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El Imperio Seleúcida 12 bajo Antíoco IV Epífanes y Judea

El Imperio Seleúcida 12 bajo Antíoco IV Epífanes y Judea

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© Copyright  Fernando Conde Torrens el Viernes 13-5-2.011

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        Ya hemos dicho que Antíoco IV Epífanes reinó del año 175 al 164 AEC. Y dejamos la historia el día pasado cuando, en el año 169, el embajador romano le obliga a retirarse de Egipto o vérselas con Roma, con quien ya se las había visto su padre en Magnesia y las consecuencias no podían haber sido peores. De modo que, aun sentándole como una patada en la boca, Antíoco decidió dejar Egipto a los romanos, figuradamente, y se volvió con el rabo entre piernas camino de su Antioquía. Pero había un problema en Jerusalén, que Antíoco tenía que resolver. Anotemos, de entrada, que Antíoco no volvía de humor, tras el número del círculo en la playa.

        La historia en Judea arrancaba de años atrás, de tiempos de su padre, Antíoco III Megas. Fruto de su sometimiento al Egipto ptolemaico, había en Judea dos tendencias, incluso entre los sacerdotes. Una era filo-helena, partidaria de adaptarse a las modas modernas, que compaginaban su fe judía con vestir a lo heleno e ir al gimnasio y  a las termas. Allá se quedaban como al venir al mundo, y eso echaba para atrás a los judíos de la otra tendencia, llamémosles conservadores, o píos. Para éstos, los contrarios no eran helenizantes, sino apóstatas. Y añadamos rápidamente que no cabe tomar partido por una u otra tendencia hoy en día, con nuestra mentalidad. Deberíamos trasladarnos en cuerpo y alma a la época, para poder entender y tomar partido, cosa que no parece posible. Sólo podemos ser espectadores, o mirones, y, como en el mus, ya se sabe, «los mirones de marmol» (sin acento).

        Lógicamente, y puesto que el monarca, egipcio o seleúcida, nombraba al Sumo Sacerdote, los Sumos Sacerdotes eran siempre de la tendencia filo-helena. El que había en tiempos de su padre era Onías III, de la familia de los Oníadas. Pero había otra familia, los Tobíadas, también filo-helenos, que también aspiraban al Sumo Sacerdocio, y que normalmente lo alternaban, ganándose el favor del monarca designador el más listo. La larga sumisión bajo los Ptolomeos de Egipto había vuelto a la aristocracia judía reacia y contraria a Egipto y favorable al rey que no habían tenido, el seleúcida.

        El caso es que el Sumo Sacerdote Onías III estaba en tratos con el padre de Antíoco III para ponerle a favor de su familia y en contra de la otra familia rival. Pero Onías tenía un hermano, Jason. Y éste acudió a Antíoco prometiéndole mayores tributos si le hacía a él Sumo Sacerdote y destituía a su hermano. Al mismo tiempo le pidió permiso al monarca para abrir un gimnasio en Jerusalén y llamar a esta ciudad Antioquía en su honor (??). Como se ve, Jason era un pelota. Antíoco accedió y Jasón fue el siguiente Sumo Sacerdote.

   

        Pero el año 170 Antíoco estaba descontento con Jasón y le destituyó, nombrando a Menelao, de la otra familia, la Tobíada, Sumo Sacerdote. Un año más tarde, el 169, mientras Antíoco conquistaba Egipto, a Jasón no se le ocurrió mejor cosa que alzarse y tomar Jerusalén entera, menos la ciudadela, matando a todos los partidarios de Menealo. Antíoco IV tuvo noticias de lo sucedido y al volver hacia Antioquía, tomó Jerusalén, mató a los partidarios de Jasón, que se le opusieron, y restauró a Menelao en el Sumo Sacerdocio. Menalao, agradecido, condujo a Antíoco dentro del Templo, le ofreció sus tesoros y le abrió paso al Sancta Sanctorum, la residencia de la Divinidad, donde sólo podía entrar el Sumo Sacerdote un día al año. Otro personaje ajeno al Sancta Sanctorum que también entró en él fue Pompeyo.

        Al año siguiente, el 168, volvía de Egipto de muy mal humor, pensando en el ultraje que Roma había hecho al mundo helenístico. Y, al llegar a Jerusalén, planteó a Menelao que todos sus reinos vasallos debían unirse en una sola cultura y religión, como preámbulo para poder luchar contra Roma como un solo hombre. Menelao se habría mostrado complaciente, asegurándole que no tendría problemas en Judea con tal política.

        Así que el año 167 Antíoco IV envió a su general Apolonio para que convirtiera al Helenismo a los judíos. Apolonio, general a fin de cuentas, ocupó Jerusalén, derribó la muralla, construyó una ciudadela en la Ciudad de David, la parte antigua de Jerusalén, la llenó de tropas, emitió un bando por todo Judea prohibiendo la religión judía  y construyó un altar a lo griego en el patio del Templo, en lugar del que había. El Templo de Jerusalén pasaba a ser el Templo a Zeus Olímpico, siendo Antíoco IV Epífanes la manifestación viva de Zeus

 

        Como el partido helenístico apoyaba a Antíoco IV, una parte de la población aceptó las reformas religiosas, sin duda, los tibios. Pero, sobre todo en el campo, la población adoptó una actitud contraria, de resistencia pasiva. Hasta que un sacerdote, en Modin, Matatías, de la familia Asmonea, lideró a unos cuantos partidarios y se rebeló contra la imposición ideológica. Aquí defendemos que la ideología no se puede imponer, en ninguna época, bajo ninguna excusa. Luego Antíoco IV se excedió en sus atribuciones. Eso de invocar a un vecino hostil y suponer que la salvación del propio Imperio está en unificar la religión es una utopía, un viejo truco inadmisible. Es una invasión. Y ya se saben las consecuencias de sufrir una invasión … Mírese alrededor.

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Enlace con el próximo día.

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………. Fernando Conde Torrens es autor de «Simón, opera magna», «El Grupo de Jerusalén», «La Salud» y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En http://www.sofiaoriginals.com/ expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano.

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