Escuela virtual de Sabiduría de Pamplona.

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Egipto Antiguo 89 El preámbulo

Egipto Antiguo 89 El preámbulo, o cuestiones de protocolo.

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© Copyright  Fernando Conde Torrens, el Viernes 7-6-2.013

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        En el artículo anterior hemos visto cómo Julio César inicia su ronda de negociaciones para restituir en el trono de Egipto a los dos hijos del que fuera monarca amigo de Roma, Ptolomeo XII, padre del joven Ptolomeo XIII y de Cleopatra . Después de que la primera entrevista demostrara lo difícil que va a ser contar con la buena voluntad de Potino, Cleopatra llega a Alejandría y va a ser recibida por César.

        La comitiva entró en el Palacio Real ocupado por los romanos. La guardia se había reforzado fuertemente en el Palacio y en los alrededores. Los soldados romanos, las sirvientas y los mercenarios griegos fieles a Cleopatra quedaron a la entrada. Sólo el Comandante del Puerto, su ayudante, Presbus y Cleopatra siguieron adelante. Tras recorrer un largo pasillo, en el que había puestos de guardias en ambos extremos, pasaron a la sala de espera. Se les indicó que debía esperar al lado de otro grupo armado romano. Los dos oficiales romanos entraron en los aposentos del César. Al poco salieron y les dejaron entrar, indicando que debía entrar la Reina solamente.

        Ésta se negó. «Hasta estar en presencia del propio Julio César, mi Comandante de la guardia, Presbus, me acompañará.«

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Las célebres «Ocas de Meidún». Mastaba de Nefermaat, época de Esnofru, hacia 2.620 AEC.

Egipto Antiguo 89 El preámbulo

(Fuente: Egipto. Alberto Siliotti. Ediciones Folio, S.A., 2.005)

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        Y se quedó a pie firme donde estaba, junto a la guardia, sin moverse. Los oficiales se miraron, extrañados. Tras unos momentos de indecisión, uno de ellos, el de guardia en Palacio, volvió sobre sus pasos y cerró la puerta. Cleopatra jugaba sus bazas. Quería dejar bien sentado que estaban en Egipto, en su Capital, y que allí la Reina de Egipto no recibía órdenes. Hacía lo que voluntariamente había decidido, pero lo hacía como ella quería.

        La puertas se abrió y el oficial la dejó abierta. Obedecía órdenes. El romano cruzó la estancia. «Ha dicho que podemos entrar, los cuatro.«

        Y los cuatro de dirigieron a la habitación de César. Entraron los dos romanos, luego Cleopatra y luego Presbus. En las paredes destacaban varias antorchas, que iluminaban suficientemente la amplia sala. Al fondo, a la derecha, una puerta comunicaba con otra menor, donde César descansaba. Era una alcoba.

        César se adelantó hacia su invitada con una amplia sonrisa: «Celebro mucho que estéis aquí. ¿Queréis sentaros?«

        Y señaló una silla dotada de respaldo, frente a su escritorio.

        «Seguiré de pie.« Fue la respuesta.

        Cleopatra no pensaba consentir que César ocupara el lugar principal de la sala y ella uno secundario. César se dio cuenta de que la vista de la mujer, antes de responder, se había dirigido a su propia silla, ante su mesa de trabajo. Comprendió. Ordenó a su oficial de la guardia que pusiera su silla delante de la mesa. Éste obedeció.

        Con un gesto que era una invitación, Julio César añadió: «¿Os parece bien ahora?«

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MAAT. Hija de Ra, diosa de la Verdad y la Justicia. Tumba de Seti I. Valle de los Reyes

Egipto Antiguo 89 El preámbulo

(Fuente: Antiguo Egipto Arte, Historia y Civilización. Mª Cristina Guidotti y Valeria Cortese. Ediciones SUSAETA, 2.002)

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        Cleopata, sin decir palabra, se sentó en la silla que César utilizaba. El romano, con un gesto, ordenó a sus hombres que les dejaran solos. Esperaba que ella hiciera lo propio con su jefe de la guardia. Así fue. Sin mediar palabras con sus hombres, ambos quedaron solos. Julio César comprendió el trato que debía dar a su invitada para que todo fuera bien: Debía tratarla como a un monarca. Con Ptolomeo y Potino no había precisado tales refinamientos. Se habían sentado en sendas sillas, debidamente revestidas, mientras él se sentaba en el otro extremo de la mesa.

        César guardó silencio. Ella tampoco dijo nada; miraba al frente, esperando que fuera su interlocutor quien abriera la conversación.

        «En primer lugar deseo daros la bienvenida a vuestra propia Ciudad. Es impropio que esto os lo diga un extranjero, pero ése es precisamente el motivo de mi viaje.«

        Miraba a Cleopatra mientras hablaba y percibió un brote de ironía en su rostro. Rectificó.

        «Ése es uno de los motivos de mi viaje. Mi objetivo, en ese aspecto, es hacer que de nuevo ésta sea vuestra Capital.

        Y calló. 

        «Es muy tranquilizante oír eso de vuestro labios, general. Porque así pensaba que iba a ser he venido a veros.«

        Cleopatra no quiso añadir nada más. No preguntó, no sugirió. Dejaba a su interlocutor la continuación de su exposición.

        Julio César se dio cuenta de que era ella, y no él, quien llevaba el control de la conversación. Sorprendentemente para sí mismo, eso no le contrarió. Tampoco le divirtió. Le hizo comprender que con aquella mujer iba a tener que sacar toda su experiencia, que debería emplearse a fondo. Su apariencia era frágil, pero su interior era fuerte como el hierro. Y debía hacer de aquella fortaleza un aliado de Roma.

        Inmediatamente comprendió que Egipto estaría mucho mejor gobernada con aquella mujer que con su hermano y sus asesores. Que Roma podía confiar mil veces más en la palabra de aquella hembra que en el equipo que ejercía un dominio absoluto sobre el monarca oficial. Tras asumir esto, el rostro de César se distendió. Ella lo notó. La  conversación entró entonces en los temas que ambos estaban esperando tratar.

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Enlace con el próximo día: Egipto antiguo 90. Duelo verbal inicio.

………. Fernando Conde Torrens es autor de «Simón, opera magna», «El Grupo de Jerusalén», «La Salud» y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En http://sofiaoriginals.com/ expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.

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