuridad. No capta la mente que sobre ella se cierne el espíritu dispuesto a actuar ... Esta sí es una buena descripción de la Realidad.
“Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza.” (Gen 1,26)
Puesto que somos inmateriales, hagámosle inmaterial. Puesto que somos espíritu, hagámosle espíritu. Puesto que somos atemporales, hagámosle atemporal. Puesto que somos multi-dimensionales, hagámosle multi-dimensional. Así será un acertijo en sí mismo. Y creceremos con él. Y nos encontraremos con él. ¿Amarle? ¡Claro! Como a nosotros mismos. ¿Pedirle que nos ame? ¿Desde cuándo el Puro Amor es interesado? Nos bastará con verle crecer y sentir cómo se nos aproxima.
“Sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del Bien y del Mal ... El árbol era deseable para conocer por él la Sabiduría.” (gen 3,5-6)
Ya vamos entrando en harina. Sí. El humano que escribió por primera vez estas frases conocía la Realidad. Abrirse los ojos y adquirir una visión nueva, ser como Dios, comprender la esencia del Bien y del Mal, alcanzar la Sabiduría ... demasiadas alusiones juntas como para que todo ello sea fruto del azar. El autor del relato original estaba describiendo el proceso real del despertar del propio espíritu, lo que aquí llamamos Fondo.
Posiblemente nunca encontraremos este relato origina, pero tampoco importa. Lo que ha trascendido de él es suficiente, con lo poco que es, para tener ya una pista segura. El camino hacia la realidad pasa por comenzar a ver, por despertar la Sabiduría que llevamos dentro en embrión, por poner en marcha el espíritu que se cierne por encima de lo que se mueve, de la mente. Comprenderemos entonces en qué consiste el Bien y en qué el Mal. Y sentiremos como siente la Plenitud. Porque no en vano nuestra esencia es imagen y semejanza de la Divinidad, no?
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Veremos ahora interpretaciones que se nos han dado de los primeros capítulos del Génesis con las que discrepamos. Como la que dice que Dios creó al humano en estado de perfección y lo colocó en un Paraíso. Pero el humano cayó y su pecado arrastró a la Humanidad. Y desde entonces tenemos tendencia al mal. Hincar el acento en el pecado, en la tendencia al mal es desoír la Sabiduría del autor, es centrarse en lo que rebaja al ser humano, es trabajar en contra de la Humanidad.
Los primeros capítulos del Génesis son una gran parábola en la que se nos proporcionan ciertas guías, ciertas indicaciones sobre la Realidad. Por alguna razón que sólo podemos imaginar, el autor no podía dejar sobre el escrito la Realidad pura y dura. Tuvo que mezclarlo con otro cuento que era ajeno a la Realidad. En nosotros está tener la vista suficiente como para separar la descripción real del cuento.
Si, por el contrario, hacemos de ambos relatos una historia única, si confundimos la Realidad con el cuento, habremos perdido de vista la Realidad, habremos perdido otra oportunidad para despertar, el trabajo de aquel lejano autor habrá sido en vano de cara a nosotros. Veamos, pues, las indicaciones guía:
* La Plenitud lo sobrevuela todo.
* El ser humano proviene de una Dimensión o Estado Superior, de una Plenitud y una Felicidad congénitas.
* La Divinidad infundió en el humano un Espíritu o Soplo de Vida.
* Podemos llegar a la Plenitud a través de la Sabiduría.
* El Camino se inicia precisamente siendo nosotros mismos, decidiendo por nuestra cuenta, saltándonos las “sagradas” normas.
* La Divinidad sabe que podemos llegar a ser uno con Ella. Así lo quiso y así está dispuesto.
Supongamos que la actual redacción de los tres primeros capítulos del Génesis estén dirigidos a dos tipos de oyentes. Al oyente primitivo, al humano dura de corazón, para quien sólo sirve el palo. Y a otro lector más evolucionado, que esté en disposición de percibir destellos de Realidad, porque ya ha superado el Dios del temor, el Dios personal.
Para el primer lector estarán las amenazas y los mandatos. Para el segundo, los detalles profundos, las indicaciones sutiles. La Biblia hay que leerla entre líneas, separando el mensaje sutil de las normas de moral rudimentaria, de las amenazas, de los castigos terribles. No se puede hacer tabla rasa, porque no todo está escrito en la misma clave. La Biblia es una melodía de piano escrita para cuatro manos.
