Escuela virtual de Sabiduría de Pamplona.

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Una investigación que se echa en falta

Una investigacion que se echa en falta

Copyright Fernando Conde Torrens, el 21-10-2.019

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……….   Con este artículo finaliza la serie sobre el tema, siendo éste el artículo primero de la misma.

……….  Dejé una pregunta en el aire en la introducción a un artículo colgado en mi muro de Facebook, al principio de la serie: ¿Es que los médicos no investigan? Porque  esto del problema prostático es una mal que afecta al 50 % de la sociedad occidental, a los varones. (Ignoro cómo se trata este asunto en Oriente.)

……….  Porque en esto de la Medicina, investigar está muy fácil. Basta con abrir los ojos y anotar los casos que pasan ante uno, siendo uno médico. Y reflexionar sobre las coincidencias. Y atar cabos. ¿El método? Prueba y error … Y esbozar una hipótesis que responda a las interrogantes que los casos plantean. Y cuando uno vaya por la sexta hipótesis, es fácil que se haya acercado mucho a la solución buscada.

……….  Pero parece, por la información que tengo, que los médicos no hacen eso. Ven un caso interesante, investigable, un caso que pasa ante ellos y no mueven un músculo por seguir el caso. Y claro, si  ni lo siguen, si lo dejan perderse … el caso investigable queda borrado por el polvo del tiempo e inservible para la solución del problema que suponía.

……….   Corría el año 1.985. El autor de estas líneas tenía 40 años y una dolencia extraña: Se le inflamaban todas las partes del cuerpo. Todas menos los cartílagos de las orejas. Las inflamaciones picaban, un picor insoportable. La solución la fijaron en pomadas con corticoides, que aliviaban el pico. Pero sólo era un calmante.

……….   Me recetaron un antihistamínico, dos pastillas diarias. Eso mantenía las inflamaciones algo controladas. Pero seguían dándose. Hasta que un amigo médico me dijo que la “urticaria mecánica tardía” que dijeron que tenía no era un diagnóstico. Que eso era decirme los síntomas que yo les decía que tenía a los médicos en el lenguaje de los médicos.

……….   Y me recomendó que  fuera a ver a un médico muy entendido que estaba en Madrid, en un Centro médico de primera fila. Y allá me fui. Era el médico número doce que me veía. Lo había intentado todo, sin éxito. Había ido hasta a un psiquiatra.

……….   El médico de Madrid, cuando le hube contado mi historia sufriente, me dijo: “Lo que Vd. refiere lo conocemos, pero no sabemos ni por qué se causa, ni cómo se cura. No obstante, tenemos estadísticas. En cinco años el 95% de los pacientes lo han superado. Tendrá que armarse de paciencia.” Y con esa indicación me volví de Madrid.

……….   No obstante, sentía un cierto orgullo interior: Lo que yo tenía era algo inaudito, atípico. Me había convertido, gracias a mis “bultos” – que así los llamaba – en una “rara avis”. Pero todo cambió cuando en pleno mes de Agosto, estando de vacaciones cerca de Alicante, se me inflamó la epiglotis, o úvula, o campanilla. Sucedió a medianoche. Y fui a Urgencias de un Hospital de Alicante. Me pusieron corticoides a manta. Y noté que el médico que me atendía estaba asustado. Si los corticoides no cortaban la inflamación, la solución alternativa era la traqueotomía. Pasó la noche y la inflamación remitió. Me dieron de alta.

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Una investigación que se echa en falta

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……….   Un par de meses más tarde, en Octubre, estando en casa, se me volvió a inflamar la úvula. En el tiempo entre notarlo y llegar a Urgencias repasé coincidencias: Había tomado en ambas ocasiones una bebida muy fría media hora antes de la inflamación. ¡Esa era la causa inmediata! Lo que los médicos llaman el factor desencadenante, creo. En Agosto, una Fanta que estaba helada, en una cafetería. Ahora, una cerveza cogida de la nevera.

……….   Le dije a la doctora de mediana edad que me atendió: “Ya sé la causa, una bebida fría.” Me miró con cara de pocos amigos y se enfadó. “Que la labor del paciente no era diagnosticar, que eso competía sólo a los médicos.” Enmudecí.

……….   En la sala en que me hicieron pasar la noche, con corticoides en abundancia, me atendía un doctor, también joven. Le conté mi historia y le dije que sabía la causa. A la mañana siguiente, cuando me dieron el alta, me crucé con el doctor que me había atendido. Me miró, se sonrió y me dijo: “Le volveremos a ver por aquí …”. Le respondí: “No volveré”.

……….   No volví, porque evité las bebidas frías como si fueran veneno. Lo eran para mí. Por cierto que desde las inflamaciones en la epiglotis, llevaba una jeringa con la medicina en un frasco para ponerme una inyección de corticoides al primer síntoma de inflamación de la úvula. Nunca la usé. Nunca más he vuelto a tener inflamaciones en la epiglotis.

……….   Era un caso de algo desconocido. Había dicho que conocía la causa. Nadie se interesó por dicha causa. Ni de Madrid, ni la doctora que me recibió en Urgencias, ni el doctor que me atendió en sala. Ni ninguno de los doce médicos a los que, antes de ir a Madrid, me había ido a su consulta, de todas las especialidades, de todos los centros médicos de Pamplona. Nadie estaba interesado en averiguar nada sobre esa dolencia de origen desconocido. El día a día les era suficiente.

……….   Y mientras tanto los varones siguen cayendo en la sima prostática o se recomponen a duras penas tras superar el calvario prostático. No me digan que no es como para abrir unos ojos como platos …

 

……….   PD: Se me olvidaba algo importante. Los bultos se superaron, dejaron de aparecer. Pero lo consiguió un «terapeuta» con Macrobiótica. Pasaba «consulta» en una Herboristería de Pamplona. Alguien que conocía mi dolencia me informó de él. Fui a verle. Me tuvo una hora preguntándome cosas y me dijo: «Tienes posesión del tiempo. Quítate el reloj.» Era su manera de decir «stress». Y controlando mi impulso de trabajo se fue curando. Para que luego digan.

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Una investigación que se echa en falta  Una investigación que se echa en falta  Una investigación que se echa en falta  Una investigación que se echa en falta 

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