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El Imperio Seleúcida 9 bajo Antíoco III Megas 3

El Imperio Seleúcida 9 bajo Antíoco III Megas 3 (223-187)

 

 

 

    

       

        Como estamos narrando la Historia del Imperio Seleúcida, no paramos la atención en qué sucedió con Macedonia o Roma por esas fechas. Macedonia y Roma, por esas fechas, estaban guerreando. En virtud de la ley del vecino, Roma declaró la guerra a su vecino por el Este, Macedonia. Era lo que tenía que ocurrir, lo que tenía que hacer un Imperio, que sólo dejará de expandirse hacia el Este cuando tope con otro Imperio que sea tan fuerte como él. Trataremos de conocer las causas cuando hablemos de Macedonia, otro reino helenístico.

        Es cierto que Filipo V de Macedonia y Antíoco III Megas, acababan de ser aliados, en contra de Egipto, el año 202 AEC., del que habían rebañado las posesiones en Asia Menor, Fenicia y Siria. Macedonia se había quedado con las primeras y Antíoco, con las segundas. Pero pocos años más tarde, el 197, aprovechando que Filipo V estaba ocupado guerreando – y perdiendo – en su guerra con los romanos, Antíoco sitió y conquistó todas las posesiones arrancadas a Egipto en la anterior liza que eran de su viejo aliado Filipo. Éste no podía reaccionar. También atacó a Atalo I, rey de Pérgamo, y le arrebató los territorios con que éste había ampliado la satrapía inicial de Pérgamo, dejando sólo la ciudad, que no pudo tomar. Y así, Antíoco se plantó en el Helesponto, como Jerjes antaño.

        Este capítulo, la puñalada trapera de Antíoco a Filipo, nos muestra que los Imperios y la Ética son incompatibles. Que «la ley del vecino» es omnipresente, que la aplican todos, vamos … Todos los que tienen perspectivas imperiales. Y tienen que aplicarla si quieren tener opciones de formar o mantener un Imperio. Han de aprovechar la oportunidad, porque la suerte nunca pasa dos veces por delante de tu casa. Cuando pasa, atrápala; no seas necio, dice la ley del vecino. También dice que dos vecinos sólo se ponen de acuerdo para perjudicar a un tercero. De lo contrario, guerrean entre sí, hasta que sólo quede uno.

        Conocedores de estos entresijos y captando la lógica de los hechos, comprenderemos que era humano que Antíoco III, ya llamado Megas por lo suyos, se encalabrinara con Tracia, que la tenía a tiro de piedra. Además, las fuerzas romanas, más de 50.000 hombres, habían abandonado Grecia y Macedonia el año 194, tras vencer a Filipo V. Aparentemente – así pensaba AntíocoMacedonia, gobernada por un derrotado Filipo V, y la inerme Grecia, podían ser suyas, si tenía la audacia de cogerlas. ¿Se creyó un nuevo Alejandro? ¿Pensó que la Fortuna le sonreía? ¿Pensó lo de la suerte y su casa?

        Por cualquiera de estas causas, u otras no mentadas aún, el hecho es que Antíoco III Megas pasó el Helesponto y empezó a hacerse con las ciudades de la Tracia. El Senado romano, atento a que ningún futuro vecino fuera suficientemente potente como para amenazarla, decidió que había que pararle los pies. Y mandó emisarios para conseguir que Antíoco volviera a su Asia Menor y abandonara todo intento de hacerse con TraciaMacedonia o Grecia.

        Antíoco, bien porque no conociera la ley del vecino, inventada siglos más tarde, o bien porque se hiciera el tonto, argumentó que sólo quería recuperar lo que había sido de su antepasado Seleúco, que no pensaba meterse con Italia y que Roma a su sitio y él, al suyo. Evidentemente, Roma no estaba de acuerdo con esa partición de las zonas de influencia. Pero Roma estaba ocupada pacificando Hispania, territorio cartaginés hasta hacía nada, y mejor si no se abría otro frente en el extremo opuesto. Por esa razón, los negociadores tuvieron mucha paciencia con Antíoco. Seguro que Antíoco se dio cuenta de que Roma no quería la guerra y eso le hizo osado, confiado en exceso.

        Para asegurarse la retaguardia, Antíoco casó a su hija Cleopatra I con Ptolomeo V, contra el que había guerreado recientemente. E hizo pactos con Capadocia, Galacia y Bitinia, que dejaba a sus espaldas. Esto nos muestra cómo las mujeres de la familia eran necesarias para el mantenimiento del Imperio (evidentemente, no es ésa la opinión de la redacción del blog, sino la del aspirante a Emperador). Una labor tan compleja como es apuntalar un Imperio necesita el apoyo de los varones, en las falanges, y de las hembras, en el harén más conveniente. Todos deben colaborar.