Un espíritu incipiente vibrará con las escalas superiores. Un espíritu dormido sólo entenderá de amenazas y de pecado, pasará por los destellos sutiles sin siquiera verlos. Pero haberlo, haylos.
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Los hay, pero no se ven. Porque falta la capacidad de percepción, la mirada penetrante; falta, o no opera, el propio Fondo. Y entonces uno se vale de la mente. Y toma el relato al pie de la letra. Y se fija en las órdenes, las desobediencias, la expulsión y la maldición. Y entonces el pecado, le mal, la inclinación al mal y la debilidad de la condición humana se convierten en protagonistas.
Los primeros capítulos del Génesis no nos querían decir eso. Pero eso entendimos. ¿Por qué? Porque éramos niños en lo profundo. Porque aún no se había desarrollado nuestra Esencia. Porque aún no habíamos evolucionado. Mientras sigamos en la infancia de lo sutil, sólo captaremos eso.
Hablemos entonces de los fantasmas de los niños, de los miedos nocturnos. Hablemos del pecado, del mal y de la fragilidad humana. Nada de eso existe en la Realidad. Lo que llamamos pecado o fragilidad o mal es otra cosa. Es ignorancia. Es infancia. Es inocencia y a la vez es intolerancia por parte del que ignora. Y, además, y afortunadamente, todo ello es pasajero. Apenas dura unos cuantos siglos. Nuestro sueño como Humanidad no durará ni siquiera otros tantos. Despertaremos en la Case del Padre bastante antes.
Concretemos más. A la Divinidad no le ofendemos con nuestros pecados, por atrevido que suene. La Plenitud es inofendible, del mismo modo que los humanos no podemos ofender a las nubes. Y ello porque están a cierta altura sobre nosotros. La Plenitud está en otra Dimensión. Es otra cosa. No personal. Y no actúa como los humanos, que se dejan ofender, y se enfadan y castigan o premian. No. La Plenitud es más bien un estado a participar. Y el vehículo para volar hasta al Nube del <pleno Conocimiento es el propia Esencia o Fondo.
Cuando suponemos a Dios como uno de nosotros, imaginamos que Dios se ofende cuando despotricamos de Él. Y metemos miedo a los también niños en los profundo con el cuento del rechazo eterno. Pero eso sólo significa que vivimos aún en plena infancia esencial.
A esa edad, a ese no conocer, a ese temor pueril, a esa impaciencia del corazón le llamamos miseria humana, debilidad humana, fragilidad humana, cuando la vemos en nosotros. Y pecado o mal cuando lo vemos fuera. Todo eso no es realmente sino falta de Conocimiento, carencia de Sabiduría, esencia que sueña, la imaginación al poder. Todo nivelado por nuestra mente. Si supiéramos el discreto nivel que tiene nuestra mente ...
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Lo malo de nuestra sociedad occidental es que aparentemente no hay más que tres opciones: El consumismo, ser un buen cristiano o ser un ateo.
La primera opción es una entelequia, no existe la clase consumista. Un consumista es una persona que no hace caso a lo que dice su pastor, definido - el que no hace caso - desde la perspectiva del pastor. Y eso, claro, es hacer trampa. Al que me hace caso digo de él que es una persona espiritual y recta, y el que no, consumista.
Pasemos a los ateos. Es otra clasificación inútil. Vuelve a ser el que no acepta el modelo de Dios que fija quien predica un Dios en el que realmente no cree. De modo que vuelve a ser otra definición tarada, aunque los así definidos con gusto aceptan ese epíteto, con tal de mostrar que ellos están lejos de los pastores.
Creer en el Dios oficial o no creer en Él es exactamente igual. "El que Es" no es como dicen que es los que no saben cómo es ... Luego más vale simular ser ateo que aceptar lo que dice uno que no sabe bien lo que dice. Además, rechazar la forma de ser de un Dios que no es así es realmente un acierto ... De modo que tengo la mejor opinión de los ateos ... Al menos ellos ni engañan, ni se dejan engañar. Dicen los ateos "Dios no existe", pero quieren decir "ese Dios no existe" y en eso aciertan
Luego están los que aún necesitan creer que Dios es como no es. Creer lo que no es les sienta bien. Y eso hay que aceptarlo. Será bueno para ellos. Por eso no hay que tratar de convencerles de que las cosas no son como ellos creen. Lejos de nosotros afirmar que la fe es un suicidio en tono menor, aunque lo sea. No lo es para los que creen y ellos deben seguir creyendo, hasta que se desarrolle en ellos el sentido crítico, hasta que empiecen a ser ellos y no sus pastores. Pero mientras ellos no quieran ser ellos, hay que dejar que sean los otros. Eso a nosotros nos debe dar igual. Lo que son o no son ellos es cosa de ellos.
