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Egipto Antiguo 84 La diplomacia de César

«Egipto Antiguo 84 La diplomacia de César», o Julio César pacificador.

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© Copyright  Fernando Conde Torrens, el Lunes 27-5-2.013

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        En el artículo anterior hemos asistido a la llegada de Julio César a Egipto. Pero César no venía sólo persiguiendo a Pompeyo. Resuelto inesperadamente los problemas que Pompeyo planteaba, se adentró en el segundo tema en importancia, las reyertas entre los hijos del difunto Ptolomeo XII, aliado demasiado fiel de Roma.

        Con la precisión a que había acostumbrado a sus hombres, César ordenó y supervisó la instalación de la media Legión que había traído a Egipto en su capital, Alejandría. Y lo hizo como si los egipcios fueran el enemigo a batir. Sus centurias desalojaron a todos los habitantes en el perímetro que César había establecido, que comprendía la isla del Faro, el Heptastadium y todos lo edificios hasta la calle principal, de corría de Este a Oeste de Alejandría. Los Palacio quedaban exentos de tal orden, pero sólo se dejaba pasar al portador de un salvoconducto expedido por el propio Faraón o, en su defecto, por Potino.

        El Foro junto al Puerto, el Teatro, el Museo, la Biblioteca, todo quedaba a disposición del personal militar romano. Las tiendas de los legionarios se instalaron en dos zonas, en la isla del Faro y entre el Museo y el Canal Oeste. César ordenó construir tres perímetros defensivos: Cada grupo de soldados construiría su campamento al modo habitual romano, con sus cuatro puertas y el orden habitual.

        Uno, en la isla del Faro, en la zona que linda con el muelle Heptastadium. El otro, en el extremo opuesto de dicho muelle, entre el Heptastadium, el canal, el Museo y la calla principal. Pero además, se levantaría un perímetro fortificado rodeando toda la zona que quedaba bajo las armas romanas, desde la parte norte de la calle principal hasta el Gran Puerto (Portus Magnus del plano que sigue). El material para esta última muralla se tomaría de edificios abandonados de la zona, de piedras del muelle y de las defensas del Canal.

        El puerto militar del Cibotus quedó en manos egipcias, al igual que toda la parte situada más allá del Canal Este y al Sur de la calle principal. No obstante, el tráfico por ella estaba prohibido y había puestos de legionarios cada 100 pies (30 metros). La zona reservada a César daba la impresión de una ciudad ocupada. César pernoctaría en el campamento Sur, el más cercano al interior de la Ciudad. Allá se preparó un Pretorio para el dictador, la máxima autoridad romana del momento.

        No obstante, decidió despachar a diario en uno de los Palacios del Faraón, el situado inmediato al Museo. César, por medio de un centurión acompañado de su centuria, un total de 80 hombres, comunicó por escrito al Faraón su decisión de usar temporalmente el Palacio más cercano a su campamento.

        Todo ello puede apreciarse en el plano que sigue.

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Plano de la Alejandría ptolemaica

Egipto Antiguo 84 La diplomacia de César

(Fuente: Atlas of Ancient & Classical Geography. Everyman´Library. 451. J.M.Dent & Sons Ltd. 1.942)

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        Los campamentos para los legionarios estaban terminados antes de finalizar el día. La fortificación de la zona portuaria empezó al día siguiente. César, instalado en el Palacio real, ordenó a a su escribano que redactara una misiva con el mismo texto, dirigida a Ptolomeo y a Cleopatra. Decía así:

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        «Julio César a Ptolomeo XII / Cleopatra VII. Salud.

                                                                                El Senado de Roma me ha encomendado la misión de mediar en las diferencias que existen entre los dos hijos de Ptolomeo XII, monarca amigo de Roma, que dejó al Senado el papel de ser su albacea testamentario. El Senado de Roma ve con preocupación el distanciamiento que se ha producido entre ambos y encarece se llegue a una solución de compromiso por la que puedan regir los destinos de este noble reino ambos en cordial entente. A tal fin, he de citar a ambos a una reunión que se celebrará, en fecha que a todos convenga, en mis dependencias. Ruego se me informe, a vuelta de mensajero, qué fechas se ven posibles para dicho encuentro. Guardaos.»

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        Era vox populi en Alejandría que la que fuera su Reina, Cleopatra, habitaba en Ascalón y asediaba Pelusio, con ánimo de tomar la ciudad, a la que se habían enviado refuerzos de todos los nomos del país. Cesar, que supo la noticia al poco de desembarcar, dispuso que media docena de naves se dirigieran, bordeando la costa, a Ascalón, para entregar su mensaje a la hija de Ptolomeo XII ausente. Al amanecer del segundo día, Cleopatra ya tenía en sus manos el escrito de César. Ese mismo día, antes del atardecer, debían poner rumbo a Alejandría con la respuesta. Cleopatra citó al mensajero para media tarde; quería reflexionar sobre su postura.

        En primer lugar, lo hizo a solas. Ordenó a sus siervas que interpretaran música para ella. Casi todas las muchachas que entraban a su servicio sabían tocar algún instrumento musical. En sus casas las preparaban de ese modo, y con una cultura notable, para el puesto que aspiraban a ocupar. Todo Egipto conocía la amplia cultura de la Reina y su gusto por conversar sobre muy diversos temas.

        Con las ventanas abiertas, para crea corriente y frescor, con una música de fondo suave, muy del gusto de la Reina, ésta vio que no tenía otra respuesta que acceder a reconciliarse con su hermano. Pero tenía un plan y debía medir con precisión sus movimientos. Tenía que medir con exquisito cuidado el tiempo. No podía fallar.

        La cuestión que pondría por delante para retrasar la reunión sería las condiciones a exigir. Condiciones que tuvieran que ver con su seguridad, con su capacidad real de mando. No estaba dispuesta a ser una figura decorativa, ni a estar supeditada al trío de advenedizos que manipulaban descaradamente a su hermano. No podía pedirlo siquiera, sólo insinuarlo, pero era imperativo que los tres fueran eliminados. Con ellos operando en Palacio, a la vuelta de unos pocos meses, tras la marcha del ejército romano, se volvería a la situación anterior, o peor aún. La siguiente vez, si la había, ella no sería desterrada, sino, como lo había sido su tía, quitada del medio. Era fácil hacer desaparecer un cadáver en el pantanoso Egipto.

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Enlace con el próximo día: Egipto antiguo 85. Armas de mujer.

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………. Fernando Conde Torrens es autor de «Simón, opera magna», «El Grupo de Jerusalén», «La Salud» y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En http://sofiaoriginals.com/ expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.

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