        A todas estas medidas se sumó la invitación de una Liga de ciudades griegas a que Antíoco invadiera Grecia. Contaría con el apoyo de las ciudades de la Liga y, decían, asimismo con el de Esparta y de Filipo V, que odiaba a los romanos. Además, el propio Aníbal, que había huido de Zama y se había refugiado junto a Antíoco, le aconsejaba atacar incluso Italia. Por su parte, Eumenes II hacía las mismas zalamerías a Roma, invitándola a deshacer a su mortal enemigo, el Imperio Seleúcida.

 

Escenarios de la invasión de Grecia por Antíoco III.

 

        Pero fue Antíoco quien, el año 192, marchó contra Demetrias, la nueva capital de Macedonia (fue fundada el 294 AEC. por Demetrio Poliorcetes, hijo de Antígono Monoftalmos). La promesa para recibir el apoyo griego era que Antíoco iba a liberar a Grecia del yugo romano. Ante el ataque, Roma envió sus legiones. Antíoco tuvo tiempo de conquistar la isla de Eubea y parte de la Tesalia griega. Pero fue derrotado en la batalla de las Termópilas por el combinado de Roma con las huestes de Filipo, que se alineó con Roma, en contra del invasor y traidor aliado. Antíoco justamente logró escapar vivo, dejando casi la totalidad de sus hombres en tierras griegas, muertos o prisioneros. Se repetía la historia de la invasión anterior, de Jerjes, y el desastre de su ejército en Platea.

        Dos años más tarde, el año 190, le tocaba el turno a Roma de castigar la insolencia Seleúcida. Lucio Cornelio Escipión, acompañado de su hermano, el vencedor de Aníbal en Zama, Publio Cornelio Escipión, el Africano, mandaban las legiones que invadieron Asia Menor. Colaboraban con ellos las tropas de Filipo V de Macedonia y las de Eumenes II de Pérgamo, que también ponían sus flotas al lado de la flota romana. Éstas derrotaron a la flota Seleúcida en Corycus. Las tropas combinadas, romanas y sus aliados, derrotaron a las de Antíoco III en la batalla de Magnesia, que hemos descrito con todo género de detalles en el siguiente enlace. Ya dijimos que Eumenes II de Pérgamo se cargó de gloria en esta batalla, pues su caballería sobrepasó y cogió por la retaguardia a las falanges Seleúcidas, obligando a éstas a cerrarse en formación cuadrada, lo que marcó su derrota. Y, ahora que sabemos lo sucedido en Rafia, vemos que Antíoco repitió el mismo error en Magnesia, de salirse de la pantalla cuando tenía la victoria en la mano. Esto rebaja en muchos puntos su título de Megas

        Al año siguiente, Roma atacó a los aliados de Antíoco III y los derrotó. Asimismo, se hizo con Frigia. Y Antíoco tuvo que firmar la humillante paz de Apamea. Antióco perdió todo el Asia Menor, que había recuperado, conservando sólo la Cilicia del Este. Tuvo que entregar sus elefantes y los restos de su flota. Y, por si fuera poco, quedaba comprometido a pagar la enorme indemnización de 15.000 talentos. Un talento eran, aproximadamente, 30 kilos de oro. Como comparación, Roma le impuso a Cartago el pago de una indemnización de 10.000 talentos. Cuando Roma quería hundir a alguien lo hacía a talentazo limpio.

        Además, Roma exigió a Antíoco la entrega de Aníbal. Cuando éste comprendió que Antíoco tendría que entregarlo, se escapó a Bitinia. Pero allá le siguió el poder de Roma, y Aníbal, al igual que había hecho Demóstenes, ante la presión de Filipo II de Macedonia sobre Atenas, acabó bebiéndose un veneno preparado ad hoc, que siempre llevaba consigo

 

 

        El resto de su vida Antíoco se dedicó a recoger oro de su extenso Imperio para pagar la indemnización. Cuando se disponía a desvalijar un templo en una satrapía del Este, los devotos del dios, ciegos de ira sagrada, se confabularon y, armados de puñales, lo asesinaron. Corría el año 187 AEC. Su hijo siguió recolectando dinero para pagar la deuda que contrajo con Roma su padre. Quizás por eso pasó a la historia como Seleúco IV Filopator, el que ama a su padre.

Continuará.

Enlace con el próximo día.

Fernando Conde Torrens es autor de «Simón, opera magna», «El Grupo de Jerusalén», «La Salud» y una serie de artículos sobre el mundo de las ideas. En http://www.sofiaoriginals.com/ expone los resultados de sus investigaciones sobre la eterna búsqueda del ser humano. En http://simonoperamagna.blogs.com/  hay comentarios y más información sobre este libro.

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