Si la clasificación de moda no es acertada, ¿cuál lo será? Una muy simple. Según ella las personas se clasifican según su edad esencial. Los niños en Esencia pueden no llegar al nivel de nuestra ideología ancestral y en ese caso no pisan los lugares religiosos y muestran un total desprecio por la Ética y los demás humanos. Lo llamamos nivel I.
O puede que estén en el nivel de la moral de nuestra religión, en cuyo caso aceptan las creencias porque las necesitan. Serían los niveles II o principios del III, según su grado de implicación con la religiosidad oficial.
El adolescente en Esencia comienza su vida propia, adquiere sentido crítico, elabora su propia filosofía de la vida. No todo lo acepta, acepta y rechaza, empieza a ser él y ser él le gusta, porque empieza a ser fuerte. Empieza a caminar solo y eso también le gusta. Puede ser tachado de ateo si rechazó ostensiblemente al Dios que no es. O puede que no pase por ese tramo, si rechazó sólo desde su interior.
Cuando el adolescente lleva tiempo caminando en solitario, le ocurren cosa interesantes, pero eso ha de quedar para la próxima ocasión.
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Planteábamos en los artículos anteriores que oficialmente había 3 opciones: Ser un materialista, un consumista y nulamente interesado en la vida espiritual era la primera de ellas. Equivaldría a ser indiferente a las cosas del espíritu. Y eso sería malo.
Otra modalidad del escaso interés en las cosas del espíritu sería el que niega a Dios y se dice ateo. Tal vez fuera peor ser ateo que ser consumista. Al menos, el consumista es indiferente y no se posiciona claramente en contra de la existencia de Dios.
La tercera opción sería la correcta, ser una persona religiosa, ser un fiel cristiano. La fe es un don de Arriba que no todos merecen. De ahí las dos categorías anteriores, por debajo del fiel cristiano, desde luego.
Esta clasificación ha sido elaborada por los cerebros pensantes de la tercera categoría, por los que entienden que lo óptimo es ser una persona religiosa, un buen cristiano, que cree lo que le enseñan. Estará claro que aquí no opinamos así. Ya hemos dicho que la categoría consumista no existe como categoría para humanos, como no puede hacerse una clase con los rubios, los morenos, los altos o los de baja estatura. Tampoco ser ateo es algo negativo, más vale no creer en lo que no es que dar su aceptación a algo irreal. Tampoco el óptimo es ser un buen fiel creyente, aunque tampoco sea pésimo serlo. Lo que importa es lo que viene después de ser un buen fiel.
De modo que aquí estamos abogando por una cuarta etapa, otro nivel más elevado que el materialista, el que niega la existencia de Dios o el mismo fiel cristiano. A esa etapa le llamamos la etapa del buscador, del inquieto, del que siente que debe encontrar algo diferente y con más sentido que lo ya conocido.
Esa búsqueda, mantenemos aquí, se hace en solitario. No segregado, no aislado
por completo, en contacto con otros buscadores, pero trabajando a solas, con uno
mismo, porque de una transformación personal se trata esto de la búsqueda. No
se buscan precisamente ideas nuevas, sino formas de ser nuevas, plenitudes
nuevas, certezas nuevas. Tal vez no se tenga claro, cuando uno siente la
necesidad de cambiar de aires, qué es lo que busca. Sólo se sabe que lo que
hasta ahora se conoce no puede ser todo lo que hay, que debe haber más cosas y
esas cosas son lo que se desea hallar y conocer.
Estamos definiendo aquí la búsqueda en solitario de lo auténtico, de lo pleno, de algo que sea digno del ser humano que somos, o que tratamos de ser. Ya hemos dicho alguna vez que para alejarse del rebaño hay que ser fuerte, hay que haber crecido un tanto así. La etapa del rebaño es hasta cumplir los quince años de edad sutil, mientras no se es suficientemente fuerte. Cierto que formar parte del rebaño es mejor que ser un lobo rapaz, pero esta web no está pensada para lobos rapaces. Lobos, abstenerse.
