Escuela virtual de Sabiduría de Pamplona.

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Tertulia con Santiago sobre cosas prohibidas como Dios y tal

Tertulia con Santiago sobre cosas prohibidas como Dios y tal

© Copyright  Fernando Conde Torrens, hacia el 4-5-2.009

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        El tema que has propuesto, Santiago, es muy interesante y oportuno en este lugar y para los lectores del blog, creo. Una cosa de que aquí presumimos es de no andarnos por las ramas y de no dar gato por liebre. Pero también funciona aquí la división de temas, que vendrá a colación en breve.

        Me aclara bastante tu descripción del triángulo. En este blog no acostumbramos  a hablar de Dios, eso es parte de la división. Aquí intentamos averiguar la génesis e historia de nuestras creencias, de las de Occidente, no de las mías propias, analizando cómo se escribieron los textos llamados “sagrados”. De su peso cae que ese estudio nada tiene que ver con la Divinidad, faltaría más. Tiene que ver con el Dios cristiano, no con la Diviniad auténtica, if any. 

        Aquí mantenemos que precisamente el Dios cristiano es una creación mental de alguien e intentamos averiguar de quién. Y seguimos pensando que fue de Constantino, con Eusebio de Cesárea como persona interpuesta. Dicho ya que ese remedo de Divinidad no es la Divinidad – en lo que el lector asiduo se supone que está de acuerdo, o se marcharía enfurecido – llegamos al planteamiento de qué hay de la Divinidad que pueda realmente ser, si es, porque como no es es precisamente como se la inventó alguien, bien en el siglo IV, bien en el siglo I.

        Nos salimos entonces del objetivo de este blog, que es ocuparnos en averiguar el proceso de creación del Dios inventado, no la real Divinidad, ni su eventual existencia. De estas cosas nos ocupamos, sí, pero en otro sitio, del que no voy a hacer propaganda; el interesado, que busque. Pero ello no impide que exista un puente, y de ese puente sí se puede hablar. De puente tendrá que hacer, evidentemente, el lector. Y del lector sí podemos tratar.

         Tengo para mí que respecto al asunto éste de la Divinidad hay varias posiciones, todas ellas respetables y necesarias:

                * La de quienes ese asunto les es indiferente. Diría que son los más lejanos.

                * La de quienes niegan categóricamente su existencia, los llamados ateos, que mantengo que están más cerca de la solución del problema sobre si Ella existe que los anteriores. 

                * La de quienes afirman que ése es un problema insoluble para la escueta mente humana, que todavía se acercan más. Aciertan en que a la mente le está negado ese acceso. No saben que tienen algo más potente que la mente.

        Y entrando ya en el terreno de la proximidad flagrante, viene luego lo que he decidido llamar el estado de curiosidad intelectual.

                * La curiosidad intelectual es la posición de quienes piensan que el problema se puede resolver leyendo autores que exponen en libros lo que ellos piensan o han deducido respecto a la Divinidad.

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Tertulia con Santiago sobre cosas prohibidas como Dios y tal

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        Este estado diría que es como el vestíbulo. Desde ella no se aprecia la casa, pero para entrar en la casa hay que pasar por el vestíbulo de entrada. ¿Cómo se ve bien la casa y se comprende lo que pasa en ella? Hace falta un cambio, hay que pagar un precio, un precio más elevado que la curiosidad intelectual. Lo que hay en la casa de la Divinidad se experimenta y se comprende sólo si uno está dispuesto a cambiar su vida, a mejor, desde luego, pero cambio, a fin de cuentas.

        La capacidad de saber si la Divinidad existe o no y de saber además cómo es y cómo actúa se adquiere imprimiendo a la propia vida un rumbo nuevo. Ese rumbo implica mejorar la vida actual, pero incluso esa mejora supone un cambio. Hay que estar dispuesto a experimentar con esa variación. Sólo desde la curiosidad intelectual, sólo desde el interés cultural o mental, no se puede visitar la casa por dentro, no se ponen en marcha los mecanismos necesarios para percibir esa faceta de la vida.

        Por la misma razón, no se puede, es inútil argumentar con nadie que opera con lo intelectual sobre si la casa de la Divinidad existe o no. El mal llamado “mito de la caverna” ya explicaba esta problemática desde tiempos de Sócrates. De ahí que aquí la argumentación ni se intente. Hay una última categoría de bípedos, 

                * La de quienes han puesto en marcha «la capacidad» y ya saben cómo tratar con la Divinidad. Con ésos tampoco es necesario argumentar, porque ya se lo saben todo.

        Quiero agradecerte la lista de libros que nos aportas. Por mi parte, lo que tratan de qué han averiguado colegas rastreadores de la historicidad de Jesús de Nazaret los leeré y quedo pendiente de esbozar en otra ocasión mis opiniones y comentarios. Los que tratan sobre qué parte del cerebro humano es el lugar donde se procesa el contacto con lo Superior me interesan menos. La razón es clara.

        Ya sé que el oído es posible gracias a unos pequeños huesecillos que tenemos en el oído. No conozco en detalle la fisiología del aparato auditivo, sólo sé que oigo. Eso me vale. Con la vista me pasa igual, sé lo del nervio óptico que sale del ojo hacia el cerebro, pero tampoco conozco con precisión cómo mi cerebro maneja las señales que le llegan por el nervio óptico para construirme la imagen de lo que miro. Sólo sé que veo bastante bien y eso me basta. Con lo de “la capacidad” – la llamaré así – no me importa demasiado conocer al detalle en qué parte de mi cerebro se genera eso, sólo sé que «sé» y me es suficiente. En algún lugar de mi cerebro tenía que estar la zona en que se procesa el desarrollo de esa capacidad tan poco usada.

        Ahora se empieza a conocer dónde opera esa actividad, estupendo. No sé bien si esa zona se activa también con alucinógenos y con alteraciones patológicas tipo enfermedad, pero unos y otras son eso, alteraciones. Yo prefiero el uso normal, no forzado, de esa zona. Primero a voluntad y luego en forma de piloto automático.

        Termino distinguiendo entre religión de un lado y “la capacidad” de conocer cómo son las cosas de manera personal y directa, participando de las ventajas que ello conlleva, por el otro. Son excluyentes, opuestas, inmiscibles. El error del ateo, dicho con la mejor intención, es confundir su rechazo a la religión de la sociedad en que nació con su rechazo a la Divinidad. El acierto del ateo es haber ya rechazado el Dios que nos pinta nuestra religión occidental. Eso es un mérito en su favor. Porque quien ha puesto en marcha “la capacidad” también, al igual que el ateo, rechaza la caricatura de Divinidad que diseñaron los creadores de nuestras creencias occidentales. Por eso me siento bastante cerca de los ateos.

        Tal vez cinco años ejercitando la curiosidad intelectual sean un intervalo suficientemente aceptable como para que algo interior esté dispuesto a dar el paso siguiente y pagar lo que hay que paga, ¿quién sabe …?

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……….  Fernando Conde Torrens es autor de «Simón, opera magna», «El Grupo de Jerusalén», «La Salud» y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En www.sofiaoriginals.com expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.

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