Las personalidades en el mundo helenístico 75 fue un hecho que se dio, para nuestra sorpresa. En este artículo veremos su paulatino desarrollo en la Antigüedad helenística.
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© Copyrigth Fernando Conde Torrens, el 15-2-2.012
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Ser nombrado defensor de una ciudad en otra, de la que se es ciudadano, era un honor relativamente escaso. Hubo otro tipo de nombramiento como ciudadano honorario que comportaba similares privilegios, la de ser personaje descollante en alguno de los oficios considerados más dignos, como escritores, poetas, filósofos, que actuaban como conferenciantes en otras ciudades. Ése fue el caso de Menandro, natural de Atenas, fue ciudadano honorífico de Cassopea. Metrodoro de Scepsis fue ciudadano honorífico de Calcedonia. Apolonio de Alejandría (295–215) , poeta, y Deinócrates de Macedonia (330–?) , arquitecto, fueron llamados Rodios, por ser nombrados hijos predilectos de esta ciudad. También Aristarco de Samotracia (215–143), escritor, fue nombrado por Alejandría hijo adoptivo, tras haber dirigido varios años su Biblioteca. Y otros muchos casos que se conocen.
Todos los nombramientos citados aquí y en el artículo anterior hicieron que las ciudades estrecharan lazos. También contribuía a ello el lenguaje común. En un principio se extendió entre la gente bien educada hablar el Ático, la región en la que estaba Atenas. Y fuera del Ática surgió el griego helenístico, o lenguaje común, koiné en griego. Es el idioma en que se escribió el Nuevo Testamento. Hubo un intento de una par de dialectos de mantenerse, como el Dórico, con Teócrito de Siracusa (310–260), poeta, como su principal representante. También sucedió que algunos dialectos se mantuvieron unas pocas generaciones en lugares del interior, pero finalmente el griego común, o koiné, se impuso como elemento de comunicación entre pueblos de diferentes dialectos locales. Todos los decretos de las diversas ciudades se redactaban en el griego koiné. Al disponer de un mismo idioma para expresarse, los abogados comenzaron a adoptar formas comunes a emplear en sus discursos. Al realizarse nombramientos de ciudadanía honorífica, unos comisionados de la ciudad otorgante iban a la ciudad donde residía el nombrado con el decreto de nombramiento, que quedaba en la ciudad receptora, la cual homenajeaba al ciudadano distinguido y a los emisarios con cenas y discursos de mutuo elogio.
Otro elemento de unión era el gran número de festivales organizados por las ciudades. Aunque los que participaban en los juegos eran profesionales, cada cual de su deporte, los festivales tenían un carácter religioso, se enviaban representantes religiosos a los mismos. Los alrededores de los Templos se veían cuajados de estelas de piedra, donde figuraban los nombramientos de ciudadanos de la ciudad y los hechos por la ciudad. Era frecuente que fueran los Templos las oficinas donde se guardaban los registros de estos nombramientos, aunque en algunos lugares las estelas se guardaba en la Boulé, el equivalente a nuestro Ayuntamiento. Los visitantes podían leer los honores concedidos a sus compatriotas. Esto se mantuvo con todo el honor que significaba mientras las ciudades gozaron de una cierta autonomía, en la época de las Ligas ya vistas. Cuando Roma uniformó el gobierno, las cosas degeneraron y, como suele ocurrir, ganaron en ampulosidad, o forma, todo lo que perdieron de consistencia, o fondo. Se llegó a hacer decretos por efemérides insignificantes, como cuántos invitados acudieron a las bodas de Fulano. A fin de cuentas, el que pagaba tenía la decisión de qué dejar escrito.
Otro elemento que contribuyó a la unión entre las ciudades griegas fueron las comisiones judiciales. No tanto las que arbitraban una disputa política entre dos ciudades, como las que resolvían conflictos dentro de la misma ciudad. Ya sabemos que en los orígenes de la democracia ateniense, se formaban juzgados de gran cantidad de ciudadanos, por sorteo, lo que se suponía que evitaba el favoritismo. Más tarde se vio que eso eran mucho ruido para pocas nueces y se intentaron otras soluciones menos complicadas. Se llegó al sistema de las comisiones judiciales, formadas por varios letrados de otra ciudad, especializados en, digamos, derecho comparado. Se les llamaba, venían y resolvían los pleitos pendientes con sus sentencias. Como eran de fuera, tenían más tendencia a la imparcialidad, máxime si la prolongación de su fama dependía que la rectitud de sus sentencias.
No era, no obstante, un sistema ideal, pues no estaba asegurada la rapidez de la justicia. En algunos casos la demora incluso era de años, lo que suponía un agravio para una de la las partes. Pues ya se sabe que una justicia rápida es tan importante como una justicia imparcial, para evitar la inseguridad jurídica. Pero cuando una comisión llegaba a la ciudad, lo hacía bien, pues actuaba con independencia de las pasiones locales.
Su forma de proceder era siempre la misma: En primer lugar trataban de resolver la mayor parte de los casos por acuerdo entre las partes, mediante un arbitraje informal. Los que no podían resolverse mediante este procedimiento, los resolvían mediante un procedimiento legal o lo enviaban a un jurado. En un caso de comisión judicial que nos ha llegado, los dos jueces de Iassus, situada en la Caria, en el Iassicus Sinus (Golfo de Iassos), solicitados por la ciudad de Calymna, en la isla del mismo nombre, a la entrada de dicho Sinus tenían 350 casos esperándoles. Resolvieron por arbitraje informal 340 y los 10 restantes los enviaron a un jurado.
Costa occidental de Asia Menor, con la Caria, Issos y Calymna

(Fuente: Longman´s Atlas of Ancient Geography. New York, London and Bombay, 1.902.)
Si la comisión debía juzgar una caso, lo hacía con las leyes locales en la mano. Estas leyes se reforzaban con los rescriptos reales, cuando la ciudad era feudataria de determinado soberano. No se aplicaba la ley de la ciudad de donde eran oriundos los comisionados. Este procedimiento significó que para el siglo dos antes del cambio de era había en Grecia un cuerpo de verdaderos abogados, algo desconocido con anterioridad, hombres que habían estudiado las leyes de numerosas ciudades, además de la suya propia. Los estudios de jurisprudencia de Teofrasto (371–287), discípulo de Platón y de Aristóteles, director del Liceo, contribuyeron a dar prestigio a la función jurídica. Su obra más conocida son Los caracteres.
Se sentaron las normas más básicas, como la de la imparcialidad y la de justicia, sin hacer distinción entre ricos y pobres. Estos conceptos eran nuevos en Grecia, donde los jurados tenían por costumbre ancestral favorecer al pobre y al deudor y votar en contra del rico, o acreedor. Algunas ciudades adquirieron fama de tener excelentes abogados, como Priene, que se especializó en resolver los pleitos de las ciudades limítrofes.
Fernando Conde Torrens es autor de «Simón, opera magna», «El Grupo de Jerusalén», «La Salud» y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En https://www.sofiaoriginals.com/ expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.
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