Al que abandono el rebaño y comenzó la búsqueda de lo auténtico ni añora la seguridad del rebaño ni los lobos pueden hacerle daño, tal es su fuerza y su autonomía interior. Hablando con propiedad, los lobos pueden hacerle aún algo de daño, paro cada vez menos. Porque el buscador no cree ya en lobos. El buscador está a punto de cambiar de dimensión. Porque cuando se camina hacia la cumbre de la montaña, lo que sucede allá atrás, abajo, en el valle, tiene cada vez menos importancia.
El pecado, el mal y el sufrimiento tienen cada vez menos poder sobre el buscador
de lo auténtico, menos que ver con él. Y la Verdad lo comienza a bañar con
sus claridades. Y comprende en toda su profundidad lo que es la libertad.
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Supongamos que hubiera una etapa del biberón en lo interior. Sería la etapa en que el humano es egoísta, despiadado, avasallador, autoritario y posesivo. Ese humano está en las antípodas de la Felicidad. Se pasa todo el día gruñendo, como los animalitos.
Supongamos que haya una infancia en lo interior. Sería la época en que el humano se asegura la salvación a cambio de participar físicamente en determinados actos semanales, domingueros, pero sin poner el corazón en ello. Sólo cumplimiento epidérmico, estar allá, hacer acto de presencia. Con eso ya vale, hemos cumplido.
Supongamos que haya una adolescencia interior, los 15 años interiores. Es cuando el humano empieza a percibir los valores inmateriales, no porque existan, sino por propia vivencia. No los lee en los libros, los comienza a experimentar por sí mismo. Y comienza a intuir que ese mundo es deseable. Y sin embargo le cuesta estar siempre en esa onda. Él se cree débil, incapaz de logros permanentes. Nosotros ya sabemos que lo que le falta es el arma más valiosa, lo que aquí llamamos el Fondo, su propia Esencia. Esencia que posee, Esencia que amanece, pero que aún apenas ilumina. Felizmente, el adolescente en lo interior no tardará en darse de bruces con su esencia. Ello es así porque ambos, él y su Esencia, desean ese encuentro.
De la mano de esa Esencia a la etapa más interesante, a la única digna del ser humano que somos, a la búsqueda consciente, decidida, diáfana. El ser humano supera al crisis de la adolescencia, hacen crac sus valores anteriores y se encamina decidido hacia su propia realización. Empieza a dejar de pensar con su mente y empieza a confiar en su “claridad interior”. Atiende cada vez más a su “voz interior” desde el silencio de la mente. Comienza así a vivir una aventura inimaginable, insólita, insospechada. Y grata.
Busca la Verdad, la Realidad, porque algo interior le empuja a ello. Y le empuja a desear lo auténtico, la Realidad, porque la propia Esencia es afín con la Verdad, como es afín con la Felicidad y con el Conocimiento. De modo que todo eso se persigue y se logra al mismo tiempo.
El buscador de Realidades deja poco a poco atrás la ignorancia infantil, los empujones del rebaño y se dirige hacia la cima de la montaña de la existencia. Pasa por parajes que nunca antes conoció. Y, si por un error, se lo comenta a alguna oveja del rebaño, ésta le mirará con extrañeza y se apartará de él para no contagiarse. Pero él sigue su ascenso y sus pies apenas rozan el sendero, de rápido que marcha.
Finalmente se convertirá en pura luz, todo su ser pasa a ser Plenitud y Conocimiento y ya no puede ni mirar para atrás, pues la luz lo llena por entero. Comenzó buscando el Reino y la Realidad, sin saber que eso no son parajes que uno pisa, sino Realidad en la que uno se transforma. Pero explicar eso con palabras es difícil. Eso está hecho para ser comprendido mediante la experiencia.
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En el Camino y lejos del Camino, cada persona percibe la porción de Realidad
que está a su nivel. Ya hemos señalado que somos Energía con una cierta
capacidad de comprensión, somos un nivel de valores. Y comprendemos los valores
que nos son afines. Vibramos por resonancia ante aquello que tiene iguales
frecuencias que nuestro Fondo.
Las más de las veces la persona vive de puertas hacia fuera y no es capaz de
ocuparse de su Fondo. Si lo hiciera y conociera la regla que acabamos de
mencionar sobre la afinidad, tendría en sus manos la posibilidad de comprender
la Realidad Universal. No somos un cuerpo, ni un corazón que siente emociones,
ni una mente pensante. Somos un conjunto de valores, somos Energía con un
cierto grado de depuración.
Cuando la depuración se haya completado, seremos Plenitud. Antes de esto fuimos
bebés, más tarde, niños en lo esencial y luego, adolescentes conscientes de su
despiste. Para finalmente ir desarrollando nuestra Esencia y alcanzar la
Plenitud como Seres. Tenemos que pasar por todas esas etapas, el proceso lo
exige. No se crece de pronto, sino poco a poco. Ninguna etapa es vituperable y a
nadie desde aquí vituperamos. Enunciar algo que sucede no es escarnecer, ni
criticar. Saber cómo suceden las cosas es bueno para saber comprender a los
otros y reaccionar adecuadamente ante sus demostraciones.
Porque nuestras dificultades suelen ser con los “pequeñuelos”, veamos lo
que pasa en esa edad. Aquí defendemos que una parte del mensaje que desde hace
siglos se está dando como perteneciente a la Verdad no pertenece a Ella. Es sólo
la Verdad filtrada por el nivel de comprensión de la infancia en la Esencia.
Pero el problema no lo constituye solamente el filtro y lo que quedó fuera. Lo
más penoso es que al nivel de la infancia en la Esencia opera la creencia en lo
mágico, en lo sobrenatural, en lo milagroso. Esa credulidad introduce aspectos
mágicos que adulteran la Verdad filtrada. De modo que entre el filtro y los
cruzados mágicos, la doctrina que se nos presenta como Verdad
apenas contiene Verdad. Las ideas más elevadas no pasaron por el filtro y a lo más
denso filtrado se sumaron los añadidos mágicos.
El trabajo tendrá que ser separar lo mágico y no veraz del cuerpo doctrinal que estuvo de moda y acceder a lo sutil, buscando en las escasas fuentes fiables. En pocos lugares físicos se enseña lo sutil de viva voz. En fuentes escritas, la enseñanza correcta ya es más frecuente. Porque todo inquieto que llega Arriba no sabe estarse quieto. Ésa es la ventaja de nuestro tiempo. Claro que nuestra propia capacidad de percepción es irrenunciable. Pero eso es algo que tenemos ya desde tiempo atrás en la mochila ...
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Y desde la cima de la montaña, ¿qué se divisa? Llora conmigo, buscador de
Verdad. El panorama que verás, si miras hacia atrás, te partirá el corazón.
Verás humanos que buscan bajo las piedras su ración de hormiguitas. Son los
partidarios del tener. Pero lo que más dolor te causará es ver cómo unos, con
título de "guías", conducen a otros montaña abajo.
Nadie debería ponerse a guiar a otros sin haber subido antes a la cima de la
montaña, sin haberse llegado al Reino. Porque sin esa vivencia, sin esa
experiencia, no se puede guiar hacia la Verdad. Porque no se conoce la Verdad y
nadie da lo que no tiene. Pero, ¿quién enseñará a nuestros mal llamados
"guías" la Verdad? Si los “profesionales” enseñan lo que otros
“profesionales” les enseñaron ... Si ninguno se ha dedicado a buscar la
Verdad, porque creían haberla recibido del depósito sagrado ...
Realmente, enseñan la moda, no la doctrina auténtica. Enseñan el montaje burdo porque no llegan a percibir el mensaje sutil. Falta sensibilidad, capacidad de percepción y sobra sumisión, ignorancia y desconocimiento. La infancia en el espíritu sólo capta lo que está a ese nivel. No capta lo sutil de la Realidad. Eso se capta después de pasar la crisis de la adolescencia en el espíritu, con el propio espíritu asentado, afirmado, vuelto operativo. Entonces no hacen falta “guías”, porque la propia Esencia es el Guía Supremo.
Apena ver tanto “guía” ciego que cree guiar a otros que desean ver. En
realidad, los “guías” están buscando, aunque ellos no se den cuenta. Al
menos los más intrépidos de entre ellos están buscando. Esa buena voluntad
terminará poniéndoles en el Camino del Reino. Y cuando lo encuentren y lo
vivan, tendrán tremendas dificultades para mostrar a sus hermanos de oficio la
senda auténtica.
La dificultad del “guía” es que cree saber y ése es un muro terrible. Un
muro que le cerca y le impide salir de su patio en busca de la Verdad. Hay
quienes intentan buscar a ratos y seguir dentro del patio. Es una labor
imposible. Con el tiempo, tendrán que elegir entre correr en busca de la
Verdad, del Reino, abandonándolo del todo (como en la parábola de la perla), o
conformarse con la seguridad del patio y olvidar la quimera.
Fernando Conde Torrens es autor de "Simón, opera magna", "El Grupo de Jerusalén", "La Salud" y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.